Empecemos con una perogrullada: la arquitectura del Diablo es la del lugar donde está, o sea, la del Infierno. La pregunta es obvia y surge inmediatamente. ¿Hay arquitectura en el Infierno? Milton no la describe en El paraíso perdido, en La divina comedia hay círculos, pero no lo que se puede entender por arquitectura, ni siquiera Gustave Doré es capaz de inventar una cuando ilustra esta novela... Pero al aparecer las imágenes, tiene que representarse un ámbito donde situar a los personajes. Este lugar es heredero de las pavorosas descripciones que hizo la Iglesia católica para amedrentar a su rebaño de fieles y se ha ido repitiendo desde la Edad Media hasta hoy: calderas, fuego eterno, cadenas, abismos, desfiladeros, grutas, rocas y paisajes de pesadilla son ya habituales, no sólo en las ilustraciones, sino incluso cuando se piensa en el Averno.
Por Jorge Gorostiza

En el cine también se han tenido que representar los ámbitos infernales y se ha hecho repitiendo los elementos creados en siglos anteriores. Los calderos hirvientes de Faustina (José Luis Sáenz de Heredia, 1957), las sombras de Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, Woody Allen, 1997), las ruinas ardientes y rojizas de Constantine (Francis Lawrence, 2005) o en el extremo opuesto, la divertida ciudad expresionista de la reciente La novia cadáver (Corpse Bride, Tim Burton, 2005). Una de las películas cuyo metraje sucede más en el otro mundo es Más allá de los sueños (What Dreams May Come, Vincent Ward, 1998) en ella el protagonista baja al Infierno a buscar a su mujer, primero naufraga en la Laguna Estigia y llega a una llanura llena de cabezas (copiada de un grabado de Doré) después de pasar por encima de ellas, llega al lugar donde está su esposa, en las ruinas de la casa que ambos habían soñado, después de haber caído a través de un abismo similar a una catedral gótica, pero invertida. Esta es la imagen más interesante de este Infierno, en el que la más excelsa edificación de la cristiandad se convierte en su reverso tenebroso y el lugar por donde se alcanza lo más profundo del mal.

Como ha demostrado Jesús Palacios en su imprescindible Satán en Hollywood, Satanás, el Demonio también está entre nosotros y es especialmente influyente en la Meca del Cine. En las películas, cuando viene al mundo de los vivos suele tener bastante buen gusto, es elegante, recuérdese el Louis Cifer de El corazón del ángel (Angel Heart, Alan Parker, 1987), y se rodea de lujo, placeres caros y estimulantes señoritas, como el Demonio letrado y amante del flamenco de Pactar con el Diablo (The Devil's Advocate, Taylor Hackford, 1997), que vive en un ostentoso apartamento al que sólo le falta el dormitorio porque, evidentemente, el Diablo jamás duerme. Las encarnaciones del Anticristo también escogen ambientes ricos, como la embajada estadounidense donde crece el Damien de La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976) y los palacetes donde se desenvuelve en sus continuaciones, La maldición de Damien (Damien: The Omen II, Don Taylor, 1978) y El fin de Damien (The Final Conflict, Graham Baker, 1981), donde el joven diabólico ya ha ascendido al puesto de embajador de los Estados Unidos en Gran Bretaña.
Más inquietante es la aparición del maligno encarnado en esa especie de macho cabrío baboso, que pulula por las madrileñas Torres Kio en construcción en El día de la Bestia (Álex de la Iglesia, 1995). Por cierto, es significativo que el cine español haya mostrado estos banales edificios, en aparente equilibrio inestable, mientras se construían y además ha avanzado su posible destrucción en Torrente 3 (Santiago Segura, 2005).

Pero si hay una morada de Satanás en la Tierra esa es el ya mítico edificio Dakota, el lugar donde decide inseminar a la esquelética Rosemary de La semilla del Diablo (Rosemary's Baby, Roman Polansky, 1968), un inmueble construido con un espantoso estilo neomedieval, lleno de gárgolas, que Polansky usa con gran habilidad desde el plano inicial en el que la cámara en un picado espectacular, con el punto de vista de una deidad celestial, muestra a los protagonistas entrando en ese laberinto de pasillos y pasadizos oscuros, regido por aquellos simpáticos viejecitos satánicos, que suministraban nutritivos batidos de porquerías a la protagonista.
Alguien dijo que el Infierno son los otros y cuando seamos castigados con las penas del Averno nuestro castigo será encerrarnos con nuestros peores enemigos en un pequeño recinto, por lo que cada uno puede temblar haciendo su lista de acompañantes. Según muchas películas entre las que se encuentran La escalera de Jacob (Jacob's Ladder, Adrian Lyne, 1990), El sexto sentido (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan, 1999) y Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), los muertos nos rodean, vagan por nuestras calles y viven en nuestras casas. El fuego eterno es nuestro propio mundo, lo cual no es muy consolador para los que aún estamos vivos, pero sí para los muertos que no se encontrarán en la morada del Diablo. Ese flamígero y horroroso ámbito, que todos tenemos grabado en nuestro inconsciente desde nuestra infancia, gracias a la gentileza de nuestros queridos maestros de religión.
Artículo publicado en el número 6 de KANE 3 (marzo 2006)
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