En el barrio privado "Altos de las Cascada" la vida transcurre idílica como siempre, entre casas que imitan mansiones con grandes jardines y piscinas climatizadas. Separado de la realidad por los muros y cámaras que todo lo vigilan es una burbuja perfecta en un país erizado de espinas.
Una mañana tiene lugar un descubrimiento macabro: tres cadáveres aparecen flotando en una piscina. El hallazgo conmueve a esta cerrada comunidad que se apresura a catalogarlo de accidente. Pero la revisión de las últimas actividades de las víctimas hace dudar sobre el carácter accidental de esas muertes.
Por debajo de su fachada impoluta, el barrio los Altos se revelará precario como un polvorín, desmintiendo la creencia de que la prosperidad es eterna y de que la abundancia equivale a la felicidad. En ese mundo perfecto las certezas comienzan a desmoronarse y crece la sensación de que lo peor está por suceder.
| Juan Diego Botto | Gustavo |
| Leonardo Sbaraglia | Ronnie |
| Ernesto Alterio | Martín |
| Pablo Echarri | Tano |
| Ana Celentano | Teresa |
| Gloria Carrá | Lala |
| Juana Viale | Carla |
| Gabriela Toscano | Mavy |
| Dirección | Marcelo Piñeyro |
| Guión basado en la novela homónima de Claudia Piñeiro | Marcelo Figueras y Marcelo Piñeyro |
| Producción | Gerardo Herrero |
| Producción Ejecutiva | Mariela Besuievski y Vanessa Ragone |
| Fotografía | Alfredo Mayo |
| Montaje | Juan Carlos Macías |
| Música | Roque Baños |
| Dirección de Arte | Jorge Ferrari y Juan Mario Roust |

Nuria Dufour
El cine basa una parte importante de sus producciones en títulos preexistentes. La sequía, sobre todo en el cine norteamericano, de ideas originales encadena secuelas y remakes y favorece que sean muchas las novelas que dan el salto a la pantalla, incluso cuando la ficción que se esconde entre sus páginas sea prácticamente intraducible a imágenes. Las viudas de los jueves es el ejemplo de otra buena novela que no tendría que haberse adaptado, al menos de la manera en que se ha realizado. Leído el texto y vista la película, da la sensación que el guionista-adaptador (Marcelo Piñeyro, director también de la cinta) no solo ha obviado demasiada información, algo propio de las adaptaciones, sino que ha prescindido de partes fundamentales de la novela, lo que la hace inabordable. El resultado se precipita al vacío y la esencia, la disección ácida y feroz de la clase media argentina, que tan nítidamente conjuga la obra de Claudia Piñeiro, no aparece ni apuntada.

Cuatro radiantes matrimonios en la cuarentena, con economías saneadas, al menos eso es lo que cada uno supone del otro, ven pasar los días desde las atalayas de sus mansiones en una urbanización de lujo del extrarradio bonaerense. Pero lo que ocultan las enteladas paredes de las idílicas residencias es bien distinto. Exceso de apariencia, familias desestructuradas, matrimonios hastiados, hijos respondones que se rebelan contra los modelos artificiales que sus madres planearon para ellos, cuentas corrientes vacías y mucha frustración.
Personajes con caretas, enjaulados en un claustrofóbico hábitat de fachadas, que se niegan a (re)conocer lo que ocurre a su alrededor (y a ellos mismos): la explosión de una gran crisis económica, que hundiría el sistema financiero argentino, desembocando en el llamado "corralito". Piñeyro comienza el relato en las navidades de 2001, concretamente en los días de mayor tensión social, y retrocede unos meses para hacer discurrir el drama que se está cociendo. Objetivo fallido.
"Al no haber personajes definidos (ninguno tiene recorrido) ni un guión bien argumentado, las interpretaciones pierden el atractivo esperado y a los veinte minutos de metraje, la intriga, y sus protagonistas, se han estancado. Nada de lo que sucede en ese orbe social logra despertar el mínimo apego."

Narrada a saltos temporales, excesivos y arbitrarios, que diluyen la intensidad dramática, y sin un hilo argumental sólido, la acción empieza con el hallazgo de tres cadáveres flotando en la piscina de uno de ellos. Descubrir si las muertes de unos personajes narrativamente ineficaces fueron accidentales o no, es el leit motiv de la película, una película plana, mortecina, desprovista de tensión, que arranca sin fuerza y se pierde picoteando del resto de las tramas, tan poco matizadas como la central. Incluso, la que da título a la película, debería haber seguido una exposición menos testimonial y más contundente.
Las viudas de los jueves cuenta con un reparto-anzuelo que del cartel a la sala extravía su llamativo encanto. Leonardo Sbaraglia, Ernesto Alterio, Juan Diego Botto y Pablo Echarri son los cuatro jinetes de lo que podría haber sido una interesante exploración, una escrupulosa reflexión de la historia social más reciente argentina. Pero al no haber personajes definidos (ninguno tiene recorrido) ni un guión bien argumentado, las interpretaciones pierden el atractivo esperado y a los veinte minutos de metraje, la intriga, y sus protagonistas, se han estancado. Nada de lo que sucede en ese orbe social logra despertar el mínimo apego. Con más credibilidad y mayor calado están desarrollados cualquiera de los personajes de la teleserie norteamericana Mujeres desesperadas (Desperate Housewives), con la que guarda algún parentesco.

Aquí Gustavo, el reservado y arrogante directivo, Ronnie, el paradigma del desencanto, Martín, el abogado que oculta su condición de parado, y Tano, el cínico seductor, espejo en el que todos se miran, son simples títeres al servicio de un guión que rema contra ellos y los papeles femeninos, claves en el grueso de la historia, se presentan marginados.
Aun a pesar de las numerosas carencias cinematográficas de la adaptación, de la excesiva duración y de la inoperante farsa, la película publicita una novela notable (Premio Clarín de Novela en 2005), a la que José Saramago definió como un "análisis implacable de un microcosmos social en acelerado proceso de decadencia". Oportuna afirmación para los tiempos que corren.
23/01/2010
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