La buena nueva

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Sinopsis

Helena Taberna (Extrajeras, 2003; Yoyes, 2000) dirige una historia de ficción basada en la biografía de un familiar suyo, sobre el papel de la Iglesia en la Guerra Civil española.

Miguel es nombrado párroco de un pueblo socialista coincidiendo con la sublevación del 1936. Desde el inicio de la guerra, el bando nacional ocupa el pueblo y pronto se suceden los fusilamientos. En su lucha por defender a los represaliados, Miguel se enfrenta a la jerarquía eclesiástica y militar, poniendo en peligro su propia vida.

El joven sacerdote encuentra refugio en su amistad con la maestra del pueblo, cuyo marido ha sido asesinado al inicio de la contienda. La relación con Margari supone el contrapunto al desencanto del joven párroco y su único apoyo.

Intérpretes

Unax Ugalde Miguel
Bárbara Goneaga Margari
Gorka Aginagalde Hugo
Guillermo Toledo Antonino
Joseba Apaolaza Obispo
Mikel Tello Capitán de Falange
Maribel Salas Resu
Klara Badiola Clara

Ficha Técnica

Dirección Helena Taberna
Guión Helena Taberna, Andrés Martorell
Producción ejecutiva Iker Ganuza
Fotografía Gonzalo Berridi
Montaje Nino Martínez Sosa
Música Ángel Illarramendi

Crítica

Más violines

En La buena nueva se muestra el difícil equilibrio de fuerzas en un pueblo cuando una de ellas decide no cumplir con el papel que le está asignado. Tres son los vértices: el cura, el carlista y el falangista. Los dos últimos apoyan el golpe y se supone que el primero debiera hacerlo. Al negarse, crea una tensión que pone de manifiesto el papel de la Iglesia católica en el "glorioso alzamiento nacional". Pienso en la cara del obispo durante el tenso diálogo de su visita al joven párroco y una imagen creo que nunca o pocas veces mostrada antes: un entrenamiento militar del clero para ir al frente.

La postura del párroco es mostrada como la de aquel que se opone a la institución precisamente para defender lo que aquella se supone proclamaba. Con ello, Helena Taberna presta atención a la conocida oposición- minoritaria, pero existente- al levantamiento militar desde el interior de la propia iglesia.

Dentro de esto, una historia de amor, no hace falta que diga entre quienes. Helena Taberna, directora y coguionista, la gesta lentamente y la declara de golpe e indirectamente, mostrando que ni sus propios protagonistas la habían advertido. Opción complicada a mi juicio mal resuelta: esta historia no surge con necesidad de las imágenes que la muestran. No pasa de ser una imposición externa al argumento, relacionada con él en pocos aspectos, poco importantes: la rivalidad establecida con el primo carlista de ella, que para poco sirve, las suspicacias del obispo...

Aunque éstas sí pueden ser relevantes en otro sentido. Sacar a colación a "la viuda" ante el párroco tiene la virtud para el obispo de permitirle obviar la más fundamental dimensión política- y religiosa- de la rebelión de aquel. Esto, en la película, se traduce en la molesta tendencia de tantos films históricos españoles y extranjeros a necesitar historias de amor para trascender los conflictos concretos, la atmósfera política. Aparte de que no sé qué tendrá el amor de universal, ¿es que el enfrentamiento de un hombre solo contra una situación insostenible de asesinatos y dictadura es poco emocionante? ¿Ni siquiera bastan los kilos de violines arrojados sobre los muertos?

"Los muertos no necesitan violines, sino que se devuelva la sangre a aquello por lo que lucharon, y se vea si sigue circulando bien. No necesitan sólo palabras: necesitan imágenes"

Pero dejemos esto y hablemos del carlista. Taberna muestra la decepción que para los carlistas supuso el triunfo del golpe, cuyos vencedores enseguida les dieron la espalda. Y lo muestra por algo curioso: lo bien que está el actor, Gorka Aginagalde, cuando hace de hombre frustrado, decepcionado o engañado, en contra de lo mal que está cuando representa al clásico fascista levantado en armas y pletórico de poder.

¿No es el problema de tantas y tantas películas sobre la Guerra Civil no la superficialidad de los guiones, discursos o puestas en escena, sino más bien los actores? ¿No son a veces éstos más maniqueos que los directores? Permítanme una boutade: parecería que todos los intérpretes de fascistas en el cine español se creen estar en La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985): sus fachas son siempre paródicamente agresivos, estrafalariamente hinchados y orgullosos. Verles hablar o caminar por las plazas que conquistan es no ya ver a Alfredo Landa recorrer las trincheras en la película de Berlanga, sino incluso pavonearse ante las suecas por las hispanas piscinas del desarrollismo.

Si Aginagalde hubiese sabido encarnar bien a ese carlista resentido tanto por carlista como por rechazado sentimentalmente que de pronto logra un gran poder en su pueblo, su papel hubiera sido el gran logro del film. Al no conseguirlo, el doble giro de su personaje resulta en un triste naufragar de su deriva central- donde el poder se pierde y el rechazo persiste- en un retorno a la mala interpretación, al maniqueísmo psicológico que no deja de ser tantas, tantas veces, corporal.

Permítanme, pues, un último capricho: la Guerra Civil no tendrá su representación digna o acertada en el cine español hasta que alguien no coja el toro por los cuernos y afronte una lucha, que fue política, de modo político. Que alguien sea tan político filmando y montando como dando discursos. Los muertos no necesitan violines, sino que se devuelva la sangre a aquello por lo que lucharon, y se vea si sigue circulando bien. No necesitan sólo palabras: necesitan imágenes.

Rubén García López

Tráiler


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