La ruta de Drácula - cine | Kane 3

La ruta de Drácula

Nuestra imagen del castillo de Drácula es la de un edificio plagado de pináculos y torreones, solitario en la cumbre de una montaña escarpada. Una fantasía de guionistas y directores artísticos, ya que, curiosamente, las películas sobre Drácula no se rodaron en la región rumana de Transilvania. Sin embargo, la mención de ese lugar mítico evoca criaturas de la noche, campesinos atemorizados, tabernas con ajos colgando de las vigas y cementerios de intensa vida nocturna. La Transilvania legendaria se ha impuesto tanto sobre la real que, paradójicamente, ha terminado siendo un atractivo turístico: los tours de Drácula son tan populares como la ruta de los castillos en Escocia o el Londres de Jack el Destripador.

Por Roberto Cueto

Vlad Tepes (1431-1476)
Vlad Tepes (1431-1476)

La tierra más allá del bosque (tran-silva, como la llamaron los romanos) está al pie de las imponentes cordilleras cárpatas, donde las leyendas siniestras sobre demonios, brujas y vampiros son habituales. Fue The Land Beyond the Forest, un libro de viajes de Emily Gerard donde se recogían algunas de estas tradiciones, el que cayó en manos de un escritor irlandés que nunca había pisado Rumanía (y nunca lo haría). Bram Stoker quería escribir una novela sobre vampiros, y estaba pensando en Austria como escenario de la acción. La lectura del libro de Gerard le hizo decidirse por Transilvania como patria de su vampiro.

Pero antes había que ponerle nombre al personaje. Su primera opción, Count Wampyr, era demasiado obvia y vulgar. En un libro sobre historia de Rumanía dio con lo que necesitaba: la crónica acerca de Vlad III Drácula, un príncipe que había vivido en el siglo XV. El nombre Drácula no sólo era más sugestivo y sonoro, sino que partía de un doble sentido muy apropiado. El padre de Drácula, Vlad II era caballero de la Orden del Dragón y de ahí le vino el apodo Dracul (del latín Draco): Drácul-a es, pues, hijo del dragón. Pero ahora viene la gran ironía: en rumano la palabra dracul significa demonio, así que Vlad III podía ser también el hijo del demonio. Un nombre perfecto para un vampiro que, además, vivía en una región rica en leyendas como Transilvania: Stoker cogió de Gerard todos los conocimientos sobre vampirismo que despliega en su novela.

Sighisoara (Transilvania). © Roberto Cueto
Sighisoara (Transilvania). © Roberto Cueto

A los rumanos nunca les ha hecho mucha gracia que uno de sus héroes nacionales, Vlad III o Drácula, sea asociado con un vampiro. El verdadero Vlad III era un temido señor feudal que hizo frente a la expansión turca en Europa. Fue conocido con el apodo de Vlad Tepes, o el Empalador, por su curiosa afición al empalamiento como método de ejecución. Las crónicas escritas por sus enemigos enfatizan su naturaleza cruel, tiránica y macabra. Para complicar más las cosas, Stoker convirtió a Drácula en vampiro y su fama quedó para siempre ligada a un mito de la literatura de horror.

Esa esquizofrenia entre figura histórica e icono popular marca también las direcciones tomadas por los diversos tours que hoy puede elegir el turista. Una ruta conserva el rigor histórico y sigue los pasos del verdadero Vlad Drácula; la otra tiene un punto mucho más freak y mezcla realidad y ficción. La Sociedad Transilvana de Drácula tiene su propia agencia de viajes, Company of Misterious Journeys (www.mysteriousjourneys.com) y organiza diferentes tours que combinan las visitas guiadas con espectáculos y reconstrucciones de pasajes de la novela o de la vida en la época de Vlad III.

Torre del Ocaso (Tirgoviste, Valaquia) © Roberto Cueto
Torre del Ocaso (Tirgoviste, Valaquia) © Roberto Cueto

Una ruta histórica de Drácula comienza en plena Transilvania, en la preciosa ciudad medieval de Sighisoara, donde se encuentra la casa natal de Vlad Tepes. Una placa en la fachada da fe del evento y un restaurante en su interior nos permite sentirnos como en una de aquellas tabernas de las películas de la Hammer. En Valaquia se encuentra la población de Curtea de Arges y a unos kilómetros de ésta el castillo de Poienari, una fortaleza del siglo XIII reconstruida por Vlad Tepes. Conocida como Citatea Lui Negru Voda (Ciudadela del Príncipe Negro), tiene algo que provoca verdadero miedo: para llegar hay que subir ¡1.425 escalones! Puede que su arquitectura no sea tan fantástica como la de las películas y responda más bien a un ideal de austeridad militar, pero el entorno impresiona. Cuando se pone el sol, más vale bajar corriendo esos 1.425 escalones que algún turista entregado tuvo la paciencia de contar.

En la antigua capital de Valaquia, Tirgoviste, también se pueden visitar las ruinas de otra fortaleza de Vlad Tepes. La gran atracción es la Torre del Ocaso, desde donde dicen que nuestro príncipe miraba cómo eran empalados sus súbditos. Cuentan que daba banquetes rodeado de cadáveres empalados, aunque ya se sabe que en las crónicas medievales se exagera que da gusto.

Castillo de Bran © Turismo de Rumanía
Castillo de Bran © Turismo de Rumanía

De vuelta en Transilvania, podemos acercarnos a Brasov, y a 30 km. de ella encontraremos el Castillo de Bran, siempre publicitado como el auténtico castillo de Drácula. En realidad, es probable que tan solo fuera un lugar de paso para Vlad III pero, como está restaurado, es más atractivo para los turistas, tan luminoso y encalado, retorcido sobre sí mismo y lleno de recovecos, patios interiores y puertas que dan paso a misteriosas criptas y bodegas. El único chasco que se puede llevar el turista es que quizá no cuadre con su idea siniestra de un castillo de Drácula rodeado de murciélagos.

A 40 km. de la capital, Bucarest, se encuentra el monasterio de Snagov, en una isla en medio de un lago donde nos toparemos con los verdaderos vampiros rumanos: los mosquitos. La iglesia está rodeada por cierto misterio. Cuentan que Vlad Tepes la había empleado como cámara de tortura y en ella se encontró en 1931 una tumba donde yacía un cadáver sin cabeza. Ataviado con la capa y el anillo de la Orden del Dragón, podría tratarse del mismísimo Vlad, que fue decapitado tras su muerte en batalla contra los turcos (su cabeza fue llevada al Estambul como prueba de su derrota). Todavía se puede ver la tumba, curiosamente situada a la entrada de la iglesia, y no en el altar, como correspondería a un príncipe. Según los historiadores, el cadáver pudo ser trasladado del altar a la entrada por sus enemigos como una última humillación al temible caudillo.

Monasterio de Snagov  © Roberto Cueto
Monasterio de Snagov © Roberto Cueto

Quien prefiera un ruta más literaria deberá moverse por la ciudad transilvana de Bistrita, donde Jonathan Harker pasa noche camino del castillo de Drácula al inicio de la novela de Stoker. Aunque Stoker consultó guías turísticas de Transilvania para documentarse, el hotel donde se hospeda Harker, el Golden Krone, nunca existió. Al menos antes de la publicación de la novela: Para aprovechar el tirón de Drácula, un hotel con el nombre de Coroana de Aur fue construido después. El hotel tiene un salón llamado Jonathan Harker y en su menú están los platos que el personaje cena en la novela: robber steak (carne de buey con bacon, cebolla y pimiento rojo) y vino Golden Mediasch. Lejos del ambiente gótico con que nos imaginamos el hotel de la novela, el Coroana de Aur del siglo XX tiene esa peculiar idea del confort y la modernidad propia de la Europa comunista.

Más estrafalario es el Hotel Castle Dracula en el espectacular Paso de Borgo, el valle donde Stoker situó el castillo del Conde. El auténtico Vlad Tepes nunca tuvo un castillo allí, pero la cosa se solucionó rápidamente: en 1977 se construyó este edificio mezcla de decorado de película serie B y estación de esquí setentera, cuya entrada luce un gran escudo con las alas de un murciélago. Auténtico reducto freak, consta de 62 habitaciones, una cripta con el ataúd del conde, un cementerio privado y murales y vidrieras de dudoso gusto con temas macabros.

Hotel Castle Drácula (Paso de Borgo) © Turismo de Rumanía
Hotel Castle Drácula (Paso de Borgo) © Turismo de Rumanía

En el hotel se organizan bailes de máscaras y cenas a la luz de las velas, y en el bar se puede tomar un vodka de color rojo llamado Drácula, bebida que (junto a un refresco de poco saludable aspecto llamado Draculina) es la gran aportación del Conde a la gastronomía local. Si la parafernalia vampírica puede generar similar vergüenza ajena a la que provoca una convención de Star Wars, las vistas sobre el Paso de Borgo son maravillosas. Quizá el Hotel Castle Dracula sea el perfecto resumen de las contradicciones de un país que no quiere rendirse a la banalización de su historia y folclore pero que, por otra parte, necesita atraer el turismo. Prueba de ello fue la polémica que levantó la construcción del parque temático Dracula Park en Snagov, un complejo que atraería a un millón de turistas al año y crearía unos 3.000 puestos de trabajo: grupos ecologistas, historiadores y la mismísima iglesia ortodoxa se opusieron a un proyecto que, a su juicio, frivolizaría su historia y su folclore. El pasado mes de abril se suspendía la construcción del parque, así que el interesado en Drácula tendrá que seguir buscando sus huellas dispersas por toda Transilvania. Lo cual no es nada malo, sino la excusa perfecta para descubrir un país que, por supuesto, es muchísimo más bello y fascinante que cualquier parque de atracciones.

Artículo publicado en el núemero 10 de KANE 3 (julio - agosto 2006)

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