Dos jóvenes músicos, un hombre y una mujer, que acaban de salir de la cárcel deciden formar un grupo musical. Juntos, exploran el submundo del Teherán contemporáneo en busca de otros intérpretes.
Cuando las autoridades les prohíben cantar en Irán, planean escapar de su existencia clandestina y sueñan con actuar en Europa, pero, sin dinero y sin pasaportes, no será fácil...
A los ojos del islam, la música (ghéna) es impura, porque produce alegría y gozo. Oír cantar a una mujer se considera pecado, por las emociones que despierta... En Irán, en los últimos treinta años, cierta música, y en concreto la música occidental, ha sido prácticamente prohibida por las autoridades, y se ha visto forzada a ocultarse en el subsuelo.
| Hamed Behdad | Nader |
| Negar Shaghaghi | Negar |
| Ashkan Koshanejad | Ashkan |
| Hamed Seyyed Javadi | Hamed Seyyed Javadi |
| Hichkas | Hichkas |
| Dirección y Producción | Bahman Ghobadi |
| Guión | Bahman Ghobadi, Hossein Mortezaeiyan y Roxana Saberi |
| Producción Ejecutiva | Behroz Ghobadi |
| Fotografía | Turaj Mansuri |
| Montaje | Haydeh Safi-Yari |
| Música | Mahdyar Aghajani y Ash Koosha |

Por Nacho Cabana
En Irán está prohibido sacar perros y gatos a la calle, pero mucha gente los tiene dentro de sus casas. Los felinos persas son, además, unas mascotas bastante cotizadas que el régimen de Ahmadineyad obliga a mantener encerradas dentro de las casas de sus propietarios. Para Ghobadi, el rock, el heavy, el rap y hasta el pop más meloso es, hoy en día, en la sociedad iraní, como un gato persa: algo bello que hay que mantener oculto a los ojos de la ley.

Cuenta el autor de Las tortugas también vuelan que conoció a los componentes de un grupo de rock (con chica cantante, algo aún más insólito en el islam persa) semanas antes de que emigraran a Londres en busca de un clima musicalmente más propicio (a decir verdad, comparado con Teherán, hasta el Madrid de Álvarez del Manzano era el Manchester de los 80). Y decidió hacer una película sobre este banda musical antes de que se fueran del país. Así surge Nadie sabe nada de gatos persas, grabada clandestinamente en sólo 18 días en sótanos y azoteas de Teherán; mintiendo a las autoridades encargadas de gestionar los permisos necesarios para grabar los exteriores a pie de calle; haciendo cada noche tres copias del material grabado y guardándolas en diferentes lugares por si la policía irrumpía en algún domicilio, las requisaba y enviaba a sus responsables a la cárcel (lugar en el que, por cierto, se encuentra Jafar Panahi, director de El Círculo y compañero de generación de Ghobadi)
Evidentemente, todas las circunstancias que rodean Nadie sabe nada de gatos persas son parte fundamental del discurso fílmico de ésta. Y lo primero que sorprende durante su visionado es que su director haya elegido la ficción para mostrar el submundo de la escena musical en Teherán en un lugar de un documental. La no ficción habría sido un medio más directo y eficaz de dar a conocer las personas que presenta, la música que hacen y los problemas que ello les acarrea. Máxime cuando no se resiste a hacer videoclips de buena parte de las actuaciones. Es como si en Crossing The Bridge, Fatih Akin hubiera vehiculado el repertorio musical de Estambul al devenir de unos personajes concretos.
"Una película que interesará a los amantes de la música más inquietos y cuya nacionalidad no ha de echar para atrás a los que alguna vez han roncado durante la proyección de una película de Kiarostami".

No obstante, Ghobadi resuelve su película con innegable encanto y talento. Hay mucho material (muy bien) editado pese a haber contado con menos de tres semanas de grabación. Los tres protagonistas se interpretan a sí mismos con soltura y momentos de genio, especialmente en el caso de Negar Shaghaghi. La película tiene momentos divertidos y otros muy duros (el fuera de campo en el que un policía despoja a la protagonista de su perro) y sobre todo un amplio repertorio de estilos musicales que en un país libre darían lugar a una escena musical muy interesante aunque eso sí, mimética de los gustos occidentales.
Afortunadamente, Ghobadi no se empeña en utilizar los conflictos típicos de las películas con/sobre grupos musicales, así que en Nadie sabe nada de gatos persas no hay discusiones sobre el tipo de música que han de hacer, ni competiciones por el liderazgo, ni disquisiciones acerca de la conveniencia de prostituir la música para llegar a más público, ni ataques de ego, ni drogas ni ninguno de los tópicos que suelen hacer insufrible el subgénero. A cambio, la historia se hace repetitiva en algunos momentos y Ghobadi no puede resistir cambiar el final feliz de la historia real por otro más trágico y desesperanzador.

Una película que interesará a los amantes de la música más inquietos y cuya nacionalidad no ha de echar para atrás a los que alguna vez han roncado durante la proyección de una película de Kiarostami.
Aunque, al final, nos quedemos con ganas de saber más de los músicos que no la protagonizan pero cuyas canciones sí tenemos el privilegio de escuchar.
05/04/2010
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