En la Habana de 1958 una familia compuesta por Alicia y su hijo Samuel de 10 años, regresa una vez más, después del último de los fracasos amorosos de la joven e insegura madre, a la casa de Violeta, la abuela materna del niño. Allí se encuentran con el rechazo de la huraña señora de manías acentuadas, y muy pocos deseos de compartir su resguardada privacidad.
Entre el torbellino de contradicciones entre madre y abuela el niño trata de adaptarse, pero en esta ocasión no será como las anteriores, esta vez comienzan a emerger las necesidades de su edad, desatando una serie de inquietudes que conducirán a la transformación de Samuel, quien pasa de la sumisión y la conformidad a una rebeldía que marcará para siempre su vida cercana.
| Mercedes Sampietro | Violeta |
| José Ángel Egido | Don Ramón |
| Iván Carreira | Samuel |
| Susana Tejera | Alicia |
| Carla Paneca | Nuria |
| Esther Cardoso | El televisor |
| Claudia Valdés | La niña |
| Dirección | Pavel Giroud |
| Guión | Arturo Infante |
| Producción | Camilo Vives. Jaume Roures, Delfina Catalá |
| Producción ejecutiva | Lola Salvador, Javier Méndez |
| Fotografía | Luis Najmías Jr. |
| Montaje | Lester Hamlet |
| Música | Ulises Hernández |

Estamos ante otra de esas coproducciones, que tanto proliferan en los últimos años, entre España e Iberoamérica. Es una práctica necesaria y conveniente, aunque los resultados no suelan ser muy destacables. Una forma de dar a conocer el cine de estos países "hermanos", a la vez que se da impulso económico a jóvenes directores, para que les resulte más sencillo la realización de sus proyectos.
Pero, como digo, los resultados artísticos no suelen deparar grandes obras. Aunque este año hemos tenido la fortuna de poder disfrutar de La zona (Rodrigo Plá, 2007), una coproducción con México de una enorme calidad. En La edad de la peseta el debutante Pavel Giroud dirige un guión con tintes autobiográficos, ya que se desarrolla en la época durante la que el guionista, Arturo Infante, fue niño. Ambientada en 1958, y con la revolución cubana de Castro al fondo, la película tiene un aire a lo Cuéntame que echa para atrás.
Sigue un esquema repetido hasta la saciedad. El niño que va descubriendo su pubertad, el mundo adulto, y otras cosas propias de la edad. Para darle más empaque al tema, la acción transcurre en una época especialmente convulsa de la historia del lugar. Un molde que ya se ha utilizado para hablar de la preguerra civil en España con La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999). O de la Transición, con Eres mi héroe (Antonio Cuadri, 2003) y Vida y Color (Santiago Tabernero, 2005 ). O la dictadura argentina, en Kamcahtka (Marcelo Piñeyro, 2002). Aunque la mayoría son torpes intentos, si lo comparamos con uno de los grandes maestros a la hora de retratar difíciles infancias, el gran Louis Malle. Su Adiós, muchachos, con la ocupación nazi de Francia al fondo, es todo un ejemplo a seguir.
"Le falta tanta alma y tanta garra, que la capa superficial desaparece enseguida, quedando al descubierto todas las carencias de un producto anquilosado"

Pero La edad de la peseta es peor que mediocre. Y para que no falte ningún tópico, tenemos al personaje anciano que establece estrechos lazos de unión con el infante. Como el mismo Fernán-Gómez en la mencionada película de Cuerda, el Omar Sharif de El señor Ibrahim y las flores del Corán (François Dupeyron, 2003), o la Fernanda Montenegro de Estación Central de Brasil (Walter Salles, 1998). Es esta última, la referencia más evidente, y casi calcada. Con la diferencia de que el personaje de Sampietro sí mantiene un vínculo de sangre con su nieto. Aunque, en la práctica sean igualmente desconocidos.
La relación entre los dos sigue, puntualmente, todos los pasos establecidos. Desconfianza, miedo y rechazo en el inicio; respeto mutuo después; para terminar en una relación de afecto y amor. La vieja huraña recupera su capacidad afectiva, y el niño encuentra la figura materna que su verdadera (y perdida) madre no es capaz de proporcionarle.

Todo resulta tan previsible y monótono, que no hay sitio para la más minúscula sorpresa. El despertar sexual, el descubrimiento de un nuevo mundo (simbolizado por la afición a la fotografía), las reacciones ante los devaneos de su madre... pero, con todo, lo peor es el aspecto decididamente acartonado que presenta todo el conjunto. Recreación postiza e impostada (y casi siempre en interiores) de una época que se supone agitada, pero donde no se atisba ningún indicio de ese movimiento. Ya sea por falta de medios, o por falta de oficio (o un poco por las dos), el director no consigue nunca introducirnos en ese tiempo. Y para mostrar aún más su incapacidad, intercala algunas imágenes de archivo que resultan ridículamente ajenas al material de ficción.
Y es que no basta con unos cuantos anuncios comerciales de la radio de la época. Que, por lo visto, parece que sea el mayor logro de la producción. No se entiende de otra forma que durante todos los créditos finales nos martilleen con todos los que ya habíamos escuchado durante el filme. Hace falta mucho más que unos trajes de la época, un par de antiguallas y la radio de fondo. Mucho más. Le falta tanta alma y tanta garra, que la capa superficial desaparece enseguida, quedando al descubierto todas las carencias de un producto anquilosado.
Por Manuel Barrero
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