El señor Shi es un jubilado viudo de Pekín. Cuando se divorcia su única hija Yilan, decide ir a visitarla al pueblecito en el que vive en Estados Unidos y donde trabaja como bibliotecaria para quedarse con ella hasta que se recupere de su aparente mal trago.
Le gusta alardear de que es "ingeniero aeronáutico" y disfruta de la atención que le presta la gente que va conociendo. Pero parece que a Yilan no le hace mucha gracia esta actitud ni le interesa el plan que su padre trama para salvar su matrimonio y reconstruir su vida. Cuando el señor Shi insiste en averiguar la razón del divorcio de su hija, ésta empieza a evitarle.
Concha de Oro a la Mejor Película. Festival de Cine de San Sebastián 2007.
| Dirección | Wayne Wang |
| Guión | Yiyun Li |
| Producción | Yukie Kito, Richard Cowan, Wayne Wang |
| Producción ejecutiva | Yasushi Kotani, Taizo Son |
| Fotografía | Patrick Lindenmaier |
| Montaje | Deirdre Slevin |
| Música | Lesley Barber |

Curiosa trayectoria la de Wayne Wang, uno de los grandes representantes del cine independiente USA en los ochenta y los noventa (a pesar de ser asiático). Formó parte de aquel movimiento underground que hacía cine de infinita libertad creativa, y de ínfimos recursos económicos. Eran los tiempos de Vacaciones permanentes (Jim Jarmusch, 1980) o Mala noche (Gus van Sant, 1985). Wang contribuía a aquella corriente con títulos como Chan is Missing o Dim Sum: A little Bit of Heart.

Entonces llegaron los noventa, década esplendorosa para estos cineastas, que mantenían su libertad de espíritu, pero que disponían de más medios para contar sus historias. Una época en las que afloraban joyas fílmicas del calibre de Smoke, la más redonda de las obras del director hongkonés. No tardó la maquinaria hollywoodiense en aplastar aquel movimiento (aunque siempre quedaron irreductibles). El cine indie pasó a ser una etiqueta, una marca prefabricada que seguía unos esquemas establecidos. Algunos de esos directores fueron bajando progresivamente el listón, hasta quedar atrapados entre productos puramente alimenticios. Sólo hay que echar un vistazo a la última etapa de Wang, perdido entre subproductos.
Por fortuna, parece que podemos recuperar a estos clásicos alternativos. Hace ya algunos años que Gus van Sant consiguió reinventarse, tras una nefasta etapa a finales de los noventa. Y ahora, parece que empezamos a recuperar a un Wayne Wang, que parecía definitivamente engullido por el peor cine de Hollywood.
"Wayne Wang nos regala una pequeña pieza artesana, llena de secretos, de sentimientos y de honestidad. Un pequeño canto por la comprensión y el intercambio, en el marco de un mundo que ya no se extraña de lo globalizado que se encuentra a sí mismo"

La resurrección del autor llega con un doble trabajo (rememorando los tiempos de Smoke y Blue in the face), formado por The Princess of Nebraska y Mil años de oración. Es esta última la que ahora se estrena, y con ella el director vuelve a sus raíces fílmicas. La austeridad, lo intimista y lo sosegado, para diseccionar las relaciones humanas. Pero es más, el viaje que realiza es más profundo, y le lleva hasta sus mismas raíces vitales.
El director se enfrenta a su propia historia de emigrante temprano, que se mueve entre dos culturas tan dispares como la china y la estadounidense. A buen seguro que la relación entre padre e hija del relato de Yiyun Li, fue un elemento que le atrajo de forma determinante a la hora de decidir adaptarlo. No en vano, las relaciones paterno (o materno)-filiales ocupan un lugar privilegiado en su filmografía. Ahí están las pinceladas de Smoke, o el monográfico de A cualquier otro lugar.
Siempre indagando en las dificultades que provocan las barreras generacionales, en esta ocasión los problemas se multiplican por el abismo cultural que se abre entre ambos seres. La película articula su discurso en torno a la comunicación (o a la falta de ella). Hay dos series de secuencias recurrentes en las que se encierra la esencia del filme. Por un lado, las cenas entre padre e hija. Comparten mesa, comida, cultura e idioma; pero nunca se produce una comunicación real, por mucho que él lo intente.
Como contraposición, tenemos las secuencias del banco en el parque, en las que el anciano chino encuentra en una mujer árabe a la persona con la que establecer esa verdadera relación comunicativa. No comparten ni cultura, ni idioma, pero sí comparten las ganas y el interés por construir puentes de unión en un lugar que les resulta extraño. Pocas veces se ha jugado tan hábilmente con el caos idiomático de dos personajes.
Y es que el entendimiento se produce sólo cuando las dos partes así lo quieren. Por mucho que el padre busque recuperar el tiempo perdido, e intente descifrar la infelicidad de su hija, choca frontalmente contra la desconfianza de ésta, que no desea compartir nada con un ser que le resulta más extraño que familiar y del que no guarda un excesivo buen recuerdo.

Sólo cuando ambas partes ceden, cuando uno y otra son capaces de realizar un pequeño proceso de empatía; entonces se produce el verdadero milagro de la comunicación. Algo que parece tan sencillo, pero que puede llegar a ser extremadamente complicado. Wayne Wang nos regala una pequeña pieza artesana, llena de secretos, de sentimientos y de honestidad. Un pequeño canto por la comprensión y el intercambio, en el marco de un mundo que ya no se extraña de lo globalizado que se encuentra a sí mismo.
Manuel Barrero
Enlaces relacionados¿Quieres recibir gratis nuestro boletín?
Crítica, tráiler, sinopsis, intérpretes, ficha técnica ... CINE y DVD
Ver todas las películas