Pájaros de papel es la historia de un grupo de artistas de vodevil después de que la guerra les haya quitado todo menos el hambre. El músico Jorge del Pino, el ventrílocuo Enrique Corgo, la cupletista Rocío Moliner y el huérfano Miguel forman, junto a otras almas perdidas, una curiosa familia que intenta vivir y pelear cada día como cualquier otra, con sus miserias y sus alegrías, con el aliciente de su música y sus canciones. Y a falta de pan, buenos les resultan los aplausos.
Entre vencedores y vencidos buscan, más que una oportunidad en la vida, algo que comer o un lugar donde dormir. Pero antes de lo que se imaginan, son puestos a prueba y tienen que tomar decisiones que se convierten en una cuestión de supervivencia.
En una época llena de intrigas y peligros que le reclaman pruebas de adhesión a sangre y fuego, tratarán de continuar adelante hasta llegar a alguna parte donde puedan dormir sin temor. Donde quiera que quede ese sitio.
| Imanol Arias | Jorge del Pino |
| Lluís Homar | Enrique Corgo |
| Roger Príncep | Miguel |
| Carmen Machi | Rocío |
| Diego Martín | Teniente Montoya |
| Javier Coll | Pedro Ostense |
| Dirección y Música | Emilio Aragón |
| Guión | Emilio Aragón y Fernando Castets |
| Producción Ejecutiva | Santiago de la Rica y Emilio Aragón |
| Producción | Emilio Aragón y Mercedes Gamero |
| Fotografía | David Omedes A.E.C. |
| Montaje | José Salcedo |
| Dirección de Arte | Fernando González |
| Figurinista | Bina Daigeler |

Manuel Barrero
Emilio Aragón es un tipo listo. Muy listo. Tiene mucho mérito abarcar tanto terreno, y alcanzar el éxito en casi todo lo que se propone. Como mero conductor de programas-entretenimiento, como músico, como gran empresario... siempre sabe dar justo en la tecla para que el público se rinda a sus pies. No dudamos que en ese conocimiento de los gustos populares tiene decisiva influencia el hecho de vivir el mundo del espectáculo desde que nació. Pero no sólo eso. También hace falta talento, y saber usarlo. Y, por supuesto, ser muy inteligente.

Su debut como director cinematográfico tiene toda la pinta de convertirse en otro éxito más en su carrera. Y lo será a pesar de que toda la maquinaria mediática de la más rancia derecha española vaya a descargar su ira contra el film. Titiriteros y la Guerra Civil, en una película del presidente de La Sexta. Muchos despotricarán (sin antes ver) con los mismos argumentos palurdos que vienen sosteniendo hace años.
Y apuesto a que Pájaros de papel conseguirá conectar con la mayoría del público que acude a las salas de cine, por varios motivos. Para empezar, por su impecable aire clásico, en el que todo está contado como mandan los cánones. Luego, porque hay mucha emoción (ya sea honesta, ya sea más impostada). Y para terminar, porque la mayoría de los personajes son de esos que se hacen muy fácilmente queribles.
Un trío protagonista conformado por un tipo duro de enorme corazón (muy reconocible Imanol Arias), un buenazo homosexual (Lluís Homar con su tremendo oficio), y un niño desamparado (Roger Príncep comiéndose la cámara); basta por sí solo para encandilar a la audiencia. Pero es que la galería de secundarios (destacando Luis Varela y José Ángel Egido) tampoco tiene ningún desperdicio. Un casting muy acertado, unas interpretaciones muy solventes, y unos personajes que desprenden bastante verdad.
"Toda una declaración de amor hacia una profesión tan, a veces, denostada. Los comediantes; esa especie que divierte, entretiene y hace soñar. Incluso en los momentos de mayor miseria".

El único lunar es Quiroga, ese militar malvado, al que Diego Martín no ayuda a hacer más creíble. Y es que el film marcha de forma impecable hasta que se mete en berenjenales políticos.
Podríamos decir que estamos ante dos películas en una. Por un lado, el sentido y honesto homenaje al mundo del artista. Por el otro, las dificultades de las recién terminada guerra.
Es en este segundo aspecto donde la película sale más renquenate. A pesar de los intentos por no caer en los tópicos, y agradeciendo mucho personajes como los militares de Fernando Cayo y Oriol Vila. Pero también hay momentos en los que se abusa del melodramatismo (como ejemplo, el desenlace en la estación de tren). Excesos que se dan en la parte más politizada, pero que también se cuelan levemente en algunas de las relaciones personales, subrayando emociones de forma tan innecesaria como eficiente.

Todo lo contrario ocurre con la troupe que desfila por la pantalla. Aunque pueda pecar de demasiado amable, el retrato que hace el director rebosa cariño por los cuatro costados. Toda una declaración de amor hacia una profesión tan, a veces, denostada. Los comediantes; esa especie que divierte, entretiene y hace soñar. Incluso en los momentos de mayor miseria.
Una declaración de amor que no se queda en la profesión, sino que se extiende hasta aquellos que se la enseñaron. La aparición de Miliki en el epílogo supone un emotivo homenaje para alguien al que tanto agradecer. Como representante de toda una familia que siempre ha estado sobre los escenarios. Como símbolo de una forma de entender la vida, siempre dedicada a entretener a los demás. Y como padre. Que una película también puede servir para decirle a tu progenitor lo mucho que lo quieres y admiras.
10/03/2010
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