El reportero de televisión Simon Hunt (Richard Gere) y el cámara Duck (Terrence Howard) han trabajado en la zonas de guerra más peligrosas. Juntos han esquivado balas y han acumulado premios Emmy. Un día durante una emisión en directo desde un pueblo de Bosnia Simon se derrumba. Duck es ascendido y Simon desaparece.
Cinco años más tarde, Duck regresa a Sarajevo con un corresponsal novato, Benjamin (Jesse Eisenberg) para cubrir el quinto aniversario del final de la guerra. Simon aparece como un fantasma del pasado. Convence a Duck de que sabe dónde esta el criminal de Guerra más buscado de Bosnia, "El Zorro." Armado únicamente de unos cuantos datos escasos, Simon, Duck y Benjamin se embarcan en un oscuro y peligroso viaje.
| Richard Gere | Simon Hunt |
| Terrence Howard | Duck |
| Jesse Eisenberg | Benjamin |
| James Brolin | Franklin Harris |
| Ljubomir Kerekes | The Fox |
| Kristina Krepela | Magda |
| Diane Kruger | Mirjana |
| Dirección y guión | Richard Shepard |
| Producción | Paul Hanson, Mark Johnson, Scott Kroopf |
| Producción ejecutiva | Bill Block, Elliot Ferwerda, Paul Hanson, Bo Hyde, Adam Merims, Martin Schuermann |
| Fotografía | David Tattersall |
| Montaje | Carole Kravetz |
| Música | Rolfe Kent |

Situar la acción en alguna zona conflictiva de la más reciente historia mundial, parece ser una tendencia que se extiende en cierto tipo de cine mainstream anglosajón. Ya sea para darle un hipotético toque de seriedad a alguna convencional cinta de acción, ya sea para limpiar de forma tibia alguna conciencia; el caso es que, al fin, los grandes estudios dirigen su mirada hacia las zonas más castigadas del planeta. Aunque, casi siempre, de forma muy superficial y esquemática. El continente africano aglutina un buen número de ejemplos en los últimos meses. Desde la pretendida denuncia de El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005) hasta el más puro thriller de Diamante de sangre (Edward Zwick, 2006).

Pero la antigua Yugoslavia no es Sierra Leona, ni Kenia. A pesar de la devastadora guerra, las infraestructuras cinematográficas están ahí; y gente como Kusturica, Paskaljevic o Tanovic, han sido capaces de reflejar sus inquietudes desde las mismas entrañas del conflicto. Una mirada desde dentro siempre va a tener esa ventaja con respecto al observador en la distancia. Aunque también se puede convertir esto en un factor positivo, que ayude a ver la situación desde otra perspectiva. Algo que no consigue Richard Shepard, que adapta un artículo del periodista Scott Anderson, para rodar un rutinario producto de muy dudosa ideología.
El artículo en cuestión cuenta la peripecia del propio Anderson y otros cuatro periodistas, que una noche deciden seguir el rastro Radovan Karadzic, criminal de guerra que sigue en busca y captura. El artículo pone de manifiesto el escaso interés y la desidia de las autoridades competentes para atrapar al genocida. Pero el director lo convierte en caricatura, un típico villano hollywoodiense, sin ninguna otra dimensión. Así, resulta mucho más fácil para el espectador alegrarse con el destino reservado al álter ego de Karadzic.

Porque sí, la película defiende el linchamiento popular como forma de justicia ante la inoperancia legal. Esa es la reflexión de mayor profundidad que alcanza este filme, que defiende como gran heroicidad la renuncia de tres hombres a la generosa recompensa monetaria. A cambio, se quedan con la satisfacción de provocar una violenta venganza. Por lo demás, poco interesa la vida de aquellos invisibles habitantes de los Balcanes. Poco preocupa, y sólo ocupa pequeñas pinceladas que hacen avanzar la acción principal.
Porque, no nos engañemos, aquí lo primordial son los tres periodistas (quizás cinco fueran demasiados) que protagonizan El cazador de sombras. Especialmente esencial es el lucimiento de Richard Gere, que para eso es la estrella. Con sus tics habituales, interpreta al otrora incisivo periodista que tiró por la borda toda su carrera, en un momento debilidad (patética explicación montada en torno a una forzada historia de amor). Tras años de deambular por el mundo, se busca un momento de gloria que lo devuelva a la primera plana de la actualidad.
"La mirada no llega a traspasar nunca la superficie de una situación en la que, de ningún modo, cabe el final feliz. Pero el director lo busca. Y lo terrible es cómo y dónde lo encuentra"
Su opuesto, a la vez que complementario, es el cámara que le acompañaba en los viejos tiempos. Rol que desempeña con solvencia Terrence Howard, y que encarna el imparable éxito profesional. Aunque le falte la emoción y la adrenalina que le hacían sentirse vivo. Dos vidas divergentes que vuelven a reunirse, para reencontrarse consigo mismos. Completa el trío un estupendo Jesse Eisenberg; personaje bisagra que aporta la frescura y la ingenuidad, propia del novato listillo que piensa que todo aquello es poco menos que un juego. Por supuesto, su vida quedará marcada por las extremas e inesperadas experiencias vividas.

Y ya no busquen nada más. El director consigue armar una intrigante y entretenida road movie. No hay otra pretensión. Se buscan personajes carismáticos, y la evolución de sus relaciones. Diálogos ingeniosos, sentido del humor en los momentos más complicados, acción bien rodada... y la sombra de Tarantino que planea durante todo el metraje, aunque sólo hace falta ver los créditos iniciales para encontrar la referencia.
Como ficción, puede tener cierta gracia. El problema es que está basada en una muy dolorosa realidad, donde este juego no tiene su sitio. El empeño por rodar en localizaciones reales se queda en mera anécdota, y convierte la zona en un simple decorado.
La mirada no llega a traspasar nunca la superficie de una situación en la que, de ningún modo, cabe el final feliz. Pero el director lo busca. Y lo terrible es cómo y dónde lo encuentra.
Por Manuel Barrero.
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