Txomin Garay (Carmelo Goméz), empresario y en su juventud un fino pelotari, vuelve a su pueblo después de 10 años en Argentina. El principal motivo de su viaje, en el que le acompañan su mujer Blanca (Emma Suárez) y su única hija, Sara (Verónica Echegui), es que su hermano Koldo, con el que hace años que no se habla, se está muriendo.
Koldo le encarga a su hermano una delicada tarea: reencauzar a su hijo adolescente Gaizka (Juanjo Ballesta), un pelotari prometedor pero que no termina de centrarse en el juego. Txomin no le da una respuesta definitiva, pero la muerte de Koldo le obliga a aparcar sus dudas y asumir el encargo de su hermano. Para acercarse a Gaizka, Txomin utilizará lo que les une a los dos: la pelota a mano.
Gaizka se siente atraído por su prima Sara. Entre ambos se inicia una relación de amor adolescente...
| Carmelo Gómez | Txomin Garay |
| Juan José Ballesta | Gaizka Garay |
| Verónica Echegui | Sara |
| Emma Suárez | Blanca |
| Álex Angulo | Germán |
| Dirección | Gorka Merchán |
| Guión | Iñaki Mendiguren |
| Producción | Iker Monfort, Luis del Val, Yulene Monfort y Pascal Houzelot |
| Producción Ejecutiva | Guadalupe Balaguer |
| Dirección de Arte | Mario Suances |
| Montaje | Teresa Font |

Nuria Dufour
Construir ficción de un tema tan complejo como la situación sociopolítica del País Vasco y conseguir que las piezas no chirríen es complicado y más aún englobar con equilibrio cada una de las perspectivas, porque es fácil generalizar y caer en el estereotipo, además de forzar comportamientos y reacciones entre los personajes hasta el extremo de desdibujarlos, con la finalidad velada, aunque evidente, de que llueva a gusto de todos. A grandes rasgos, lo que Gorka Merchán quiere expresar con su ópera prima, partiendo de un guión del también debutante Iñaki Mendiguren, es el enfrentamiento natural, romántico en alguno de sus instantes, de dos puntos de vista enquistados e inamovibles sobre una realidad que lleva décadas empañando la sociedad vasca y que al cine se le sigue haciendo cuesta arriba recrear. Pero lo hace como observador de una coyuntura que el guión sólo describe, sin ahondar en los detalles.

Localizada la acción en el seno de una familia de industriales en algún lugar de Guipúzcoa y en algún momento de los últimos años (intencionadamente, la película ni sitúa el tiempo ni contextualiza el espacio), La casa de mi padre narra la vuelta de un matrimonio y su hija a la casa familiar tras diez años de exilio en Argentina. Txomín Garay (Carmelo Gómez), industrial del plástico, regresa a Euskadi con Blanca (Emma Suárez), su mujer, y Sara (Verónica Echegui), su hija adolescente, para ver por última vez a su hermano con el que lleva años sin hablarse. Koldo, enfermo terminal y ex concejal abertzale, rechazado por sus correligionarios tras condenar el asesinato de un compañero del consistorio, quiere otra vida para su hijo (Juan José Ballesta), pelotari próximo a la kale borroka, tarea que encarga al hermano reencontrado.
"El amor a la tierra, a la familia y a los ideales es lo que mueve a cada uno de los personajes de una película que fluye, pero sólo a ratos"
A pesar de contar con un argumento firme que en los primeros instantes traspasa la pantalla, el guión husmea demasiado en el lado emotivo de los personajes y en la parte afectiva de los hechos, dejándose mucha tela que cortar por el camino. Lo que Merchán ha pretendido mostrar es la parte anónima de un conflicto, lo que le ocurre al ciudadano de a pie que un día se ve obligado a abandonar su casa porque el ambiente le supera. Se hace destacable que el relato huya de la redundancia política que envuelve a otras producciones enmarcadas entre los mismos parámetros para centrarse en la cotidianidad de una familia, como espejo a su vez de la sociedad claustrofóbica que refleja.

Normalizar una rutina incómoda (la necesidad del guardaespaldas), reflejar el odio, las relaciones abiertamente enfrentadas entre unos y otros o mostrar la figura del periodista amenazado (Alex Angulo), son los elementos más destacados de una apuesta cinematográfica que invita más a la reflexión que a la polémica. Por el contrario, el personaje de Verónica Echegui, "Sara", la adolescente hispano argentina, no logra la intencionalidad perseguida. Sus "mundos de Yupi" la alejan del interesante personaje que se insinúa, el que ve la realidad desde fuera aun siendo parte de ella, (en Todos estamos invitados, la novia italiana del protagonista defendía idéntico rol) y las conversaciones pretendidamente profundas que mantiene con su padre suenan literarias.
La película sigue un desarrollo dramático ascendente, aun a pesar de lo reiterativo a veces de su discurso, con momentos de relleno que aminoran la acción por su empeño en justificar las reacciones y los comportamientos de sus protagonistas (en la secuencia de la pescadería, el texto de Emma Suárez inclina la balanza hacia un lado y en la de la plaza, las palabras de Irene Bau hacia el otro). Lo mismo ocurre en los minutos finales, cuando la ficción funde a negro con un epílogo apresurado.

La casa de mi padre toma el título del poema que Gabriel Aresti publicara en los 60, cuyas últimas líneas dicen "me moriré, se perderá mi alma, se perderá mi prole, pero la casa de mi padre seguirá en pie".
El amor a la tierra, a la familia y a los ideales es lo que mueve a cada uno de los personajes de una película que fluye, pero sólo a ratos.
02/04/2009
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