Durante la ocupación alemana de Francia, Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent) presencia la ejecución de su familia a manos del coronel nazi Hans Landa (Christoph Waltz). Shosanna consigue escapar y huye a París, donde se forja una nueva identidad como dueña y directora de un cine.
En otro lugar de Europa, el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) organiza un grupo de soldados judíos para tomar represalias contra objetivos concretos. Conocidos por el enemigo como "The Basterds" (Los cabrones), los hombres de Raine se unen a la actriz alemana Bridget Von Hammersmark (Diane Kruger), una agente secreta que trabaja para los aliados, con el fin de llevar a cabo una misión que hará caer a los líderes del Tercer Reich. El destino quiere que todos se encuentren bajo la marquesina de un cine donde Shosanna espera para vengarse.
| Brad Pitt | Teniente Aldo Raine |
| Diane Kruger | Bridget von Hammersmark |
| Mélanie Laurent | Shosanna Dreyfus |
| Eli Roth | Sargento Donnie Donowitz |
| Samuel L. Jackson | Narrador |
| Mike Myers | General Ed Fenech |
| Daniel Brühl | Frederick Zoller |
| Christoph Waltz | Coronel Hans Landa |
| Dirección y guión | Quentin Tarantino |
| Producción | Lawrence Bender y Quentin Tarantino |
| Producción Ejecutiva | Lloyd Phillips, Erica Steinberg, Bob Weinstein y Harvey Weinstein |
| Fotografía | Robert Richardson |
| Montaje | Sally Menke |
| Diseño de Producción | David Wasco |

Rubén García López
Resulta extraño ver una película de Tarantino "de época", con uniformes nazis, tabernas francesas, en definitiva un mundo antiguo. El pasado siempre es una referencia en su cine, ahora es por primera vez una presencia. Pero lo cierto es que esto supone poco: hay igualmente música moderna, carteles setenteros... El pasado era una referencia, sí, pero, sobre todo, genérica. Al viajar al pasado, Tarantino viaja a un género, y el elegido, aquí, es el bélico.

Se suele hablar de él como un deconstructor, pero no lo veo claro: Tarantino es un genuino continuador de una tradición, tal como lo fueron Peckinpah o Leone. Ahora bien: como todo continuador, pone al descubierto algunas de las reglas ocultas de sus predecesores y, como todo creador de interés, aporta algunas novedades propias.
Novedades: no ya que Inglorious Basterds sea un film bélico sin batallas y con escasa violencia, lo cual es normal tratándose en ella principalmente de espionaje y otras simulaciones, sino que realmente el centro de la obra sea el lenguaje. Los diálogos ocupan más espacio que la acción, aunque al final sea ésta la que lo tenga que resolver todo. Son estas escenas, además, las más logradas y, a excepción de la catarsis final, las más importantes y representativas.
Ejemplo: el coronel Landa no busca a los judíos registrando una casa, sino hablando con su dueño, escudriñando sus palabras y gestos, y enmarañándole con las suyas. Landa es una lección sobre cómo lo más importante de las películas de Tarantino se juega en observar cómo los actores interpretan, cómo los personajes se desarrollan hablando a menudo de nada en absoluto. Como para casi todos los grandes dialoguistas de la historia del cine, para Tarantino el lenguaje es una superficie: encubre, oculta, engaña. Lo que pasa es que esos dialoguistas rara o ninguna vez se dedicaron a géneros emparentados con el de acción, precisamente aquel con cuyas variantes lleva batiéndose Tarantino desde su viraje con Kill Bill (2003-2004).
"En Hollywood, callado Verhoeven como está, Tarantino es el último aventurero. Junto con Apatow, tal vez sea además el único allí en saber construir escenas extensas, complejas y alambicadas"

Esto está en toda su obra, pero es como si con Landa Tarantino hubiese encontrado ese tipo de personaje que sirve para establecer una cierta teoría de su propia práctica, donde vemos, por ejemplo, que en su cine las principales escenas de acción son los diálogos. Y acaso por eso utiliza la acción explícita cada vez menos, y cuando aparece, es contundente y veloz. La acción es clara, obvia, rotunda, y culmina lo que lentamente ha ido gestándose en el diálogo. Así, nos encontramos con dos tiempos bien definidos que Tarantino depuró al límite en Death Proof (2007) y que siguen aquí presentes, inmersos en una trama más amplia y compleja pero perfectamente visibles en sus principales escenas. Y es aquí donde se ve bien que Tarantino no rompe, sino que continúa.
Porque al final la acción siempre llega, y lo hará de forma fiel a lo que se espera. Tarantino vuela lo más libremente posible en el marco de los géneros que elige, pero nunca los subvierte, nunca viola las normas imprescindibles, nunca defrauda la relación género-espectador que se halla en la raíz de la supervivencia del primero. Llegada la hora de la verdad, lo que todos esperamos sucederá, y del modo espectacular en que (dicen que) deseamos. Por ello esa estructura dual: desarrollo y estallido, tensión y catarsis. Y por esto es un continuador, un educado aspirante a desarrollar una tradición: no quiere rebatir, cuestionar o eliminar las normas, quiere seguirlas y encontrar una voz propia dentro de ellas. Cosa que, sin duda, ha logrado.

Con Inglorious Basterds, Tarantino da su do de pecho más logrado desde Pulp fiction (1994). Los experimentos con la acción y la cinefagia de Kill Bill y con los diálogos en Death Proof se sintetizan aquí en una mezcla irregular, pero apasionada y arriesgada como pocas. En Hollywood, callado Verhoeven como está, Tarantino es el último aventurero. Junto con Apatow, tal vez sea además el único allí en saber construir escenas extensas, complejas y alambicadas. Pero hay algo que, personalmente, aún no sé: cuál es el auténtico nombre de su ambición. Acaso él tampoco lo tenga claro, pero sin esto, no tendremos aún vía de entrada hacia este cineasta obvio pero misterioso, arriesgado pero convencional, ambicioso pero sin discurso.
18/09/2009
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