"¿Qué hacer a continuación?" Polanski confiesa que después de El pianista quedó atrapado en una sensación de vacío, lo cual no resulta nada extraño: no sólo acababa de rodar una obra tan dolorosamente cercana a su experiencia como para poder hablar con propiedad de exorcismo personal, sino que, además, le había reportado prácticamente todos los galardones (Oscar, Palma de Oro de Cannes, Mejor Filme en las academias de cine francesa, española, e inglesa...) a los que un cineasta puede aspirar. ¿Qué se puede hacer después de eso? Respuesta: "Una película para mis hijos. Decidí que no debía esperar más tiempo para ofrecerles algo mío que pudieran ver hoy y también en el futuro".
Por Francisco Moreno

Que, tras una larga búsqueda de argumentos, la elección recayera finalmente en el clásico de la literatura inglesa Oliver Twist, parece del todo coherente, pues la novela de Dickens contiene sobrados elementos para figurar en la lista de lecturas favoritas del cineasta polaco. Se cuenta en ella la terrible existencia de un niño huérfano en los hospicios y otros centros de acogida de la Inglaterra victoriana, su accidentada huida, campo a través, y su llegada a un Londres inhumano, de míseros barrios hacinados y muchedumbres hambrientas y enfermas sin otra alternativa que la mendicidad o el crimen; su caída involuntaria en el seno de una banda de jóvenes ladrones a las órdenes de un extraño individuo mitad padre, mitad corruptor de todos ellos; su inesperado acceso a una vida anhelada de comodidades y afectos; su vuelta a los infiernos de la mano del más terrible y violento de los bandidos...

No es difícil, si leemos la autobiografía que el cineasta publicó en los años ochenta, encontrar en determinados pasajes de su infancia algunas similitudes con las peripecias vividas por el personaje dickensiano. Similitudes que afectan lo mismo a padecimientos epidérmicos (el hambre, la soledad, la vida dura del gueto) que a sensaciones más profundas, como el instinto de supervivencia o la lacerante percepción de la orfandad. Recordemos que Polanski, cuya madre murió en Auschwitz, vivió varios años separado de su familia. "Ha sido fácil para mí rodar toda esa primera parte del filme porque refleja una existencia que conozco muy bien. Puedo decir incluso que la vida en el campo que yo conocí en la Polonia de los años cuarenta era muy parecida a la de la Inglaterra del siglo XIX", ha declarado el cineasta.
Pero, referencias autobiográficas aparte, Polanski comparte con Dickens dos cualidades esenciales: de una parte, ambos son eminentemente narradores y la puesta en escena de sus obras está siempre supeditada a la fluidez, la potencia y la perfección del relato; de otra, son genuinos creadores de atmósferas, y eso vale tanto para los ambientes como para los sentimientos. Oliver Twist resulta, además, un personaje muy polanskiano: es una criatura perdida en un universo cuyas reglas desconoce, forzosamente pasiva, cuyo destino está en todo momento en manos de los otros, cuando no del más fortuito y caprichoso azar. Y qué decir de la pareja formada por el bandido Bill Sykes y la prostituta Nancy: no parece sino una nueva vuelta de tuerca en el obsesivo tema del extraño y ambiguo vínculo que muchas veces une a víctimas y verdugos, tan presente en la filmografía del director de Lunas de hiel, La muerte y la doncella o Cul-de-sac.

A todo esto, no se debe olvidar un motivo no menos poderoso que justifica la elección, y es que estamos ante una historia puramente novelesca, llena de peripecias, intrigas y giros argumentales. Quizá demasiado llena. El medio millar largo de páginas que contiene la novela puede dar lugar a una serie televisiva, pero resulta imposible de reducir a la duración convencional de una película. Semejante problema ya lo tuvieron las anteriores versiones cinematográficas del libro de Dickens, las más famosas de las cuales, Oliver Twist (1948), de David Lean, y el musical Oliver (1968), de Carol Reed, son bien conocidas por Polanski, quien se declara, además, un gran admirador de la segunda. De tales versiones, Polanski y Ronald Harwood (quien ya firmara el guión de El pianista) sólo han tomado para la estructura de su película un elemento por lo demás bastante obvio, cual es la permanencia del personaje de Oliver en el núcleo de la acción (por extraño que parezca, el Oliver de Dickens permanece toda la segunda mitad de la novela desvinculado de la trama de Fagin, Sykes y la cuadrilla de ladrones). Su decisión más radical es la de eliminar por completo la trama más folletinesca del libro, aquella que trata de los orígenes del personaje (el Oliver de Polanski es un huérfano, sin más, y su bondad e inocencia no son debidas, por tanto, a una genética herencia de clase) y de las maquinaciones para robarle el patrimonio que legalmente le corresponde.

Es, sin duda, una inteligente solución. En la película de Carol Reed, las canciones (por otra parte, excelentes) roban mucho tiempo al metraje y, como consecuencia, la historia se simplifica bastante. En la de Lean, el guión se torna arbitrario y confuso en su último tercio, y hay personajes que sólo tienen sentido en la compleja urdimbre de la novela, pero que en el filme resultan completamente disparatados. El Oliver Twist de Polanski acierta a condensar la acción, hilvana con maestría las escenas y los hechos que le interesan de la novela, y permanece con ello esencialmente fiel al espíritu del relato original.
Las peculiaridades del relato no le han permitido, en cambio, ser fiel a uno de sus principios narrativos, cual es del punto de vista único; eso no impide que sea la propia visión de Oliver la que prevalezca a la hora de enjuiciar moralmente a los distintos personajes en las categorías de malos y buenos, por lo que queda la ambigüedad reservada para los de Dodger (su traición a Nancy y el posterior remordimiento no figuran en la novela de Dickens) y Fagin. Es un gran acierto de esta versión el hecho de que sea Oliver quien desea visitar al maestro de ladrones en su celda durante la vigilia de su ejecución, pues muestra la ambivalencia de los sentimientos del muchacho con respecto a su secuestrador-protector. La escena, maravillosamente rodada por Polanski, con una enorme carga de emoción, que no de sentimentalismo, sirve, además, para romper con la contundencia de un hachazo el empalago del final feliz. El espectador sale del cine con esa secuencia girando dentro de su cabeza, como ocurriera antaño con finales como el de La semilla del diablo o Chinatown.

El presupuesto de la película ha estado en torno a los 50 millones de euros, y a falta de grandes estrellas con sueldos astronómicos, se comprende que una parte fundamental del mismo ha ido a parar a un esmeradísimo diseño de producción. La minuciosa recreación histórica es una constante en el cine de época de Polanski, incluidas sus referencias pictóricas, que aquí, con la complicidad del director de fotografía Pawel Edelman, tienen como inspiración la obra de Gustave Doré; inspiración reconocida en los grabados que acompañan a los títulos de crédito. Menos reconocido, por no ser una de sus características más definitorias, es su virtuoso sentido del espectáculo. Hizo gala del mismo en magistrales secuencias de El baile de los vampiros, Macbeth o Piratas, y ha vuelto a acreditarlo en El pianista y Oliver Twist.

Siguiendo a Dickens, Polanski ha filmado una película en la que el cuento, la ficción fabulística, se mezcla sin fisuras en la pantalla con el acerbo e irónico retrato de una época. Una época, perfectamente descrita por el novelista, en la cual los prejuicios de todo tipo eran asfixiantes y las diferencias de clase absolutamente extremas, en la que los presuntos educadores eran más bien esclavistas, las autoridades se caracterizaban por su displicencia y su necedad (Dickens, que trabajó varios años como cronista judicial, conocía bien el terreno), y la muchedumbre estaba sedienta de cualquier espectáculo que implicara la destrucción del prójimo.
Y cabe en este punto volver al principio de este artículo para señalar cómo en un período en el que el cine comercial, incluido el que va destinado a los ya no tan jóvenes, parece sometido a un degradante proceso de infantilización (léase también cretinización), en el que tramas y personales eluden sistemáticamente cualquier complejidad para hacerse cada vez más simples y maniqueas, el director de Oliver Twist ha mostrado en pantalla ese cuento y ese retrato, presuntamente para niños, sin ceder nunca a la tentación del subrayado, del efectismo o de la manipulación sentimental, lo que da lugar a un relato complejo y rico en sugerencias como cualquier buen filme para adultos; libre para que sea la mirada del espectador la que intente profundizar en las cuestiones morales más decisivas. Si todo esto será del agrado del público joven de ahora mismo es algo deseable pero que habrá que comprobar. Confiemos, al menos, que a los hijos del cineasta (quienes tienen, por cierto, breves apariciones en el film: son la hija del campesino que rechaza a Oliver y el niño que juega con el aro en una calle londinense) les haya gustado.
Artículo publicado en el número 3 de KANE 3 (diciembre 2005)
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