Pudor, ópera prima de David y Tristán Ulloa, es una mirada a la intimidad, a los deseos, obsesiones, secretos y miedos que no confesamos ni siquiera a quiénes más queremos. Ese pudor conduce a la incomunicación y a la soledad.
Los personajes de esta historia son: un hombre que va a morir, una mujer que recibe anónimos eróticos, un hombre mayor a quien el amor tiende una última oportunidad, una adolescente que intenta superar las dudas que le genera la pubertad y un niño que ve fantasmas.
Al igual que en muchas familias, todos los personajes de Pudor, a pesar de vivir juntos están solos.
| Nancho Novo | Alfredo |
| Elvira Mínguez | Julia |
| Natalia Rodríguez | Marisa |
| Celso Bugallo | Abuelo |
| Carolina Román | Gloria |
| Marcos Ruiz | Sergio |
| Lorena Mateo | Carolina |
| Manolo Solo | Hombre X |
| Nuria González | Pilar |
| Joaquín Climent | Juan Luis |
| Héctor Colomé | Sr. Braun |
| Dirección | David Ulloa y Tristán Ulloa |
| Productor | José Antonio Félez |
| Guión (basado en la novela homónima de Santiago Roncagliolo) | Tristán Ulloa |
| Música | David Crespo |
| Fotografía | David Omedes (A.E.C.) |
| Dirección Arte | Satur Idarreta |
| Montaje | Nacho Ruiz Capillas |

"No es bueno creer en los fantasmas", termina reflexionando Rocky ante la pantalla de un televisor, el evocador gato (ausente en la adaptación, omnipresente en el original) de la novela Pudor (Santiago Roncagliolo, Alfaguara, 2005) en la que se basa, de forma libre pero ceñida, el arriesgado debut cinematográfico de los hermanos Ulloa, David y Tristán, del que salen, gracias sobre todo a las minuciosas interpretaciones de Nancho Novo (el esposo y padre) y Elvira Mínguez (la esposa y madre), muy bien parados (y no lo tenían nada fácil porque la línea que separa la moderación de la sensiblería es tan fina que muchas veces se cruza, cayendo en tibios dramones familiares), aunque el doloroso trayecto emocional por el que transitan los personajes de la novela aparezca algo tamizado en la película y no termine de desplegar su rico muestrario de sensaciones.

Pudor es un drama psicológico, un cuento anímico, donde los cinco miembros de una familia pasean, cada uno por su cuenta, la soledad de unas existencias plagadas de secretos y anhelos (in)confesables, que asfixian más al espectador que a sus propios protagonistas. Ellos (los de la ficción) llevan ya mucho tiempo, algunos toda una vida, (con)viviendo con unas verdades a medias, aunque reconozcan (hacia dentro, igual que la película) falso el equilibrio doméstico al que se sujetan. Alfredo, el padre sabe que apenas le quedan unos meses de vida, Julia, la madre, recibe extraños anónimos de una carga sexual exagerada, el abuelo (Celso Bugallo), que acaba de enviudar, desea ingresar en una residencia, la hija adolescente, Marisa (Natalia Rodríguez), lucha por aceptarse y Sergio (Marcos Ruíz), el hijo de corta edad, asegura ver fantasmas, con los que además conversa.
"Minuciosas interpretaciones de Nancho Novo (el esposo y padre) y Elvira Mínguez (la esposa y madre), muy bien parados (y no lo tenían nada fácil porque la línea que separa la moderación de la sensiblería es tan fina que muchas veces se cruza, cayendo en tibios dramones familiares)"
En la novela Lima, en la película Gijón (por "sus cielos plomizos y lluviosos", según sus directores) se convierte en el escenario, donde las piezas-personajes de una historia colmada de sombras (no es de extrañar que al niño le parezca tan natural comunicarse con fantasmas) consiguen, aunque despacio, desarrollarse sobre un engranaje preciso. Todos tienen necesidad de encuentros: Alfredo con Gloria, la secretaria, Julia con alguien, la hija con ella misma, el niño con sus sueños, el abuelo con el pasado y el matrimonio amigo (Joaquín Climent, Nuria González) con la evidencia de un fracaso tan disfrazado como lo están sus vidas. Otra forma más de girarse y no ver nada.

Lo peor, las muchas interrupciones en el relato con montajes (a modo de cortinilla televisiva o publireportaje) técnicamente muy bien realizados y musicados, pero que separan del pretendido (y conseguido) lirismo visual de sus imágenes y del poder embriagador de la historia (expuesto con mayor vigor en la novela). La fotografía, de colores oscuros y borrosos, es fiel reflejo del desamparo y la apatía que sufren los protagonistas ante sí mismos y ante el futuro que sospechan. Resulta interesante que la muerte, tan naturalmente presente a lo largo de toda la historia (la película empieza y termina en un hospital), comparta con los personajes el juego de las alucinaciones (todos las sufren), llevándolos por lugares de los que probablemente no regresen.
Historias familiares reconocibles a las que el cine español recurre de manera efectiva (El otro barrio, El bola, La vida de nadie) de cuando en cuando. Dramas sociales herederos de aquel neorrealismo que con tanto recato se retrató en los cincuenta. Y dos producciones recientes, catalanas para más señas, donde el desamparo de la incomunicación se mueve alrededor de una serie de personajes solitarios, inquilinos de una sociedad extraviada en su individualismo, llamaron mi atención -Barcelona, un mapa (Ventura Pons, 2007) y 53 días de invierno (Judith Colell, 2006)- por la misma escrupulosidad narrativa a la hora de dibujar las siluetas de unos sujetos tan de la calle como los que presenta con pudor esta película.
Por Nuria Dufour
Enlaces relacionados¿Quieres recibir gratis nuestro boletín?
Crítica, tráiler, sinopsis, intérpretes, ficha técnica ... CINE y DVD
Ver todas las películas