Una mañana Pepe (Alberto San Juan) y Lucía (Natalia Mateo), una pareja de treintañeros modernos y acomodados, deciden comunicar a Jimena, la trabajadora social, que la vida con Manu (Brandon Lastra Cobos) es muy difícil. El niño peruano, de 8 años, que adoptaron hace seis meses les viene grande, no se hacen con él, y han decidido devolverlo.
Pero una decisión de este calibre no se toma así como así. Una decisión así pasa factura y no se dan cuenta del precio que deberán pagar si quieren seguir adelante con su plan.
Pepe y Lucía no podrán ser padres de nadie si antes no son capaces de ser pareja. Pero llegar esta revelación no será fácil, y ambos pasan por el desierto de la soledad, la amenaza de la separación, la pesadilla de los celos y la duda de sí mismos...
| Natalia Mateo | Lucía |
| Alberto San Juan | Pepe |
| Norma Martínez | Rosa |
| Marta Aledo | Irene |
| Esther Ortega | Ester |
| Brandon Lastra Cobos | Manu |
| Dirección y Guión | David Planell |
| Producción Ejecutiva | María Zamora y Stefan Schmitz |
| Fotografía | Charly Planell |
| Dirección de Arte | Mónica Bernuy |
| Montaje | David Pinillos |
| Música | Christopher Slaski |
| Dirección de Producción | Damián Paris |

Nuria Dufour
Un joven matrimonio se enfrenta a serias dificultades con el hijo que ha adoptado. Así, de manera sencilla y directa, plantea David Planell en su debut como realizador, un tema de complejos desarrollos. Cortometrajista multipremiado y guionista de, entre otras, las dos últimas producciones de Gracia Querejeta, Planell ya abordó en Héctor una suerte de adopción a partir de la llegada de un muchacho al hogar de un familiar casi desconocido. Después, el argumento seguía derroteros diferentes, pero con la autenticidad que desprende el que nos ocupa.

La vergüenza empieza una mañana de cualquier enero en un piso familiar y la acción se prolonga apenas unas horas. El ambiente tenso que allí se respira ofrece las primeras claves del drama cotidiano al que vamos a asistir. Los nervios contenidos por un cuaderno que no aparece o la incomodidad que genera un imprevisto corte de agua en el barrio, marcan las precisas interpretaciones de la pareja protagonista. Treintañeros acomodados enfrentados a una situación complicada, que el padre, preso de una inmadurez patológica, pretende zanjar sin medir las consecuencias.
Lucía y Pepe (Natalia Mateo y Alberto San Juan) viven incómodos. Los escrúpulos de conciencia, el miedo a expresar lo que de verdad sienten, la incomunicación y los reproches silenciados durante meses, quizá años, que ahora afloran, han convertido su rutina en un círculo asfixiante, cuyas secuelas no han hecho más que manifestarse.
"Planell allana la aspereza que de por sí encierra el relato con momentos de una agudeza cómica insuperables. Síntesis y naturalidad en los diálogos contribuyen, sin duda, a que los seres humanos que allí se retratan sean capaces de atravesar la pantalla"

Los deseos de la pareja por ser padres, les llevaron a acoger a Manu, un niño de 8 años de origen peruano, con problemas de adaptación y conducta, obstáculos que parecen fáciles de superar ("somos unos valientes", confía la madre) si entre los inconvenientes que pudieran surgir no se contempla el del fracaso, algo en lo que se repara cuando llega ("sólo a nosotros se nos ocurre meter en casa a un niño así", admite el padre). Pero tras casi un año de convivencia, las cosas van a peor y la funcionaria encargada del expediente está a punto de poner el domicilio patas arriba.
La cita estaba prevista, el conflicto no, porque ¿cómo explicar a una asistente social, teórica y descreída, lo que pasa en la vida real desde el momento en que los sentimientos de unos y otros se mezclan? Sin recurrir a efectos lacrimógenos, el director da libertad de movimientos a sus personajes mientras digieren, juntos y por separado, las consecuencias de una decisión, ¿equivocada? ¿precipitada? o ¿acertada?, a la que deben plantar cara de una vez por todas.
Planell allana la aspereza que de por sí encierra el relato con momentos de una agudeza cómica insuperables. Síntesis y naturalidad en los diálogos contribuyen, sin duda, a que los seres humanos que allí se retratan sean capaces de atravesar la pantalla.

La vergüenza encierra el instante catártico, no el proceso, que sufren unas vidas de las que vamos conociendo lo que necesitamos saber para poder seguir la historia. El resto, no importa. El guión evita las situaciones sensibleras y consigue que cuanto sucede parezca que está ocurriendo realmente. Claro que a ello contribuye, el trabajo sobresaliente de Alberto San Juan y el desparpajo del resto del reparto. De secuencia a secuencia, las piezas del drama se van engarzando con precisión minuciosa, salvo las que atañen a la chocante (sub)trama de la limpiadora suramericana que, a pesar de la buena disposición de la actriz (Norma Martínez), malogran una propuesta que habría sido impecable.
Resulta paradójico que, ocupando España el segundo país en el ranking mundial de adopciones internacionales, nuestra cinematografía apenas haya mostrado interés. Por desgracia, es la cara amable, la estampa de la famosa(o) de turno, lo que despierta la curiosidad colectiva, pero la adopción lleva implícito un porcentaje, pequeño, de fracasos, de sueños resquebrajados, que sonrojan a quienes los sufren. David Planell debe conocer bien el asunto porque ha parido una película tangible. La vida misma.
17/04/2009
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