Prostíbulos y burdeles, la ficción sexual - cine | Kane 3

Prostíbulos y burdeles, la ficción sexual

Si se quisieran representar los lugares donde se puede practicar el sexo, habría que mostrar un mapamundi. Todos los sitios son aptos para hacerlo y seguramente, en la gran mayoría de ellos, hay alguien que ya lo ha hecho. No es necesaria la arquitectura, para el sexo, basta una buena playa como en De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, Fred Zinnemann, 1953) el campo, la montaña u otro espacio de la naturaleza. Si nos introducimos en el mundo de lo artificial, también es fácil comprobar cómo el balanceo de las olas, cuando no sirve para marear a los viajeros de los trasatlánticos, ayuda a estimular la libido de múltiples personajes cinematográficos. Un automóvil es un lugar recogido y a cubierto para los amantes, incluso algunos tan peculiares como los de Crash (David Cronenberg, 1996). Un coche cama de un ferrocarril es otro artefacto muy útil, como se demuestra al final de Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959) y hasta esas butacas parecidas a potros de tortura con que se amueblan los aviones, son un buen lugar si se sabe y se tiene habilidad para usarlos, basta recordar Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974).

Por Jorge Gorostiza

Belle de jour (Luis Buñuel, 1966)
Belle de jour (Luis Buñuel, 1966)

Cualquier habitación de un edificio puede acoger a quien desee practicar el sexo, recuérdese las dependencias desnudas de cintas orientales como las de La ceremonia (Gishiki, 1971) y El imperio de los sentidos (Ai no corrida, 1976) dirigidas por Nagisha Oshima. Sin embargo, hay algunas habitaciones más propicias como, por supuesto, los dormitorios y también los cuartos de baño. Las camas con diseños fastuosos como las de La frivolidad de una dama (Forbidden Paradise, Ernst Lubitsh, 1924) y La cama de oro (The Golden Bed, Cecil B. de Mille, 1925), han sido fuente de numerosas metáforas sexuales, incluso cuando Hays obligó a que los matrimonios durmiesen en lechos separados; respecto a los baños donde el roce con el cuerpo es inevitable, en el cine se pueden recordar los fastuosos de películas como Male and Female (1919) y Dynamite (1929), ambas dirigidas por un interesante Cecil B. De Mille previo a sus colosales recreaciones bíblicas.

Edificios para el sexo

Es evidente que los burdeles y prostíbulos son edificaciones creadas para y por el sexo. No hay demasiados ejemplos arquitectónicos interesantes de esta tipología. El más notorio es el que proyectó el arquitecto Claude Nicolas Ledoux, en el siglo XVIII aunque no llegó a construirse. Las fachadas de su Oikema o Casa de Placer parecen las de un templo clásico, sólo si se ve desde encima, si se mira su planta, se comprueba que tiene forma de pene. En lo que correspondería a los testículos están los salones de espera y la recepción, en la parte recta hay un pasillo central con las habitaciones a los lados, que termina en otro salón circular más pequeño. Muchos años después, en lo sesenta, Nicolas Schöffer proyectó su Centre de Loisirs Sexuelles, cuya cubierta era un pecho femenino gigantesco, parecido al que perseguía a Woody Allen en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (Everything you Always Wanted to Know About Sex, but were Afraid to Ask, 1972).

En el cine no ha habido ejemplos tan espectaculares de prostíbulos. En las pantallas han aparecido dos tipos principales, el primero, el lujoso que tiene habitaciones atrezadas con muebles recargados, cortinajes, molduras... Espacios agobiantes como los de La pequeña Pretty Baby, Louis Malle, 1977) y Niñas... al salón (Vicente Escrivá, 1977). El otro tipo es mas descarnado, sórdido, sin adornos y con muy poco mobiliario. Los ejemplos son los burdeles de Más allá del bien y del mal (Al di là del bene e del male, Liliana Cavani, 1977) y de cintas dirigidas por Federico Fellini como Roma (1972) o incluso el de Belle de jour (Luis Buñuel, 1966), que no tiene unas características especiales diferentes a las de un piso burgués.

La pequeña (Louis Malle, 1977)
La pequeña (Louis Malle, 1977)

Otros lugares para el amor son los meublés o casas de citas, edificios donde sólo se alquilan dormitorios para las parejas y que pueden ser hoteles por horas o espacios adaptados de otros usos anteriores, donde lo más importante es la confidencialidad de los amantes, es decir, el sistema de entradas y salidas para que las parejas no se vean unas a otras fuera de las habitaciones. En el cine estos lugares se han empleado en muchas ocasiones, baste citar dos películas dirigidas por François Truffaut, Besos robados (Baisers volés, 1968) y La mujer de al lado (La femme d'â côte, 1981).

Como la realidad imita a la ficción, no se puede finalizar sin recordar que en muchos prostíbulos reales cada habitación es distinta a las otras, son temáticas: una china, otra árabe... Como si se tratara de un parque de atracciones o una película de ambiente exótico, de forma que los clientes se sientan como si fueran protagonistas de su propia ficción, acrecentada por la inevitable complacencia de la persona a la que se paga para que represente esa ficción.

Artículo publicado en el número 11 de KANE 3 (septiembre - octubre 2006)

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