Pesadilla antes de Navidad: La noche se mueve - cine | Kane 3

Pesadilla antes de Navidad: La noche se mueve

Un héroe de trazo expresionista sin piel sobre sus huesos, una chica herida de amor que cose sus propios miembros desmembrados y una patulea de cantarinas criaturas de la noche armonizaron sus perfiles y sus voces en la que bien podría ser la más excéntrica película navideña de la historia del cine. Tres talentos brillaron al mando de su elaborado encanto: los cineastas Henry Selick y Tim Burton y el compositor Danny Elfman.

Por Jordi Costa

© Disney Enterprises, Inc. All Rights Reserved
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1.

Hay películas que se esfuerzan titánicamente por gustarnos. Y no lo consiguen. Hay veces en que, en la oscuridad de la platea, sudamos tinta para que nos guste una película que, en teoría, sobre el papel, tendría que gustarnos. Y no, no es posible, porque le vemos las costuras fotograma tras fotograma. Existe, no obstante, una especie mucho más rara: la película que ni en nuestros mejores sueños podríamos haber imaginado que algún día existiría. Porque su fulgor está tan por encima de nuestras posibilidades de fantaseo que el mero hecho de concebir su hipotética existencia nos hubiese convertido, automáticamente, en genios.

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Películas que no parecen hacer ni el más mínimo esfuerzo por gustarnos, sino que, simplemente, son como son, son lo que son, y sólo con ello logran hechizarnos para siempre a fin de que llegue un día en el que seamos absolutamente incapaces de poder contar cuántas veces las hemos vuelto a ver. Sin cansarnos. Como si siempre fuese la primera vez. 2001, una odisea del espacio podría ser una de ellas. Apocalypse Now, otra. Y, también, Pesadilla antes de Navidad, esa joya prodigiosa esculpida a tres manos -Henry Selick, Tim Burton, Danny Elfman- que cayó en nuestras vidas como un color (oscuro) caído del espacio para delimitar un territorio al que muchos espectadores necesitaríamos volver una vez y otra.

La reciente La novia cadáver, en la que Tim Burton y Danny Elfman hacen visibles esfuerzos por conquistar un logro parejo, demuestra que el genio de Pesadilla antes de Navidad es imposible de impostar. Es imposible recrear su universo imaginario, porque se manifestó allí y sólo allí, entonces y sólo entonces: cuando Selick, Burton y Elfman fundieron sus talentos en un único (e irrepetible) relámpago de genio.

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2.

Creo que vi por primera vez Pesadilla antes de Navidad en un Festival de Sitges. A la salida de la proyección, un amigo vio a Manuel Manquiña -que, por entonces, era el actor revelación de la también (y fatalmente) irrepetible La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos del malogrado Antonio Blanco- llorando de auténtica emoción por lo que había visto. Y es que Pesadilla antes de Navidad fue la película generacional de una generación que ya creía que iba a perderse sin tener su película generacional. Corrijo: quizás lo de Burton, Selick y Elfman no tenga tanto que ver con lo generacional como con lo que podríamos llamar un estado del alma.

Este musical macabro y festivo era la película hecha a la medida de todo niño raro fuera cual fuera su edad, un mensaje en clave que podían descifrar por igual góticos, freaks, solitarios, monstruitos, ingenuos, perversos, polimorfos, burtonianos, lectores de Charles Addams y Edward Gorey y amantes de la animación vintage.

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Es la película de infancia que debería haber sustituido a Mary Poppins, Bambi, E.T. o Sonrisas y lágrimas en la educación sentimental de quien intuye que los monstruos que anidan debajo de la cama o dentro del armario pueden ser de mejor rollo que los humanos que juegan al balón prisionero en el patio de colegio. Cuando vi Pesadilla antes de Navidad en (probablemente) ese Festival de Sitges, tuve una de las sensaciones más extrañas que puede tener alguien que se dedique a escribir profesionalmente de cine: la mejor película que había visto en mi vida era la que acababa de ver en ese instante.


3.

Nos faltaba información, pero lo de Pesadilla antes de Navidad había sido una explosión anunciada. En 1980, Richard Elfman (hermano del compositor Danny Elfman) estrenó una extrañísima película musical en blanco y negro titulada Forbidden Zone: en ella, una familia aberrante, los Hércules, accedía a la Sexta Dimensión a través de una puerta situada en el sótano de su hogar. Tras ella, un universo subterráneo y demencial se estratificada en niveles y laberínticos corredores bajo el reinado de un inenarrable Hervé Villechaize (ya saben, el enano que se parecía a Felipe González) y una Suzanne Tyrrell que, tras su nominación al Oscar por Fat City, llevaba ya algunos años comprometida con la ética (y la estética) de lo grotesco.

© Touchstone Pictures
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En ese Universo Paralelo aparecía el mismísimo Diablo, interpretado por el hermano del director, Danny Elfman, visiblemente poseído por ese fantasma de Cab Calloway que solía aparecer en algunos cortometrajes de Betty Boop. En la escena del diablo de Forbidden Zone podría estar el germen de Pesadilla antes de Navidad: especialmente, el germen de la escena protagonizada por el fluorescente Oogie Boogie.


Dos años más tarde, el más raro animador, que por aquel entonces -los infaustos tiempos de Tod y Toby y Taron y el caldero mágico- debía figurar en la nómina de Disney, logró realizar, al amparo del estudio, un cortometraje narrado por Vincent Price, cuya acción (definitivamente) no transcurría en el Mágico Mundo de Colores de Tío Walt, sino en una zona oscura del alma en la que otro tipo de alegría era posible: ese corto se llamaba Vincent y fue, en buena medida, un borrador del mejor Tim Burton que, a su manera, anunciaba la disfuncionalidad infantil de Pee Wee Herman, la rareza adolescente de la Winona Ryder de Bitelchús y la monstruosidad angélica de los seres que poblarían las páginas en verso de La melancólica muerte de Chico Ostra.

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Y, por supuesto, también preludiaba la excelencia bulliciosa y coral de Pesadilla antes de Navidad, esa película que transcurría en (y, a la vez, definía) el limbo deslumbrante que podría funcionar como Paraíso Perdido de todos esos personajes burtonianos.

En 1990, el tercer vértice del triángulo, el animador Henry Selick, lanzó al mundo otro cortometraje que no era de este mundo: Slow Bob in the Lower Dimensions, otro viaje a un Universo Paralelo con música de The Residents, el enigmático combo de San Francisco que ha ocultado su identidad durante décadas tras tres gigantescos globos oculares y una calavera de aspecto tribal. Slow Bob... era una carta de presentación rica en atrevimientos (una persecución animada a través de polaroids cerraba su alucinógena traca de ideas) que, probablemente, convenció a Burton a la hora de confiar las riendas de su proyecto a un animador que, además, fuese capaz de hacer horas extras como poeta visual. La Sexta Dimensión de Forbidden Zone, el universo imaginario de Vincent, las Dimensiones Inferiores de Slow Bob... tentativos viajes hacia abajo que unieron a tres creadores anómalos en el gran viaje de su vida: el descenso a Halloweenland.

4.

En una escena de Pesadilla antes de Navidad, un niño recibe como regalo una cabeza reducida y no sabe apreciar el detalle. Podría haber ocurrido lo mismo en el encuentro entre esta película apabullante y lo que llamamos el público medio que llena las salas de cine. La película -toda una jugada de riesgo por parte de la Disney (que recuperaba a su Lost Boy Tim Burton)- podía haber pasado a engrosar las filas de las películas demasiado raras para ser amadas por la mayoría, de los manjares de culto cuyo disfrute debe ser ritualizado y preservado por una minoría (con posibilidad de crecimiento) de iniciados. No fue así.

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Con todo, una vez remitido el entusiasmo inicial, hubo un tiempo en que a la Disney pareció avergonzarle el hecho de tener a esta oscura obra maestra en su catálogo y resultaba imposible encontrar merchandising de Pesadilla antes de Navidad en las tiendas Disney del mundo entero. Una empresa japonesa se hizo con los derechos, durante un año, para fabricar muñecos y juguetes basados en el universo de Halloweenland: comprarse un Jake Skellington venido de tierras niponas resultaba considerablemente caro, pero ser fan de Pesadilla antes de Navidad era, ante todo, una militancia y la dificultad para acceder a ese material acrecentaba su condición de culto.

De este modo, a pesar de ser una película aplaudida por la mayoría, conciliadora de público y crítica, la obra de Selick, Burton y Elfman transitó durante un tiempo limitado (porque, más tarde, la Disney recuperó los derechos al ver que aún había mercado) los largos y tortuosos caminos del cine de culto, pedregosos y difíciles para el pie de todo peregrino dispuesto a encontrar, al final, la deslumbrante luz de la luna reflejándose sobre el cráneo reluciente de Jake Skellington.

5.

© Touchstone Pictures
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En la versión italiana de la película, a Jake le puso voz Renato Zero, inclasificable mito glam de la canción italiana que en su película Ciao, Ni!, dirigida por Paolo Poeti con el arrojo de un Fellini serie B, se definía como un "polimorfo perverso". A su novia, la desmembrada Sally, le puso voz en la versión alemana la excesiva punk-walkyria Nina Hagen. Los directores de doblaje de esas dos versiones sabían de qué estaban hablando Selick, Burton y Elfman: de monstruos demasiado humanos para los que no está hecha la Navidad. De niños (y niñas) tristes que, por fin, dejaron de serlo cuando conquistaron el reino secreto de la Gran Calabaza.

Artículo publicado en el número 3 de Kane3 (diciembre 2005)

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