Love Hurts - cine | Kane 3

Love Hurts

Hay pocos términos tan degradados, especialmente en el campo cinematográfico, como el de romanticismo. El cine, sobre todo el hollywoodiense, ha convertido la revolución del amor y los sentimientos que conmocionó el mundo a finales del siglo XVIII, en un vulgar subgénero, contaminado por el sentimentalismo más abyecto y, peor todavía, con sus resortes emocionales al servicio de la normalización y la moralidad más reaccionaria.

Por Jesús Palacios

King Kong (Peter Jackson, 2005)
King Kong (Peter Jackson, 2005)

Los ideales románticos han sido diabólicamente retorcidos y alterados, para convertirse en un vehículo de adoctrinamiento social, que introduce perversamente en la mente de los espectadores poderosos engramas que contribuyen, en lugar de a la liberación del individuo, soñada por precursores románticos tan distintos como Sade o Rousseau, a su esclavización por sueños imposibles de felicidad burguesa y adocenamiento consumista. Los arquetipos salvajes del Romanticismo con mayúsculas, los amantes suicidas, desde Shakespeare a Goethe o Alfred De Musset, los bellos tenebrosos, de Lord Byron a Drácula o Heathcliffe, las genuinas vampiresas, de Carmilla a la atlante Antinea, han quedado reducidos a meras parodias de sí mismos, patéticos personajes de comedia sentimental con final feliz, o bien, como en el caso del vampiro, vulgares superhéroes de tebeo con emociones prestadas, más próximos a la novela rosa de Barbara Cartland que a sus orígenes en la literatura gótica y romántica.

Mi novia es un zombie (Michele Soavi, 1994)
Mi novia es un zombie (Michele Soavi, 1994)

En un universo cinematográfico regido por las comedias y dramas románticos protagonizadas por Richard Gere, Julia Roberts, Cameron Díaz, Billy Cristal, Catherine Z. Jones, Meryl Streep, Jack Nicholson, Robert Redford, Tom Hanks, Meg Ryan, Antonio Banderas, Michelle Pfeiffer y demás estrellas, estrellones y estrellados, algunas de las cuales han superado más de tres décadas interpretando el mismo modelo de galán o heroína, al servicio de espectadores y espectadoras deseosos de sumergirse en fantasías rosáceas coronadas bien por un insufrible happy end, bien por un aún más insufrible final sacrificado y moralista...¿Dónde se esconde el verdadero amor? Ese que duele y cuyo dolor es, precisamente, herida sangrante de la que mana el genio, la pasión, el deseo y la creación.

El Romanticismo, el del viejo Stürm und Drang germano, el de los poetas libertarios e incestuosos de la Inglaterra victoriana, el de las tragedias isabelinas y los dramáticos folletines franceses de Dumas, Hugo, Balzac, Féval, Sue y los demás, no se encuentra, precisamente, en el cine que Hollywood pretende vendernos bajo la etiqueta de "romántico". Un cine que, por otro lado, perdió hace ya mucho la fuerza y el esplendor kitsch de sus melodramas clásicos, de los filmes de Sirk, Lang, Wilder, Curtiz, Sternberg y otros tantos europeos decadentes, instalados, más o menos cómodamente, en la era dorada de los grandes estudios. Ese Romanticismo, ese amor, está presente, a veces, en un género que los espectadores, engañados por etiquetas perpetuadas por el cine comercial y los grandes almacenes (preferentemente el día de San Valentín), raramente asocian a la idea de romance o amor: el cine de horror. El fantástico y terrorífico, e incluso, en más de una ocasión, el gore.

La isla (Kim Ki - duk, 2000)
La isla (Kim Ki - duk, 2000)

No habría que extrañarse demasiado. La novela gótica surge, precisamente, en pleno desarrollo y apogeo del Romanticismo, entendido como movimiento histórico y artístico. Los héroes o antihéroes de Maturin, Lewis, Mary Shelley o, en menor medida, Anne Radcliffe, son parientes próximos de los protagonistas de los poemas de Byron, Coleridge, Keats o Shelley. Igualmente, es imposible disociar a los grandes del Romanticismo alemán, Hoffman, Tieck, Novalis e incluso el propio Goethe, del cuento fantástico, en absoluto exento de truculencia y emociones terroríficas... Asociadas, a su vez, a sentimientos violentamente eróticos y sentimentales. El verdadero amor romántico es el dominio de Eros y Thánatos. El uno sin el otro carece de sentido. Un matrimonio indisoluble y eterno, anunciado ya por el no menos truculento teatro isabelino de Webster, Marlowe y, naturalmente, Shakespeare. Así, ¿qué hay de raro en que nos atrevamos a reivindicar el cine de horror y hasta su más sangrienta variante, el gore, como cine auténticamente romántico?

El amor duele. Es una verdad que todo el mundo, salvo quizá los guionistas del Hollywood actual, sabe, bien por haberla experimentado por sí mismo..., bien por, dolor mayor si cabe, no haberla experimentado en absoluto: Una pasión verdadera es solo aquella que desea devorar a su pareja. Comérsela, morderla, como un zombi o un caníbal de Serie Z italiana. Lo sabía Buñuel, cuya magnífica versión de Cumbres borrascosas de Emily Brontë, filmada con acento mexicano y con el irónico título de Abismos de pasión (1953), está llena de mordiscos y arañazos, que marcan con su sangre nada inocente el descenso de los protagonistas hasta su propio abismo de amor, más allá de la vida y de la muerte, con aroma cementérico a necrofilia surrealista.

Mi novia es un zombie (Michele Soavi, 1994)
Mi novia es un zombie (Michele Soavi, 1994)

Muchos años después, un Buñuel coreano, Kim Ki-duk, convierte la metáfora amorosa de pescar un novio/a, en una sangrienta fábula romántica, La isla (Seom, 2000), donde los protagonistas se pescan el uno al otro literalmente, en escenas de sangrienta tortura visual, que muestran cómo la exhibición gráfica del sufrimiento es un genuino recurso gramático, propio del más exaltado romanticismo cinematográfico. Los anzuelos que desgarran la boca y la vagina de los protagonistas de La isla son eslabones de una historia desesperada de amor/odio, pero son también largos planos/secuencia, lentos y sufrientes, que marcan visualmente el estilo del filme y su contenido, como las hipérboles y adjetivos de Baudelaire marcan hasta la exaltación la pasión romántica del poeta por la decadencia y el dolor.

"¿Qué hay de raro en que nos atrevamos a reivindicar el cine de horror y hasta su más sangrienta variante, el gore, como cine auténticamente romántico?"

Canibalismo del amor, que, entrando de lleno en el género, recorre también el clásico del bizarre italiano moderno Mi novia es un zombi (Dellamorte Dellamore, 1994), de Michele Soavi, donde un cansado e impotente Rupert Everett persigue el ideal femenino a través de las tumbas de un cementerio plagado de zombis, entre sombras de artistas románticos y simbolistas como Gustave Doré o Arnold Böcklin, y recibe el mordisco ardiente de su propia soledad. ¿Qué otra cosa sino grandes historias de amor romántico son los eróticos y sensuales filmes de vampiros de Jean Rollin? Surrealistas, ridículos y sublimes, voluntario epítome del serial, la ciencia ficción barata, el goticismo vacuo y el espíritu libertario de los años sesenta sucumben a su propia ansia devoradora en esa joya del eurotrash que es La muerta viviente (La morte vivante, 1982), donde el amor lésbico se consume finalmente en gráfico banquete, regado por las lágrimas de un Eros impotente ante su propia glotonería.

Romeo y Julieta (Baz Luhrmann, 1996)
Romeo y Julieta (Baz Luhrmann, 1996)

Sangre, vísceras, carne macerada, mordida, abierta y expuesta a la mirada enamorada del espectador... La herida del amor, condimentada con ironía y humor, está presente en gran parte del mejor cine gore, heredero espiritual y carnal de ese espectáculo decadente del tardorromanticismo francés de la Belle Époque, que fue el Théâtre du Grand Guignol de Oscar Méténier y sus amigos André de Lorde y Alfred Binet. "Macbeth es un Gran Guiñol", decía con cierto desprecio irónico Céline... Pero, a la inversa, ¡Qué Gran Guiñol es Macbeth!, decimos nosotros. Nadie ha entendido mejor Romeo y Julieta que Baz Luhrmann, quien reescribe, casi sin tocarla, la magia del verso shakespeariano, traduciéndola a través del universo visual, truculento, excesivo y radical del spaghetti western, la soap opera televisiva, el hip-hop, la dramaturgia Glam y el musical de Busby Berkely.

Nadie, con la excepción de Brian Yuzna, ese magnífico auteur de cine fantástico trash, cuya obra está llena de romanticismo gore y erotismo bizarre, que se atrevió a filmar una versión zombi en serio de Romeo y Julieta, con lo que consiguió uno de sus mejores filmes: Mortal Zombie, el regreso de los muertos vivientes III (Return of the Living Dead, Part III, 1993), donde una lacerada Mindy Clarke interpreta a la Julieta de los zombis, convertida en ídolo de la perversidad más inocente, poseída por un hermoso cuerpo rebelde, torturado y domado sólo a través del dolor, en una sinfonía carnal de piercings, agujas y cuchillas, que hace gritar de amor al espectador.

Re - Animator (Stuart Gordon, 1985)
Re - Animator (Stuart Gordon, 1985)

¿No es romanticismo puro el que mueve a los desdichados protagonistas de la saga de Re-Animator a resucitar a sus amantes muertas... Aún a sabiendas de que retornarán convertidas en monstruosas parodias de sí mismas? Mientras se movió en las aguas sangrientas del gore y el humor, el romanticismo freak de Peter Jackson inundó tanto su megasplatter cómico Braindead. Mi madre se ha comido a tu perro (Braindead, 1992), donde los fantasmas freudianos persiguen al protagonista intentando evitar que consume su amor... Encarnados en ratas infecciosas gigantes y zombis caníbales dignos de una comedia de Mack Sennet, como su singular Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994), ejercicio surrealista de amor lésbico adolescente y True crime que parecía prometer la aparición de un nuevo autor del fantastique... Sin embargo, Jackson naufraga por completo al tratar de reproducir el romanticismo ingenuamente perverso y kitsch del original King Kong (King Kong. Merian C. Cooper y Ernst B. Schoedsack, 1933) en su megalomaníaco y jurásico remake, como hace agua también al abordar las emociones y sentimientos de los personajes de El Señor de los anillos de Tolkien. Una vez más, Hollywood se comió el Romanticismo, y lo cambió por sentimentalismo y épica de cuarta... Y a un prometedor autor.

"Hoy el amor, el de verdad, se refugia en el violento, tanto formal como emocionalmente, cine oriental de Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Takeshi Kitano, Tsai Ming-liang y algunos más..."

La muerta viviente (Jean Rollin, 1982)
La muerta viviente (Jean Rollin, 1982)

Los grandes poetas románticos del cinematógrafo siempre han sido los cineastas más truculentos, retorcidos y hasta oscuros, porque el amor es un sentimiento que sólo puede transformarse en arte cuando es oscuro. Tod Browning, con sus tullidos enamorados y vengativos, Buñuel, con sus burguesas presas del aburrimiento noche y día, Zulawski, que siempre supo que Lo importante es amar (L´important c´est d´aimer, 1973) para acabar cayendo en La posesión (Possession, 1981), Jesús Franco, aunque sólo fuera por ese título que tan apropiadamente rebautiza a la eterna segadora: Miss Muerte (Dans les griffes du maniaque, 1965), Jacques Tourneur, que devolvió la vampiresa del film noir al interior de la pantera de la que había salido, para que años después el calvinista Paul Schrader la encerrara en su particular zoo de perversiones...

Tanto Truffaut como Russ Meyer cantaron al amor incontinente y excesivo, al amor fou, en la forma y en el fondo, ese amor que son, simplemente, unos ojos sin rostro, como bien sabía Franju. Y todos los grandes monstruos universales (Drácula, la criatura de Frankenstein, el Hombre-Lobo, la Criatura de la Laguna Negra, el Fantasma de la Ópera, el Jorobado de Notre-Dâme...) son trágicos arquetipos románticos, surgidos de las mismas entrañas que Fausto o el Viejo Marinero. Poe fue el favorito de Baudelaire y Roger Corman. Hannibal Lecter ama (¿alguien lo duda?) a Clarice Sterling (cuyo nombre remite a la Clarissa perseguida y violada de la novela de Richardson), y su mejor prueba de amor es sacarle los sesos a su peor enemigo para servírselos, literalmente, en bandeja.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991)
El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991)

Hoy el amor, el de verdad, se refugia en el violento, tanto formal como emocionalmente, cine oriental de Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Takeshi Kitano, Tsai Ming-liang y algunos más... O en algunos singulares ejemplos del viejo arte del ensayo cinematográfico europeo, como La pianista (La pianiste, 2001) de Haneke, Los amantes criminales (Les amants criminels, 1999) de Ozone, Irreversible (2002) de Noé y otras aventuras crueles e inevitablemente románticas. También, aunque cada día menos gracias al largo brazo de Hollywood, en la Serie B psicotrónica y gore, heredera directa del romanticismo desatado y la novela frenética del XIX.

La próxima vez, antes de que al anunciar una nueva película con, qué sé yo, George Clooney y Julia Roberts o Brad Pitt y Natalie Portman, qué más da, se nos escape decir: voy a ver una historia de amor, o, peor todavía, voy a ver una película romántica, pensémoslo un poco antes de echar una nueva paletada de tierra a la tumba bajo la que yace, olvidado y enterrado, el auténtico Amor Romántico.

Artículo publicado en el número 5 de KANE 3 (febrero 2006)

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