Paul Laverty (Calcuta, 1957) es un caso extraño de guionista tardío. Su trabajo para una asociación de derechos humanos, durante tres años en Nicaragua, truncó definitivamente su carrera como abogado. De aquella experiencia, surgió el guión de La canción de Carla, primera colaboración con el cineasta Ken Loach. Con En un mundo libre... son ya nueve las ocasiones en las que han trabajado juntos. Entre medias, guiones de la categoría de Mi nombre es Joe o Sweet Sixteen (elegido como el mejor en Cannes 2002). Hasta se permitió el lujo de atreverse con el thriller en Cargo (Clive Gordon, 2006), su único trabajo no dirigido por Loach hasta la fecha. Una pareja de hecho que parece destinada a durar mucho tiempo contándonos las injusticias del mundo. El escritor nos habla de su nueva película, en la que el capitalismo y la inmigración son los protagonistas.
Por Manuel Barrero. Fotografía: Miguel Balbuena.

—¿En qué parte del proceso de la escritura del guión decidió centrarte en el personaje de Angie, y no en los inmigrantes?
—Es difícil recordar en qué momento surgió ese personaje. Después de hacer El viento que agita la cebada, queríamos hacer algo muy actual. Estuve en el Norte de Escocia, hablando con los estudiantes de Europa del Este que recogían fresas en verano, con los conductores, con la gente que organiza la red de distribución... pude ver que el mayor cambio se había producido en el trabajo duro, el que no requiere formación. Siempre con contratos a muy corto plazo, y el trabajo más duro, siempre para los inmigrantes. Podría haber escrito veinte guiones, porque me encontré con situaciones terribles, tipo mafia. Pero me di cuenta de que ése era el modelo de trabajo que necesita el sistema. Te doy un ejemplo: los contratos abusivos de los supermercados con los granjeros, provocaban que éstos sólo pudieran sacar beneficios si pagaban menos del salario mínimo a sus trabajadores. Esa cadena de relaciones me pareció fascinante. No sé de dónde salió Angie, porque en principio, la historia iba a ser sobre tres chicos jóvenes. Pero cuando la vi a ella, me permitió jugar con un campo mucho más amplio. Ella tiene su lógica con los grandes jefes, su lógica con los inmigrantes, también la lógica generacional con su padre. Además, tiene un hijo... se tocan muchísimos niveles. Fue un regalo que surgió de no sé donde.

—¿Alguna vez se planteó hacer la película desde el punto de vista de algún gran jefe?
—Podría haber sido una opción también muy interesante. Los jefes siempre tienen que dar beneficios a sus accionistas, que buscarán a otro si no están contentos.
—¿Podríamos decir, en cierta medida, que ellos también son víctimas del sistema, a la vez que verdugos?
—Hay víctimas y víctimas. Alguien que gana 2,4 millones de libras al año no creo que sea la mayor víctima.
—¿Cree que llegará el momento en el que explote la situación creada entre los gobiernos y los inmigrantes?
—En este momento, todos los informes de economistas, mantienen que la mano de obra inmigrante es indispensable para que haya crecimiento económico. Hay una gran hipocresía por parte de la derecha británica. Los necesitan para cuidar a sus niños, pero a la vez cultivan el miedo hacia ellos. Los quieren como un grifo, que puedan abrir y cerrar. Pero si llega una crisis en la fuerza laboral, habrá mano dura contra ellos. No se cansan de hablar de valores familiares, pero nunca hablan de las familias que se rompen en el Este europeo, por ejemplo. Es la cumbre de la hipocresía.
"Hay que encontrar el punto adecuado. Hay que ir probando ideas, visualizar una situación, a veces es un personaje, o una voz... el buen cine debe tener una buena historia, no basta con un tema"
—¿Qué le parece la política sobre inmigración del gobierno socialista en España?
—Obviamente, es peor la derecha. Pero, al mismo tiempo, al PSOE también le conviene este mercado libre. Todos los gobiernos europeos adoran esta política. En España, hay más de un millón de inmigrantes sin papeles. Y eso es magnífico para el sistema. Son más vulnerables, y no se quejan tanto. Por ejemplo, en la ampliación del Metro de Madrid, se trabajaba en turno de 18 horas, siete días a la semana ¿Propicia esto una ambiente de trabajo seguro?
—Tampoco parece que el Partido Laborista siga en Gran Bretaña una política demasiado a la izquierda...
—Siguen, exactamente, la lógica de Margaret Thatcher, cuyos mayores cambios fueron las leyes antisindicales. Ni Tony Blair, ni Gordon Brown han cambiando ninguna de esas leyes. No sé de dónde sale el mito de que Brown es más socialista, cuando es un enorme privatizador. Las cárceles, los hospitales, los controladores aéreos... lo está privatizando todo.

—Sabemos que usted fue abogado antes que guionista, y siempre cuenta que se dedica al cine por accidente. Pero, ¿por qué elegió el cine como medio de expresión y no otro, como la literatura?
—Fue después de trabajar varios años para una organización de derechos humanos en Nicaragua, me pareció interesante escribir una historia sobre esta experiencia. Podría haber intentado escribir un libro, pero me atrajo el cine por su combinación de imagen, sonido... es un medio muy dinámico. No descarto escribir alguna vez una novela. Probablemente, me daría más libertad.
—¿Cómo es su trabajo con Ken Loach?
—Es muy orgánico. No puedo escribir al dictado. Hay un diálogo constante, que resulta muy interesante para ambos. Pero un buen tema, no hace forzosamente una buena película. Hay que encontrar el punto adecuado. Hay que ir probando ideas, visualizar una situación, a veces es un personaje, o una voz... el buen cine debe tener una buena historia, no basta con un tema.
—¿Qué le diría a aquellos que les acusan de hacer un cine maniqueo?
—Respeto al público. Pero, generalizando, la mayoría de esas críticas vienen de la derecha. Con El viento que agita la cebada, hubo una avalancha de ellas, especialmente en Gran Bretaña. Lo más curioso es que la mayoría, ni habían visto la película. No creo que esa crítica se sostenga. Por ejemplo, en Pan y rosas, el personaje de Rosa es antisindicalista hasta las cejas, pero la comprendemos. O Angie, que es un personaje tan duro y contradictorio...
"En España, hay más de un millón de inmigrantes sin papeles. Y eso es magnífico para el sistema. Son más vulnerables, y no se quejan tanto"
—Veo ciertas similitudes entre el personaje de Angie y el Liam de Sweet Sixteen. Los dos buscan el dinero fácil con la intención de hacer que su familia viva bien, aunque para ello utilicen medios poco correctos, ¿le gustan estos personajes contradictorios?
—Veo la lógica de tu pregunta, pero son dos contextos totalmente distintos. Liam es más joven, tiene a su madre en la cárcel, y se dedica a la venta de droga. Pero sí que me fascina la contradicción de ambos personajes.

—¿Qué otras ideas tiene ahora? ¿Qué temas le gustaría tratar?
—Sí, siempre trabajo en dos o tres temas. Pero es mejor hacerlas antes que hablar de ellas.
—¿Para cuándo una película en España?
—Sería un bonito reto. Pero podría ser un desastre, por culpa de mi español.
—¿Se siente ya preparado para dirigir algún día?
—Nunca me sentiría preparado para dirigir. Tal vez sea una posibilidad en el futuro, pero estoy colaborando con un director fabuloso, con el que hay gran química. Además, nos reímos mucho. Sería más aburrido si yo dirigiera.
—¿Qué le parece el cine que se hace en España?
—Me gustaría ver más cine español. Entre los viajes, los niños, los proyectos... no me queda mucho tiempo. Pero creo que España está viviendo un tiempo de grandes contradicciones sociales, que pueden dar lugar a buenos proyectos; ya sean surrealistas, irreverentes, divertidos... hay grandes posibilidades, lo único que hace falta es la imaginación.
22/02/2008
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