Las ciudades están construidas con materiales inertes, pero al mismo tiempo son entes vivos que crecen y se transforman. Sus variaciones se producen debido a múltiples factores, uno de ellos, en este caso temporal, es provocado por los acontecimientos que se desarrollan en las urbes y casi siempre sufren sus ciudadanos. Recuérdese cómo cambió parte de Madrid cuando se la eligió para la última -hasta el momento- boda real y cómo los madrileños curiosos y noveleros abarrotaron las calles para ver esos cambios. La transformación de las urbes a través de monumentos efímeros es una apasionante tradición que se sucede desde el barroco por lo que se conservan dibujos de construcciones magníficas, mucho más interesantes que todo lo hecho en el acontecimiento antes citado. De una forma más modesta, las ciudades se transforman cada año al llegar diciembre gracias a esas fiestas, fundamentales para por los comerciantes, llamadas Navidades.
Por Jorge Gorostiza

La urbe cambia porque se coloca más iluminación en las calles, incluso en la pequeña villa llamada Bedford Falls donde sucede Qué bello es vivir (It's a Wonderful Life, Frank Capra, 1946) hay unas bombillas colgando entre los árboles; además en las fachadas de los edificios notables se superponen elementos, que reproducen todos los tópicos de estas fiestas, entre ellas las estrellas de Belén, que ya se han convertido sólo en un esquema, como la que lleva Plácido sobre su motocarro en la estupenda cinta dirigida por Luis G. Berlanga en 1961. En otra cinta española, diametralmente opuesta a la anterior, La gran familia (Fernando Palacios, 1962), se reflejaba otro cambio de la ciudad en esas fechas provocada por las masas de gente que abarrota las calles. Como se recordará, Chencho, el hijo pequeño de esa familia se perdía en la Plaza Mayor madrileña entre lo que entonces parecía una multitud y hoy sería una aglomeración no demasiado tumultuosa.
La Navidad es propicia para los buenos sentimientos y los deseos de paz, pero también es el momento en que los más aviesos enemigos de la civilización eligen para atacar al mundo libre, como le sucede a los ciudadanos de Gotham City atacados por la huestes de El Pingüino en Batman vuelve (Batman Returns, Tim Burton, 1992). Muchos años antes, en 1940, los ciudadanos de Everytown están en las avenidas haciendo las compras navideñas, los niños ríen felices ante los escaparates, por las calzadas circulan muchos automóviles y autobuses, hay grupos de gente que canta villancicos... Ninguno sabe que esa misma noche va a comenzar una guerra mundial, que acabará 30 años después, con la destrucción de la vida en el planeta tal como la conocieron. Así comienza La vida futura (Things to Come, William Cameron Menzies, 1936). Everytown como ya anuncia su propio nombre, es Cadaciudad y al mismo tiempo Cualquierciudad, una capital confiada y feliz, pero también indefensa, por culpa de las celebraciones navideñas.

Los criminales también aprovechan la indefensión de los ciudadanos en estas fiestas para colarse en sus edificios, ya sean rascacielos y aeropuertos, como en los que suceden las dos entregas de las aventuras del policía John MacClane (La jungla de cristal, Die Hard, John MacTiernan, 1987 y La jungla dos, alerta roja, Die Hard 2, Renny Harlin, 1990); o viviendas particulares, como la de la familia McCallister en la que abandonan al cruel Kevin en Solo en casa (Home Alone, Chris Columbus, 1990), que tortura sin compasión a dos burdos ladrones que intentan ejercer su trabajo en la mansión familiar. Casas que si creemos lo que vemos en las pantallas, están transformadas por dentro y por fuera gracias a los ornamentos también tópicos, llenas de ángeles, luces y con al menos un gran árbol de Navidad cargado de bolas y regalos, e incluso pueden tener el pésimo gusto de colgar en el techo del salón un gran letrero que ponga "Merry Christmas" como el de la casa de los Bailey en la ya citada Qué bello es vivir.
Tanto el rascacielos como la casa se convierten en terrenos llenos de trampas usadas con ingenio por los protagonistas, en ocasiones remedando los más divertidos y también más crueles gags de Bugs Bunny en las cintas de dibujos animados producidos por la Warner. El truco es emplear elementos cotidianos con otro uso de forma que el espacio se transforme en una jungla -se puede llegar hasta el extremo de que el edificio se convierta físicamente en una selva, como sucede en Jumanji (Joe Johnston, 1995)- para el extraño que no sabe a dónde se dirige, ni dónde pisa. Una trampa mortal como lo es la jungla de verdad para el ser civilizado, que carece de plano y además no conoce el terreno que pisa.
Cuando se escarba en el fondo de la Navidad, esa época de forzada felicidad, también aparece el mal, lo desagradable, el envés de la solidaridad y lo peor de los seres humanos. En los edificios también anida lo oculto, nunca es recomendable destapar las cloacas, ni todo aquello que no nos atrevemos a mostrar de nosotros mismos, porque las edificaciones también son una metáfora de la vida. A fin de cuentas las construimos los humanos y por ello reflejan nuestras especiales peculiaridades y también las miserias.
Artículo publicado en el número 3 de KANE 3 (diciembre 2005)
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