El 7 de Agosto de 1974, un joven francés llamado Philippe Petit, marchó sobre un cable colocado ilegalmente entre las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, entonces los edificios más altos del mundo. Tras una hora caminando por el cable, fue arrestado, examinado psicológicamente y encarcelado antes de ser finalmente liberado.
Tras seis años y medio soñando con las torres, Petit pasó ocho meses en Nueva York planeando la ejecución del "golpe". Ayudado por un equipo de amigos y cómplices, Petit se enfrentó a numerosos y extraordinarios desafíos: encontrar la manera de burlar la seguridad del World Trade Center, colar el pesado cable de acero y el equipo necesario. Tender el cable entre los tejados de las dos torres, anclar el cable y tensionarlo para soportar los vientos y el movimiento de vaivén de los edificios. El tendido del cable se hizo de noche, en completo secreto. A las 7:15 AM, Philippe comenzó a pasear por el cable a más de 400 metros de altura por encima de las calles de Manhattan. Oscar 2009 Mejor Película Documental.
| Philippe Petit | Philippe Petit |
| Jean-Louis | Jean-Louis (fotógrafo y amigo de Petit) |
| Anne Allix | Anne Allix (novia francesa de Philippe) |
| Jim Moore | Jim Moore (cómplice Philippe) |
| Jean Francois Heckel | Jean Francois Heckel (del equipo original de Petit en Notre Drame) |
| Dirección | James Marsh |
| Producción | Simon Chinn |
| Producción Ejecutiva | Nick Fraser, Jonathan Hewes y Andrea Meditch |
| Fotografía | Igor Martinovic |
| Montaje | Jinx Godfrey |
| Música | J. Ralph |
| Diseño de Producción | Sharon Lomofsky |

Alberto Figueroa
Cosas del destino, casualidades no buscadas o quién sabe, resulta que van a coincidir en nuestras pantallas dos películas muy diferentes entre sí pero en el fondo conectadas por un hilo invisible: Watchmen y Man on Wire, último Oscar al Mejor Documental. Si en la cinta de Zack Snyder se habla sobre la necesidad de generar héroes en un tiempo alternativo al contemporáneo donde la ley persigue a los superhéroes, en el documental de James Marsh se nos propone un viaje sobre la necesidad de cumplir nuestros sueños para lo que el protagonista se convertirá en héroe. Frente a una civilización de pensamiento cuadriculado, él mirará hacia el cielo y se colgará de un cable para hacer arte.

¿Es Philippe Petit un loco? ¿Un visionario? ¿Un soñador? ¿O acaso un criminal? El largometraje no da respuestas conclusivas sobre quién es el equilibrista Petit. Adopta la opción de no desvelar demasiadas claves sobre las motivaciones reales del artista francés. Quizá porque no las haya, quizá porque sobren. Pero sí imprime un tono lírico al conjunto. Parece como si el director consiguiera entender el fondo del protagonista y para intentar explicarlo hiciera un ejercicio de funambulismo fílmico. Así, lejos de profundizar en aspectos psicológicos de su protagonista, la cinta no discute el objeto de inspiración y se adentra en los detalles que lo llevaron a realizar esa complicada empresa.
Man on Wire es una apuesta por narrar una historia apoyándose en el suspense. Narrada con bastante tino y muy buen pulso, James Marsh logra transmitir la tensión propia de la trama. Por más que el espectador sepa cómo terminará la historia, el tono que se adopta atrapa y termina por emocionar. En ese sentido, pese a los elementos casi oníricos que proporciona el uso de imágenes de archivo en ese entorno campestre del lugar de ensayo de Petit y su equipo, la película es muy clásica en su propuesta. Para bien.

Frente a esta estructura y esta tensión narrativa sobresale la personalidad inabarcable de Philippe Petit que aparece como auténtico maestro de ceremonia. Funciona en la narración como un cuenta cuentos. En su forma de describir sus vivencias, pareciera que se nos está contando un relato de ficción. Una historia que nunca pudo pasar y que el protagonista está imaginando. Da la sensación de que si la película fuera la filmación de su testimonio sobre un fondo negro, la película atraparía de la misma manera. Tal es su magnetismo.
"Narrada con bastante tino y muy buen pulso, James Marsh logra transmitir la tensión propia de la trama. Por más que el espectador sepa cómo terminará la historia, el tono que se adopta atrapa y termina por emocionar"
El hecho de saber que Nixon renunciaría a su cargo como presidente el día siguiente de la aventura, de conocer la última fase de construcción de las Torres Gemelas y, sobre todo, sentir la existencia de algo que ya no existe, dota al documental de un misterioso carácter poético. Se mira con vértigo la altura de las torres por su elevación pero también por su ausencia en la actualidad. Vistas esas imágenes en la actualidad, el mensaje de la película se refuerza y transforma su visión en una extraña estampa antigua y, a la vez, casi irreal. Es como si asistiéramos a la visión de un documental sobre alguna de las siete maravillas del mundo antiguo. En esa sociedad norteamericana de los 70 posiblemente más injusta y dura, se introdujo Petit y salió invicto beneficiándose de ese aspecto en el que hoy, sumidos en la era de tolerancia cero en relación a la seguridad, sería absolutamente inviable una propuesta de ese tipo. Pese a lo ilegal del planteamiento se siente como necesario y, sobre todo, como un acto de una belleza casi infinita.

El filme tiene un aspecto positivo más que no puede quedar sin mencionar. Lejos de ser complaciente con Phillipe Petit, la película, de forma cómica, concluye que el fin de todo el acto era conseguir el polvo del siglo entre Phillipe Petit y su novia, Anne Allix - no deja de ser más poético aún que esto sea así - pero, sobre todo, remata con la muestra del enfriamiento o ruptura de la amistad entre el artista y alguno de sus cómplices, especialmente Jean-Louis por un sugerido endiosamiento del funámbulo. De esta manera, la postura que toma James Marsh no pretende encumbrar a Phillipe Petit como el artista definitivo sino, más bien, opta por algo más inteligente, construir el retrato de un hombre que consigue su sueño con las grandezas y las miserias que ello conlleva.
La visión que el director pretende transmitir nos traslada a la busqueda esencial para conseguir un sueño que ha marcado la vida del protagonista. Lo interesante de Man on Wire es que parte de este supuesto para aderezar el conjunto con otros tonos, otros géneros que van desde el drama personal y cercano a la comedia, del terror al suspense. El largometraje también habla de la amistad y es cruda cuando habla de la relación entre los diferentes personajes.

Situada en una época de extrema corrupción representada por Nixon, la hazaña del acróbata aunque fuera de la ley insufla aire fresco a la sociedad norteamericana que lo convierte en un mito. La película tiene ese carácter de cuento de hadas, de un héroe que se enfrenta a las pruebas definitivas para conseguir el preciado tesoro, de un personaje que realiza proezas que lo convierten en alguien extraordinario en relación a las personas que lo rodean.
Como un rayo esperanzador, Man on Wire podría ser un canto a la búsqueda y logro de la vocación personal pero también es el canto de la inocencia de unos años, de una forma de ver el mundo y de hacer arte. Completamente recomendable.
03/03/2009
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