Tras la versión de David Lean de 1948 y el musical ¡Oliver!, Polanski vuelve a llevar al cine esta historia llena de aventuras, humor y personajes extravagantes, ambientada en la Inglaterra de finales del XIX, en la que un joven huérfano se involucra en una banda de carteristas.
Oliver Twist es un niño huérfano que desde su nacimiento vive en un orfanato. Cuando sale de allí, como en una buena historia picaresca, el chico pasará por varios trabajos: deshollinador, aprendiz de enterrador y por último conocerá a Artful Dodger (Harry Eden) quien lo empujará al mundo del hampa de Londres. En esta ciudad, terminará juntándose inocentemente con un grupo de niños sobre los que pronto descubrirá que en realidad son carteristas capitaneados por el cruel Fagin (Ben Kingsley).
| Barney Clark | Oliver Twist |
| Ben Kingsley | Fagin |
| Jamie Foreman | Bill Sykes |
| Harry Eden | Artful Dodger |
| Leanne Rowe | Nancy |
| Lewis Chase | Charley Bates |
| Edward Hardwicke | Mr. Brownlow |
| Jeremy Swift | Mr. Bumble |
| Mark Strong | Toby Crackit |
| Ophelia Lovrbond | Bet |
| Frances Cuka | Mrs. Bedwin |
| Chris Overton | Noah Claypole |
| Michael Heath | Mr. Sowerberry |
| Dirección y productor | Roman Polanski |
| Guión, basado en la novela de Charles Dickens | Ronald Harwood |
| Productor | Robert Benmussa |
| Productor | Alain Sarde |
| Fotografía | Pawel Edelman |
| Música | Rachel Porter |
| Montaje | Hervé de Luze |

Desirée de Fez
Suponemos que por empatía con la infancia desdichada, algo que conoce a la perfección (es suficiente con leer en diagonal su biografía) el siempre acertado y a menudo brillante Roman Polanski ha decidido llevar a la pantalla Oliver Twist, clásico literario que ya conoce numerosas adaptaciones (más o menos libres) para televisión y cine. Sirvan como ejemplo la llevada a cabo por David Lean en 1948 o el ¡Oliver! (1968) de Carol Reed, una muy oscarizada relectura en clave musical de las andanzas del pobre huérfano de la novela de Charles Dickens.

Pues bien, el director de La semilla del diablo (1968) cumple su propósito desde el rigor, sin intención alguna de desvirtuar el libro que tiene en las manos, llevándose el texto a su terreno pero sin ponerse por encima de él o robarle ápice de su autenticidad.
Polanski nos cuenta la historia de Oliver con el mismo respeto y la misma pausa con la que debió pasar las páginas del libro al leerlo por primera vez (y debería haber condensado más el contenido de algunas de ellas). Con el guión de Ronald Harwood -también firmante del texto de su anterior El pianista (2002)- como base, el cineasta narra las adversidades del niño de forma lineal, se detiene en el detalle y, sobre todo, se esfuerza por mostrar todas las caras del protagonista.
"Consciente de que no tiene ningún sentido diluir la crudeza de un libro en el que se habla de las cosas más feas -miseria, hambre, maltrato, delincuencia, corrupción-, el cineasta da a la película un acertado barniz de oscuridad"
Con el respaldo de la excelente creación de Barney Clark, un actor inglés de 12 años sin apenas experiencia previa (una película independiente y una teleserie), Polanski cincela con esmero al chaval y convierte cada uno de sus gestos en la mayor expresión de un sentimiento. Véase, por ejemplo, el rostro del crío cuando le ofende la injusticia, le ciega la ira o le mata el hambre. Esta vez, el rigor es la opción del cineasta. Y es respetable. Pero, en su decisión de ser escrupuloso y cuidadoso, tendría que haber calibrado un par de cosas. La primera, la duración de ciertas secuencias, demasiado dilatadas para lo que tienen que contar; algo que provoca que el relato avance con ritmo cansino en determinados pasajes. La segunda, la excesiva lisura de algunas secuencias, excesivamente académicas y sin ribetes.
No obstante, el director de El quimérico inquilino (1976) equilibra esas flaquezas ocasionales con varios logros. Y el principal es su decisión de no suavizar los fragmentos más duros del clásico de Dickens. Consciente de que no tiene ningún sentido diluir la crudeza de un libro en el que se habla de las cosas más feas -miseria, hambre, maltrato, delincuencia, corrupción-, el cineasta da a la película un acertado barniz de oscuridad. Tan sólo rompen esa ausencia de luz algunas imágenes aisladas (como el rayado amanecer) que corresponden a los puntos de fuga del relato, a esos instantes aislados en los que aflora la belleza relacionada con la inocencia del protagonista.
El resto son tinieblas. Polanski no se anda con rodeos al visualizar las desgracias que viven Oliver y algunos de los chavales que se cruzan en su camino, entre ellos la bella Nancy (una espléndida Leanne Rowe, también de currículo reducido).

Ojo, esto no quiere decir que el director haya cargado las tintas al recrear la tragedia de los personajes: Oliver Twist puede llegar a ser muy fosca y cruda, casi asfixiante, pero jamás resulta escabrosa. Polanski no busca la tenebrosidad en el escándalo. La encuentra en las reacciones en seco, los gestos cortantes -para lo que cuenta con el apoyo de un grupo de actores capaces de esquivar la caricatura a la hora de afrontar personajes basados en el exceso- y la atmósfera ensombrecida. La clave de esto último está en parte en un extraordinario diseño de producción, lejos del cartón piedra y extrañamente verista, y en la fotografía del polaco Pawel Edelman, también operador de cámara de El pianista, quien confiere al filme el aire de opresión y aflicción que requiere.
Otro de los puntos fuertes del filme de Polanski es que esa oscuridad no fulmina ni las cosas bellas de la historia -la inocencia, la idea de camaradería, el espíritu de ayuda- ni el humor que se cuela en sus fragmentos más picarescos. El diálogo matizado y las escenas de doble cara (como las ambientadas en casa del viejo Fagin), hermosas pese a tener una trastero trágico, permiten al director capturar todas las caras de una historia en la que pasan tantas cosas terribles como mágicas.
Crítica publicada en el número 3 de Kane3 (diciembre 2005)
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