Nueva versión de la película de Joseph L. Mankiewicz de 1972, interpretada entonces por Lawrence Olivier y Michael Caine.
En esta revisión Jude Law interpreta el papel que interpretara hace 35 años Michael Caine, y el propio Michael Caine le da la réplica en el que hiciera Lawrence Oliver.
Un hombre de avanzada edad, amante de los juegos, pone a prueba el ingenio del joven amante de su mujer en lo que se convertirá en una desafiante y sorprendente competición.
| Dirección | Kenneth Branagh |
| Guión (adaptación de la obra de Anthony Shaffer) | Harold Pinter |
| Producción | Jude Law, Simon Halfon, Tom Sternberg, Marion Pilowksy, Kenneth Branagh, Simon Moseley |
| Fotografía | Haris Zambarloukos |
| Montaje | Neil Farrell |
| Música | Patrick Doyle |

Los responsables de esta película, se han apresurado a aclarar que no se trata de un remake de la dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1972, sino una adaptación de la obra teatral escrita por Anthony Shaffer. No importa. Cuando una película deja una huella, nunca mejor dicho, tan profunda; todas las versiones posteriores serán inevitablemente comparadas con aquella mayúscula muestra de dominio cinematográfico. Una obra cumbre, que posee una impecable puesta en escena, un ritmo envidiable, una poderosa tensión y un duelo interpretativo que hizo historia. Esta nueva versión parte, pues, con una enorme desventaja: un precedente imposible de mejorar.
La única baza posible era hacer algo que se diferenciara de forma notable de su predecesora. Y el lavado de cara es evidente. Empezando por el decorado en el que se desarrolla la acción, culmen de la modernidad. Una sofisticación en la dirección artística que se extiende a la puesta en escena. Branagh se preocupa en exceso por hacer una detallada y minuciosa composición de planos, pero se olvida de dar una firme consistencia a sus personajes. Con especial incidencia en el joven que interpreta Jude Law. Cuando le toca jugar el papel de víctima, muestra una ingenuidad y una inocencia digna de un párvulo. Es inconcebible que acepte la proposición de su contrincante de forma tan alegre. Dejando huellas dactilares por doquier y siendo consciente de la vigilancia continua a la que es sometido mediante las omnipresentes videocámaras. Uno se pregunta es qué pensaban el guionista (Harold Pinter, poseedor de un Premio Nobel) y el director, para no reparar en una cuestión tan básica. Pero es que tampoco Law ayuda a otorgar algo de credibilidad a su personaje, con una desaforada actuación a la hora de ponerse en el papel de verdugo. Excesivo hasta el límite de lo soportable, su creación se encuentra a años luz de la que nos regaló, precisamente Caine, hace 35 años.
"Branagh se preocupa en exceso por hacer una detallada y minuciosa composición de planos, pero se olvida de dar una firme consistencia a sus personajes"

Un Michael Caine que, ahora, se pone en la piel del novelista millonario y despechado. Sin duda, era uno de los grandes alicientes de este proyecto: la curiosidad de verlo en el rol opuesto. Tirando de oficio, consigue que el papel no se le vaya de las manos (como se le va a su compañero), aunque tampoco queda bien dibujada su evolución. No olvidemos que esta adaptación cuenta con cincuenta minutos menos de metraje, lo que puede explicar la excesiva simplificación y la falta de cohesión de todo el trabajo.
Un aspecto interesante que marca también la diferencia entre ambas versiones, es el hecho de que la actual haga especial hincapié en el componente homosexual. Los tiempos han cambiado, y la tensión sexual se hace explícita, lo que no quiere decir que el resultado sea más interesante; quedando un tanto deslavazado, entre el histrionismo de Jude Law y la escasa solidez del guión. La lucha de clases, el duelo de ingenios o la disputa psicológica, fueron ya tratados de forma magistral por Mankiewicz, y le bastaron para hacer una excelente disección de relaciones humanas. Una maestría de la que, evidentemente, carece un Kenneth Branagh que no es ni la sombra de lo que fue en la década de los 90.

A pesar de su elegante dirección, la propuesta termina siendo fallida. El resultado es una película que, por momentos; se torna fría, distante y carente de alma. El material es potente, y las posibilidades son muy estimulantes. Pero las reseñadas frialdad y brevedad, provocan que el espectador no consiga entrar del todo en el macabro juego, ni identificar de forma razonable los motivos o las reacciones de sus participantes. Y, para colmo de males, ya existe La huella (1972).
Por Manuel Barrero
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