Hermosa, glamurosa y adorada por el pueblo. Georgiana (Keira Knightley) fue, como su descendiente Diana de Gales, la mujer más fascinante de su época. Pero mientras que su belleza y su carisma le forjó un nombre en la historia, el amor siempre se le escapó.
Casada muy joven con uno de los hombres más ricos de Inglaterra, el Duque de Devonshire (Ralph Fiennes), fue confidente íntima de ministros y la Casa Real, llegando a ser un icono de la moda, madre adorada e influyente política para el partido liberal.
Sin embargo, en el núcleo de su historia está la búsqueda desesperada de afecto y amor. Desde el apasionado pero fatídico romance con Earl Gray hasta el complicado triángulo amoroso con su marido y su mejor amiga Lady Bless Foster.
| Keira Knightley | Georgiana |
| Ralph Fiennes | Duque de Devonshire |
| Charlotte Rampling | Lady Spencer |
| Dominic Cooper | Charles Grey |
| Hayley Atwell | Bess Foster |
| Simon McBurney | Charles Fox |
| Aidan McArdle | Richard Sheridan |
| Dirección | Saul Dibb |
| Guión basado en la novela de Amanda Foreman "Georgiana, Duchess of Devonshire" | Jeffrey Hatcher, Anders Thomas Jensen y Saul Dibb |
| Producción | Michael Kuhn y Gabrielle Tana |
| Producción Ejecutiva | Carolyn Marks Blackwood, Amanda Foreman, François Ivernel, Christine Langan, Cameron McCracken y David M. Thompson |
| Fotografía | Gyula Pados |
| Montaje | Masahiro Hirakubo |
| Música | Rachel Portman |

Nuria Dufour
Paralelismos reales o premeditados entre las vidas de Georgiana Spencer, duquesa de Devonshire, y Diana Spencer, princesa de Gales, es lo primero que llama la atención de este entretenido pero flemático biopic, aunque su director, Saul Dibb, se adelante a posibles especulaciones afirmando "no hemos intentado contar la historia de Diana a través de Georgiana". Negocios al margen, el anzuelo, más voluntario que inconsciente, se lanza ya en el tráiler y el parentesco es cierto que existía, aunque quizá sea el trío conyugal, sobre el que se sustenta el grueso de la película, lo que haga establecer parecidos manifiestos con la desaparecida "princesa del pueblo", extravagante juego de palabras.

Basada en la novela Georgiana, duquesa de Devonshire, de Amanda Foreman, el guión recrea la vida de una mujer privilegiada, ante los ojos de los demás, pero con una carga de sufrimiento que arrastra sola. A cambio de una sustanciosa suma de dinero, su matrimonio con William Cavendish, quinto duque de Devonshire, fue pactado por su madre (Charlotte Rampling), una mujer más interesada en proteger el patrimonio y la posición social que le tocó por cuna, que en la felicidad de su hija, algo, por otra parte, muy corriente en aquellos clanes de opereta, de los que todavía hoy quedan restos trasnochados.
Georgiana era ingenua y enamoradiza, con un estilo especial, que le hacía centro de atención de todos y todas. Poco antes de cumplir los 17, contrae nupcias con un hombre tosco, egoísta y huraño obsesionado con tener un hijo varón. Como el ansiado vástago no llega, Georgiana es repudiada por su marido, hasta el extremo de tener que aceptar y soportar las vejaciones más siniestras porque, como, imperturbable, le recuerda su madre: "ciertas obligaciones vienen con el matrimonio, aunque sean un fastidio". Si en aquellos siglos, y en otros no tan lejanos, se hubiera podido conocer el sexo del hijo engendrado, muchas habrían sido las interrupciones silenciadamente consentidas por los mismos que ahora gritan contra importantes avances científicos e indispensables mejoras sociales.
"Ralph Fiennes construye, sin apenas mover un músculo, un duque potente y mordaz, creíble en cada plano, pero ignorado por el texto"

Pero volvamos a la película. Georgiana aprende rápido sus obligaciones como anfitriona de la élite social y atiende de manera eficiente a los whigs, el partido que apoya el duque, entablando eso sí una estrecha relación con el líder y su protegido. Avanzaba el último tercio del siglo XVIII y, a pesar de que las mujeres no tenían derecho al voto (en Inglaterra el sufragio femenino pleno se conquistó en 1928), a la duquesa se le permitió (belleza obliga) hacer campaña en las elecciones de 1784, logrando resultados excelentes. Su afición al juego, así como la proyección popular de la que disfrutaba, gracias a un estilo en el vestir muy celebrado, son datos de su biografía sugeridos débilmente en la trama, porque el guión está más pendiente de los líos de alcoba. Sin embargo, la llegada al hogar de la tercera en discordia, amiga y confidente de la duquesa, se matiza tan pobremente que el ménage à trois cuesta seguirlo con interés.
La ambientación es pulcra y extremadamente cuidada, en la línea de las producciones británicas de época, no así la dirección que de contenida se hace estática. Los figurines que luce Keira Knightley, distinguidos con codiciados premios, entre ellos, la estatuilla dorada, realzan el encanto externo de la protagonista, pero el personaje, más por razones de guión que de interpretación, no transmite ninguna impresión, incapaz de conmover en los momentos en los que tendría que haberlo hecho. Por contra, Ralph Fiennes construye, sin apenas mover un músculo, un duque potente y mordaz, creíble en cada plano, pero ignorado por el texto.

De puntillas, para no robar ni un ápice de protagonismo a la parte sentimental, la historia se vale de pequeñas anécdotas palaciegas que no terminan de cuadrar, en un relato que sólo flirtea con las cuestiones no maritales que pululan sobre el noble enredo, dejando al descubierto la calidad dramática. Pobre(s) niña(s) rica(s). ¿Quién será la próxima aristócrata en pasar por el tamiz del celuloide?
29/03/2009
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