Pont de Varsòvia

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Sinopsis

En 1990 Pont de Varsovia (Puente de Varsovia), nace de las ruinas de un muro, el de Berlín, caído tan solo un año antes. Si en Nocturno 29 (1968) prevalecía el look de la alta burguesía sesentista, en este film, Pere Portabella conduce su magnetismo a la nueva intelectualidad y a la amnésica clase política progresista europea.

Bajo la superficie reluciente de eventos socioculturales espectaculares y de vida frívola en la Europa feliz, se tensan las memorias de fracturas y cataclismos personales e históricos. "Me propuse explicar una historia abierta y sugerente. El azar, un accidente imprevisible interrumpe la historia. Con esta base y el propósito de atribuir a la imagen el auténtico discurso del film, realicé Pont de Varsòvia transgrediendo el hábito de hacer cine con los criterios narrativos supeditados a las formas institucionales de producción heredadas de la literatura"- Pere Portabella.

  • País:España
  • Año:1990
  • Estreno:18 de julio 2008
  • Duración:1h.25min.
  • Distribuidora:Sherlock Films

Intérpretes

Josep María Pou Josep María Pou
Carmen Elías Carmen Elías
Paco Guijar Paco Guijar
Jordi Dauder Jordi Dauder
Fura dels Baus Fura dels Baus

Ficha Técnica

Dirección Pere Portabella
Guión Pere Portabella, Carles Santos y Octavi Pellissa
Diálogos Octavi Pellissa
Fotografía Tomás Pladevall
Música Carles Santos
Producción Ejecutiva Joan Antón González
Montaje Marisa Aguinaga

Crítica

El arte como poliedro

El paso del tiempo va modificando mi capacidad de evocación e introduce un nuevo sistema de selección de recuerdos. Poco a poco se desdibujan los que podría compartir con otras personas, y se me imponen los que no puedo compartir con nadie. Son recuerdos muy vivos e insistentes, pero no verificables fuera de mí mismo porque no hay testigos. Son una especie de fotos fijas que suelen revivir en ciertos momentos de emoción difusa. Calles, plazas, puentes, descampados, inmensas cúpulas de hierro y cristal, andenes de estación vacíos de viajeros, todo sumergido en la lentitud y el silencio de la memoria lejana.

Cogía el ferrocarril urbano en Friedrichstrasse, y pasaba por el Puente de Varsovia, Desde la estación veía un paisaje de vías de tren, vagones detenidos en vías muertas, trenes que se movían en distintas direcciones, máquinas de diferentes generaciones que hacían maniobras casi imperceptibles cuando arrancaba mi vagón. Veía tinglados, techo de uralita y chimeneas, edificios diversos del color que deja el humo cuando año tras año va devastando los colores originales de las paredes. Al fondo de aquel espacio, un puente, el Puente de Varsovia, gris sobre un cielo idéntico. Durante años aquel panorama me producía una sacudida emocional, y siempre me propuse acercarme un día hasta el puente, para cruzarlo de uno a otro extremo. Nunca lo hice.

Pont de Varsovia


Una pareja de amantes en una habitación en penumbra. La mano del hombre se introduce bajo la camisa blanca de la mujer y desciende por su cuerpo, desnudándolo. Reconocemos sus curvas, su piel brillante. La mano acaricia el cuerpo con lentitud, con suavidad, mientras escuchamos una rememoración. En el tacto la memoria se reaviva. Esos recuerdos que no pueden ser revelados y la "emoción difusa" del placer íntimo provocado por esa piel, son la misma cosa. Toda la memoria del mundo reside en el cuerpo de una mujer, un mapa del pasado. La mano cruza el cuerpo, pero el cuerpo del hombre es incapaz de cruzar el puente.

De este modo se introduce la Historia, junto con el pasado, en Pont de Varsovia (1990) de Pere Portabella. Y sin embargo, encontramos una película "escrita" en presente. Tanto, que nace de las ruinas de un muro, el de Berlín, caído tan solo un año antes. El Puente de Varsovia es una idea sobre la que volver una y otra vez. Del mismo modo, Portabella vuelve una y otra vez a Alemania y bajar a las calles de Barcelona, a los barcos, al agua, a la música, a la suntuosidad de las arquitecturas, a las composiciones pictóricas, a la literatura y a la Historia del Arte en general. No hablemos de puesta en escena, sino de puesta en conflicto. Una puesta en conflicto de la Historia del Arte y de las artes. Una puesta en conflicto del cine. De un plano, de un encuadre, de una línea de texto que debe pronunciar un actor.

"Pont de Varsovia, evidencia algo que va mucho más allá de la mera forma: la necesidad de pensar otra vez en las limitaciones del lenguaje y las formas de representación. La realidad deviene un constructo más, falso, fingido"

La rememoración de una idea. La construcción de un concepto que busca un prisma con el que mirarlo. Una vez encontrado el prisma, se traza un círculo en derredor para verlo desde todos los ángulos posibles. Pont de Varsovia, como El silencio antes de Bach (2007), es un reconocimiento médico, como el que efectúa el forense del cuerpo del submarinista. Las huellas son descritas en voz alta, incluso cuando las palabras dejan de coincidir con lo que vemos. Al final, se puede llegar a un diagnóstico, pero la sutura es invisible porque la lógica es otra muy diferente, interna a la relación de los hechos como lo es la estructura de esta película.

Entonces, el diagnóstico sobre la idea de Europa, no es otro que la diversidad del prisma. Diversidad que es la misma que la del relato, un ejercicio de montaje tan suntuoso como las arquitecturas de vanguardia o la pintura de Miró. El reconocimiento de una cultura, donde caben las leyendas populares y la tradición, al mismo tiempo que la frivolidad que rodea a la intelectualidad. Luego, el desplazamiento hacia un modo de entender el intelecto más profundo, la reflexión solitaria, las formas pensantes, la yuxtaposición de planos e ideas abstractas con base en lo concreto.

El diagnóstico de la música es que ya no hay grandes compositores porque no hay silencio. He aquí el germen de El silencio antes de Bach. La pintura, como el resto de las artes, van más allá del mero diálogo: hay que derribar todas las fronteras, la convivencia es obligada. No se trata de poner al cine frente a la pintura, sino de buscar lo cinematográfico a través de la pintura, al modo de Jean-Luc Godard en Passion (1980). Servirse de sus formas, investigar en la incidencia de la luz en los cuerpos, las composiciones, el encuadre.

Portabella nos ofrece bellas transgresiones formales que nacen siempre de una idea clara, de un convencimiento, de una resistencia contra la representación institucional. La ruptura de la pieza musical, del relato con la aparición retardada de los créditos y la nueva película que recomienza, la juntura de los planos, lo abrupto de los cortes, la dispersión de las líneas de las historias que se entrelazan una y otra vez en Pont de Varsovia, evidencia algo que va mucho más allá de la mera forma: la necesidad de pensar otra vez en las limitaciones del lenguaje y las formas de representación. La realidad deviene un constructo más, falso, fingido.

El pensamiento, la reflexión, el recuerdo de lo que no puede ser dicho, conviven y se alteran en la mente: la memoria histórica es necesariamente individual y ronda nuestra cabeza sin poder ser expresada con palabras, al modo de esa mujer que se reconoce como fantasma. Por eso la profesora de Pont de Varsovia cree estar hablando con las palabras de otro, por eso las definiciones teóricas no arrojan luz sobre las especies, por eso un buzo aparece en mitad de un bosque abrasado con magulladuras que no responden a las llamas.

La diversidad debe ser aceptada, las relaciones de causa-efecto deshilvanadas y repensadas, alegando al principio de la incertidumbre y las relaciones de casualidad, no de causalidad. Portabella ha encontrado en el arte -y en el agua como elemento recurrente de fondo- ideas y formas para pensar en todo esto. La nieve en un televisor, esa "Constantinopla", o el ataque violento en el metro, hablan del vacío del realismo, de lo habitual, de lo absoluto.

Francisco Algarín Navarro

Tráiler


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