La espada oculta (Kakushi ken oni no tsume) - crítica | Cine Kane 3

La espada oculta

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Sinopsis

El director japonés Yoji Yamada, en su película número 78, vuelve a adaptar con Yoshitaka Asama relatos del escritor Shuhei Fujisawa para realizar lo que ha calificado como "un drama histórico que no se parece a ninguno de los que se han hecho hasta ahora".

Ambientada a mediados del siglo XX, durante los últimos días de los shogun y los samuráis, es la historia de un amor prohibido entre un hombre y una mujer de diferentes castas. También es la historia de una amistad condicionada por los códigos de honor de los samuráis, de guerreros espadachines y de técnicas secretas sobre el manejo de la espada transmitidas por maestros con celo y secretismo.

  • País:Japón
  • Año:2004
  • Estreno:24 de marzo 2006
  • Duración:2h.12min.
  • Titulo original:Kakushi ken oni no tsume
  • Distribuidora:Notro Films

Intérpretes

Masatoshi Nagase Munezo Katagiri
Takako Matsu Kie
Yukiyoshi Ozawa Yaichiro Hazama
Hidetaka Yoshioka Samon Shimada
Min Tanaka Kansai Toda
Tomoko Tabata Shino Katagiri
Nenji Kobayashi Ogata

Ficha Técnica

Dirección Yôji Yamada
Guión (basado en los relatos de Shuhei Fujisawa) Yôji Yamada y Yoshitaka Asama
Producción Hiroshi Fukasawa e Ichiro Yamamoto
Fotografía Mutsuo Naganuma
Música Isao Tomita
Montaje Iwao Ishii

Crítica

La soledad del cineasta

Hasta hace unos pocos años en Occidente eran muy pocos los que sabían de Yoji Yamada. Aunque tuviera casi 80 películas, era un total desconocido para nosotros. Y así hubiera sido de no ser por la muerte del actor Kiyoshi Asumi. Si Kurosawa y Mifune, el lobo y el emperador, formaron una sociedad emblemática, Yamada y Asumi fueron la misma persona. Pero cuando Asumi murió, Yoji Yamada dejó de hacer lo que llevaba repitiendo desde hacía 49 películas. Todas poseían el mismo motor narrativo, las desventuras de un buen hombre permanentemente enamorado y permanentemente burlado por su sentido del deber frente al deseo de querer. Ya se sabe, el valor de la renuncia es para los descendientes de los samuráis mucho más interesante que el placer de la consumación, especialmente cuando de cuestiones del corazón se trata.

Tora san era el nombre del personaje que durante tres largas décadas y casi medio centenar de películas ocuparon la atención de Yoji Yamada. Quienes desde Occidente sabían algo de estas películas creían que se trataba de un oscuro realizador japonés, una especie de Antonio Ozores de ojos oblicuos empeñado de por vida en transmitir a sus compatriotas una única idea, "qué duro es ser hombre".

Qué duro es ser hombre es la traducción más o menos acertada de ese haiku humorístico y doloroso, resignado y patético que Yamada practicó durante toda su vida. Su Toro san estaba gestado con esa mezcla que provoca estupor entre nosotros porque en ella lo sublime y lo ridículo se confunden y se contagian sin posibilidad de percibir la diferencia. Tampoco Yoji Yamada quiso diferenciar al actor del personaje. Pese al innegable éxito de una franquicia que atesoraba el mérito de haber salvado los muebles de la Shochiku, las aventuras de Toro san cesaron cuando Kiyoshi Asumi pasó a ¿mejor vida?

Entonces nació lo que entre nosotros se tituló como El ocaso del samurái cuando en realidad era El samurái del ocaso. Parece lo mismo, pero no lo es.

Un tratamiento clásico, una cámara reposada, una atmósfera iluminada al estilo de los años setenta y un relato contenido, suave en sus movimientos, intenso y conmovedor en su trasfondo hizo que incluso Hollywood la reconociera como una de las cinco mejores películas de habla no inglesa del año. Era el mismo tiempo en el que Kitano se lanzaba a desenterrar la memoria de Zatoichi, el samurái ciego; aquellos meses en los que Miike se despachaba con el final de su Dead or Alive y casi en los días en los que Shinya Tsukamoto regresaba al blanco y negro con A Snake of June. Pero Japón primero y EE.UU. después señalaban la crepuscular crónica de un samurái pobre, condenado a arañar la tierra para poder mantener a su familia y obligado a luchar pese a no quererlo, como el exponente del cine japonés.

"Como en los grandes westerns, la espada de su samurái a lo largo de la tarea que el héroe deberá acometer sabrá del dolor y de la muerte pero, pese a la aparente melancolía que recorre cada fotograma de este espléndido filme, también sabrá de la felicidad y la esperanza"

Acorde con su naturaleza, su samurái del ocaso, llamado así porque tras mascullar la amarga existencia de un guerrero sin épica ni futuro al anochecer ahogaba su tristeza bebiendo sake en las tabernas, recorrió las carteleras de medio mundo con paso reposado y discreta llegada. En España se estrenó cuando ya nadie se acordaba de que había sido candidata al Oscar. Daba igual. Impuso su conmovedora tragedia como esas películas atemporales y eternas. Algunos no dudaron en evocar al Clint Eastwood de Sin perdón para situarla en algún lado. Era una referencia cabal, el western y el chambara son las dos caras de la misma lucha violenta por sobrevivir. Y Yoji Yamada, nació en 1931, el actor que dio vida a Harry el sucio, un año antes, o sea, su hermano mayor.

Su siguiente película, La espada oculta, se parece a El samurái del ocaso casi como se parecían entre sí las historias de Toro san. Podríamos intercalar secuencias de una y otra sin que, a primera vista el espectador pudiera notar la diferencia. La habitan otros personajes es cierto, pero ambos protagonistas están atravesados por la misma grandeza, ambos saben del mismo vacío existencial, ambos son testigos perplejos de un tiempo de decadencia, de una era de ruptura frente a la que solo cabe dar la misma respuesta: la dignidad. Estamos en la era Meiji, es el final de los shogunes, el advenimiento de la modernidad occidental, el mismo contexto en el que Tom Cruise se paseaba indestructible y políglota al lado de El último samurái, pero nada tienen que ver.

Si no fuera porque Yamada a sus 75 años tiene vuelta su mirada hacia el interior, hacia sí mismo, podría decirse que La espalda oculta aparece empeñada en desmontar la exaltación bélica del filme de Edward Zwick. En muchos momentos ambos filmes coinciden en su retrato de la transformación de los asilvestrados guerreros japoneses en dóciles soldados del ejército imperial. En algunas secuencias, Yamada pone ironía y caricatura donde Cruise coreografiaba estampas heroicas. La instrucción de los desarrapados miembros del ejército imperial, el duro aprendizaje para saber correr, la letal mordedura de las armas de fuego frente a las que la katana nunca alcanza a llegar encierran en su exposición desdramatizada un poso de infinita amargura. Según qué público se encuentre en la sala, observarán que algunas de estas secuencias provocan entre algunos estupor y risas tontas. Lo mismo aconteció cuando la evolución de la fotografía mostró la realidad del movimiento y con ello se mostraba un desequilibrio que hasta entonces el ojo humano era incapaz de apreciar. Aquello también les daba risa tonta e incomodo insípido.

El relato de Yamada se reviste de ecos mil veces narrados por el cine japonés. La espada oculta no esconde originalidad. Ilustra un período. Y lo hace con una suave, sutil y mordaz crítica rebosante de sabiduría. Ahora bien, al mismo tiempo habla de lo que Toro san siempre hablaba: del amor.

Pero algo ha cambiado porque Yamada, que retrata la agonía de un tiempo y el resquebrajamiento de un código, reivindica la posibilidad de cumplir los deseos más íntimos. Como en los grandes westerns, la espada de su samurái a lo largo de la tarea que el héroe deberá acometer sabrá del dolor y de la muerte pero, pese a la aparente melancolía que recorre cada fotograma de este espléndido filme, también sabrá de la felicidad y la esperanza. Al espectador le queda la tarea de saber ver sin prisa lo que en los incontables recovecos de este filme se cuenta despacio.

Juan Zapater

Crítica publicada en el número 7 de Kane 3 (abril 2006)

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