Robert Wise: Entre el amor y la guerra - cine | Kane 3

Robert Wise: Entre el amor y la guerra

Un día antes de que el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián le rindiera un más que merecido homenaje a toda su carrera y cuatro días después de cumplir 91 años, Robert Wise falleció de un ataque al corazón. Atrás quedaban más de seis décadas dedicadas a la industria del cine en varias de sus vertientes, pues Wise era ante todo, y sobre todo, un artesano. Muchas veces este adjetivo ha sido usado peyorativamente para calificar a ciertos directores correctos pero impersonales, a los que les falta esa chispa de genialidad que les hace destacar por encima de la media. En el caso de Wise no es así. Wise fue un artesano en la acepción más rica de la palabra, pues sus exquisitos conocimientos de la técnica cinematográfica siempre fueron puestos al servicio de la narrativa, a veces de una sencillez casi simplista, pero otras muchas de una emoción embriagadora, imposible de obtener con recursos efectistas o tramposos. Si una buena película se sustenta sobre tres pilares, guión, dirección y montaje, Robert Wise dominó a la perfección los dos últimos. Así que la ecuación de su filmografía es bastante sencilla de resolver: Cuando manejó guiones correctos, consiguió títulos solventes. Cuando manejó guiones estupendos, consiguió obras maestras.

Por Javier Muñoz

Sonrisas y lágrimas (1965)
Sonrisas y lágrimas (1965)

Originario de Winchester, Indiana, Wise comenzó a trabajar en la RKO de botones, gracias a que su hermano era contable. Sus primeros trabajos los hace como montador de efectos de sonido, trabajando en títulos tan emblemáticos como Cautivo del deseo (1934), La alegre divorciada (1934) o El delator (1935), a las órdenes del mítico John Ford. En 1939 comienza su carrera como montador, con Mamá a la fuerza, una comedia de Garson Kanin. Ese mismo año monta para William Dieterle la estupenda Esmeralda la Zíngara, versión de El jorobado de Notre Dame, de Victor Hugo, y dos después tiene el privilegio de montar Ciudadano Kane (1941), la obra maestra de Orson Welles. Por este trabajo recibiría su primera nominación al Oscar, la única como montador, pero no conseguiría la estatuilla. Ese mismo año repetiría con Dieterle en su producción independiente El hombre que vendió su alma. Y seguidamente, le tocaría trabajar en la película que marcaría un antes y un después en su carrera como montador: El cuarto mandamiento (1942). Para su segunda obra, Welles no contó con el beneplácito de la productora, y mucho menos con la total libertad de la que había disfrutado en Ciudadano Kane. Finalmente, el productor ejecutivo de la RKO, Jack Moss, le prohibió la entrada a la sala de montaje y se hizo él mismo cargo del montaje final. Así, Wise se convirtió sin quererlo en cómplice de uno de los tijeretazos más sonados de la historia del cine, pues llegaron a recortarse hasta 43 minutos del montaje ideado por Welles. Tras tan tormentosa experiencia, Wise perdió parte de su crédito como montador, y durante los dos siguientes años sólo trabajó en títulos de bajo presupuesto y escasa calidad. Sin embargo, su fidelidad al estudio sería rápidamente recompensada.

West Side Story (1961)
West Side Story (1961)

Por aquel entonces, Val Lewton, avispado productor de cintas de terror para la RKO, despidió al director de La venganza de la mujer pantera (1944), Gunther von Fritsch, y Robert Wise le reemplazó, debutando así como director. Lewton quedó satisfecho con el resultado, y acogió en su equipo a Wise, tal y como ya había hecho con Mark Robson y como en su día hiciera con Jacques Tourneur. Bajo la batuta de Lawton, Wise rodó además Mademoiselle Fifí (1944), y la extraordinaria El ladrón de cadáveres (1945), basada en el famoso relato de Robert Louis Stevenson.

En los años cuarenta, la producción de películas de la RKO solía ser de casi 40 títulos al año. No es de extrañar entonces que Wise firmara otras seis cintas más hasta 1949, año en que terminaría su relación con el estudio. Son películas pequeñas, algunas de ellas de poco más de una hora de duración, pero de una calidad incuestionable. De entre todas ellas destaca precisamente la última, Nadie puede vencerme (1949), un angustioso drama pugilístico sobre un boxeador acabado que se ve envuelto en un tongo sin saberlo. Contada casi en tiempo real, el filme posee un ritmo impresionante, vigoroso, casi vertiginoso. Al fin y al cabo, una seña de identidad de este gran artesano. En el cine de Wise es difícil encontrar una secuencia que sobre. Su pasado como montador se nota en todas y cada una de las planificaciones de rodaje, y esta virtud se acentuaría con el paso del tiempo, hasta convertirse, en contadas excepciones, en su mayor defecto.

Nadie puede vencerme (1949)
Nadie puede vencerme (1949)

En los primeros años de la década de los cincuenta, Wise comienza a trabajar con la Fox, aunque no de forma exclusiva. Con dicha compañía, firma en 1951 uno de sus títulos más emblemáticos, Ultimátum a la Tierra. Es posible que argumentalmente hoy en día nos parezca de una ingenuidad casi ofensiva, pero si contemplamos el panorama político actual no tardaremos en darnos cuenta de que su mensaje sigue siendo válido, por muy pueril que sea. Entonces era la Guerra Fría. Hoy es la Guerra contra el Terrorismo. Cuestiones políticas al margen, uno sigue fascinándose con la llegada de la nave a Washington y la aparición del robot Gort, cuya entrañable apariencia ha sobrevivido a la era de los efectos digitales. A partir de este éxito, Wise se hace un hueco entre los grandes, y comienzan a llegarle proyectos cada vez más interesantes. Así, va añadiendo títulos a su extensa filmografía, como Las ratas del desierto (1953), Tempestad en Asia (1953), Trigo y esmeralda (1953) y La torre de los ambiciosos (1954). Si en sus comienzos Wise demostró que podía desenvolverse con soltura en géneros tan dispares como el thriller, el terror o la ciencia ficción, en estos títulos le vemos afrontar con extraordinaria habilidad el drama romántico y la aventura bélica, dos géneros que terminarían marcando para siempre su carrera. Ya sea por separado o mezclados en inolvidables superproducciones, el amor y la guerra siempre se cruzaron en el camino de Robert Wise. Y el primer gran ejemplo estaba a punto de llegar.

En 1956, las superproducciones históricas comenzaban a afianzarse en el panorama de Hollywood. La Paramount había abierto la veda con Sansón y Dalila y la Metro y la Fox habían respondido con Quo Vadis y La túnica sagrada, respectivamente. La Warner, más centrada en otros géneros, intentó responder, primero con Tierra de faraones y luego con Helena de Troya. Pero lo hizo sin el apasionamiento de sus competidores, que alcanzarían las cotas del exceso cinematográfico con títulos como Los diez mandamientos, Ben-Hur, Espartaco o Cleopatra. La Warner prefirió ir a lo seguro y se echó en brazos de la industria italiana, cuyos colosales del cine mudo eran unos dignos predecesores y cuyos péplums de la época eran cuanto menos curiosos. Al frente del proyecto puso a Robert Wise, sin lugar a dudas uno de los más indicados para llevarlo a buen puerto. El director rodó una de las superproducciones históricas más atípicas de la historia del cine. Primero por su duración, menos de dos horas, pero sobre todo por el enfoque romántico de la historia. Didáctica de planteamiento, espectacular en ocasiones, y por qué no decirlo, a veces esperpéntica, lo peor de Helena de Troya es su reparto imposible. Lo mejor, el oficio de Wise para rodar las batallas. Se disfruta mucho más de esos confusos batiburrillos de espadas y lanzas que con las coreografías actuales diseñadas por un programa informático.

Tras la aventura troyana, Wise rodaría media docena de películas que terminarían por afianzarle entre los grandes directores del Hollywood clásico. Entre ellas destacan La ley de la horca (1956), un western protagonizado por James Cagney, Marcado por el odio (1956), biopic del boxeador Rocky Graziano, interpretado por Paul Newman, Torpedo (1958), una curiosa cinta bélica con Clark Gable y Burt Lancaster, y finalmente Quiero vivir (1958), un drama que abordaba la pena de muerte desde el punto de vista femenino, pues en este caso era una mujer la condenada a la pena capital. Susan Hayward obtuvo el Oscar por su desgarradora interpretación de Barbara Graham y el propio Wise estuvo nominado por la dirección, aunque caería derrotado por Vincent Minelli y su Gigi. Sin embargo, la hora del desquite estaba cerca. Llegaban los años sesenta, y en ellos Wise escribiría su nombre con letras doradas en los anales del séptimo arte. Y lo haría con dos de los musicales más famosos de la historia del cine.

Es indudable que Robert Wise siempre será recordado como el director de West Side Story (1961) y Sonrisas y lágrimas (1965). Aunque son dos películas muy diferentes, ambas tienen un rasgo en común: combinan a la perfección la comedia y el drama. West Side Story es más adulta y trágica, al fin y al cabo es una adaptación libre de Romeo y Julieta, aunque eso no quita que presente unos números musicales más vibrantes y festivos. Aunque las coreografías se deben a Jerome Robbins, la mano firme de Wise envuelve toda la historia, sobre todo en su vertiente más romántica. Sonrisas y lágrimas, injustamente odiada por algunos prestigiosos críticos, es más irregular a la hora de cambiar de registro. Si uno hace ejercicio de memoria, descubrirá que se sabe al dedillo todas las canciones de las dos primeras horas y que apenas recuerda nada del final, salvo la huida de los nazis. Y es que el filme tiene uno de los arranques más impresionantes de la historia del cine, con esa cámara aérea sobrevolando los Alpes hasta llegar a una exultante Julie Andrews que nos canta acerca del sonido de la música, su título original. Ninguna otra secuencia, salvo quizás la de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, sintetiza tan cinematográficamente la plenitud de la felicidad. Wise ganó el Oscar a la mejor dirección por ambas películas, el primero de ellos compartido con el mencionado Jermo Robbins. En total, West Side Story obtuvo diez estatuillas y Sonrisas y lágrimas, cinco. Y ambas consiguieron el de mejor montaje. ¿Por qué sería?

Sonrisas y lágrimas (1965)
Sonrisas y lágrimas (1965)

Entre ambos musicales, Wise rodó un aceptable drama romántico, Cualquier día en cualquier esquina (1962) y una cinta de terror que terminaría por convertirse en un título de culto, La casa encantada (1963). Tras Sonrisas y lágrimas, Wise se embarcó, nunca mejor dicho, en la producción de El Yang-Tsé en llamas (1966). De hecho, aceptó rodar para la Fox el musical de la familia Trapp con la condición de que le produjeran la adaptación del best-seller de Richard McKenna. A partir de entonces, la decadencia. Star! (1968), un descafeinado musical con Julie Andrews para tratar de de repetir laureles, La amenaza de Andrómeda (1971), una fría e inquietante cinta de ciencia ficción basada en la novela del por entonces casi desconocido Michael Crichton y que sin lugar a dudas es lo mejor de Wise de su última época, Encuentro en Marrakech (1973), un anodino drama, Hindenburg (1975), un fallido intento de subirse al carro de las películas de desastres, Las dos vidas de Autrey Rose (1977), una curiosa historia de reencarnaciones y finalmente Star Trek: la película (1979), una absurda adaptación de la famosa serie de televisión. Lo que hizo después es mejor no mencionarlo por respeto al conjunto de su obra.

Star! (1968)
Star! (1968)

En resumidas cuentas, Robert Wise nos dejó un conjunto de películas nada desdeñable. Dos musicales multioscarizados, dos títulos de ciencia ficción que marcaron estilo en su época, un buen puñado de cintas bélicas muy entretenidas y una colección de series B que con el tiempo se han convertido en clásicos. Como decía al principio, sus detractores siempre le echarán en cara su fama de artesano. Yo prefiero incluir tal calificativo al otro lado de la balanza. Junto a su perfecto dominio de la planificación y el montaje, lo que le hacía capaz de emocionar simplemente con la duración adecuada de un plano. En una época en que el cine está excesivamente influenciado por la televisión y el video-clip, las películas de Robert Wise son como un soplo de aire fresco en la cima de los Alpes. Revitalizadoras.

    Robert Wise en 10 películas:

  • El ladrón de cadáveres (1945)
  • Nadie puede vencerme (1949)
  • Ultimátum a la Tierra (1951)
  • Helena de Troya (1956)
  • Marcado por el odio (1956)
  • ¡Quiero vivir! (1958)
  • West Side Story (1961)
  • Sonrisas y lágrimas (1965)
  • El Yang-Tsé en llamas (1966)
  • La amenaza de Andrómeda (1971)

Artículo publicado en el número 7 de KANE 3 (abril 2006)

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