Hasta hace muy pocos años una de las tramas argumentales ―habitualmente la principal― de todas las películas, pertenecientes a cualquier género, estaba relacionada con el amor. Daba lo mismo que se tratase de una aventura africana que de enfrentarse a una invasión alienígena... En todas ellas se enamoraban un hombre y una mujer, porque entonces aún no solía entrar en los esquemas cinematográficos que las personas del mismo sexo pudieran algo más que una sincera amistad.
Por Jorge Gorostiza

Si esto ocurría en todas las películas, se puede comprender que los lugares del amor, mejor, del enamoramiento ―porque en aquellos años en el cine tampoco se hacía el amor―, fuesen absolutamente todos los del planeta y en la ciencia ficción incluso los de otros universos. Por ello, se presenta el problema de cómo tipificar esta enorme variedad de ámbitos, que además incluyen tanto lugares naturales, como los comprendidos dentro del ámbito de las construcciones humanas. Por eso en un artículo, cuyo espacio es limitado, se hará sólo un recorrido por algunos de ellos. Seguro que el lector tiene otros en la memoria, que incluso pueden ser más importantes y significativos.
Los paisajes naturales idílicos son propicios para el enamoramiento. El catálogo de estos espacios es extensísimo, desde los bastante cursis de una galaxia muy lejana donde se desarrolla el amor increíble entre Amidala y Anakin Skywalker en Star Wars. El ataque de los clones (Star Wars: Episode II .Attack of the Clones, George Lucas, 2002), hasta los más terrenales de cualquier playa: Recuérdese que en los años setenta en muchas cintas estadounidenses los enamorados corrían a cámara lenta por diversos arenales, mientras sonaba el tema romántico de la película, incluso en El regreso (Coming Home, Hal Ashby, 1978), como el protagonista era parapléjico, su amor montada en una bicicleta lo arrastraba en su silla de ruedas, también a cámara lenta. Uno de los iniciadores de esta tendencia playera fue el menospreciado Claude Lelouch en Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, 1966), aunque sus protagonistas no corrían, sino que se desplazaban sobre las cuatro ruedas de un precioso Ford Mustang. La playa no sólo se transita, los adolescentes yanquis tienen la manía de hacer por la noche enormes hogueras, se supone que para asar porquerías y además para retozar entre las dunas, hasta que alguien ―suele ser una apetecible señorita― se mete en el mar y se la traga un tiburón u otro bicho marino con buen gusto. Una idílica playa se convierte en algo peligroso para los amantes en La playa (The Beach, Danny Boyle, 2000), donde un paraíso se transforma en un infierno por culpa, como siempre, del hombre.

El amor se puede desarrollar haciendo un recorrido por el territorio, como los jóvenes del medioevo que quieren ver el mar, pero no pueden llegar a él en Paseo por el amor y la muerte (A Walk with Love and Death, John Huston, 1969), o la pareja cuyo amor se va deteriorando durante cinco viajes desde Gran Bretaña hasta el Mediterráneo, recorriendo Francia de Norte a Sur, en Dos en la carretera (Two for the Road, Stanley Donen, 1967).
El lugar del amor puede ser un medio de locomoción, el tren en Breve encuentro (Brief Encounter, David Lean, 1946) y su remake Enamorarse (Falling in Love, Ulu Grosbard, 1984), donde dos personas que se ven todos los días inician una relación sin futuro; el buque en las dos versiones de Tú y yo (Love Affair, 1939 y An Affair to Remember, 1957) ambas dirigidas por Leo McCarey, y en Titanic (James Cameron, 1997); el avión en Los unos y los otros (Les unes et les autres, Claude Lelouch, 1981) y el aeropuerto en Jet Lag (Danièle Thompson, 2002) y The Terminal (Steven Spielberg, 2004).
Hay ciudades que parecen propiciar el amor. Una de ellas es París, los franceses con su habitual destreza promocional, han difundido la idea de que se trata de la urbe romántica por excelencia, los estadounidenses picaron el anzuelo y produjeron películas como Un americano en París (An American in Paris, Vincente Minnelli, 1951) o La última vez que vi París (The Last Time I saw Paris, Richard Brooks, 1954), rodadas en su mayoría en estudios norteamericanos; pero las parejas parisinas a veces lo tienen más difícil y pueden tener un lugar tan extraño para refugiarse como un puente cerrado por las obras en Los amantes de Pont Neuf (Les amants de Pont-Neuf, Leos Carax, 1991). La otra ciudad es Venecia, en esta última una solterona se enamora de un gigoló en Locuras de verano (Summertime, David Lean, 1955), un enfermo terminal se reencuentra con su antiguo amor en Anónimo veneciano (Anonimo veneziano, Enrico Maria Salerno, 1970) y un compositor un tanto obsesivo y plomizo cae embelesado por un jovencito en Muerte en Venecia (Morte a Venezia, Luchino Visconti, 1971).
Si los lugares del amor tienen una característica principal es su invisibilidad. Porque cuando surge la pasión el lugar es lo que menos importa, el espacio para el enamorado se reduce centrándose sólo en una persona, en el objeto de su amor, que pasa a ser el único lugar de todo el mundo donde se desea estar. El problema es que esto sólo sucede mientras dura el amor, pero ¿cuánto perdura, años, meses, días... minutos, tal vez?
Artículo publicado en el número 5 de KANE 3 (febrero 2006)
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