Sevilla Festival de Cine Europeo 2008 (crónica octava) - cine | Kane 3

Sevilla Festival de Cine Europeo 2008 (crónica octava)

Concluyó el Festival de Cine de Sevilla. El sábado es aquí el día de los repasos y las repescas de las películas que se escaparon. También el día en el que se lee el esperado palmarés. En la Sección Oficial se vio Robert Zimmerman, una película alemana que, salvo el nombre y alguna alusión, apenas tiene nada que ver con Dylan, pero sí mucho con el cine indie estadounidense de la línea Juno. En Eurodoc hemos visto el documental La Fortesse, proveniente de Locarno donde venció en la sección Cineastas del Presente. El cineasta Fernand Melgar ha realizado un consistente trabajo en torno a la palabra filmada lateralmente, forma de liberación de este espacio cerrado de asilo pero también sugerentemente fantasmal en su condición de no lugar en el que no es posible asentarse.

Francisco Algarín Navarro

"La forteresse" (Fernand Melgar)

¿Cine popular?

Robert Zimmerman de Leander Haußmann (Sección Oficial)

"Robert Zimmerman" (Leander Haußmann)

En una escena de Robert Zimmerman, nuestro protagonista caniche se encuentra con un joven que dice ser el hijo de Garfunkel. Para demostrarlo, el adolescente, una versión en miniatura, canta uno de los éxitos de la pareja. Cuando es preguntado por lo que siente cuando le paran por la calle, responde que son "palabras que le llegan al corazón". Robert, que evidentemente lleva su apellido en honor de Dylan, manifiesta su desconsuelo por la losa que eso supone cuando ni siquiera puede presumir de ser su hijo. Por si quedaba alguna duda, ésta es la escena que confirma el hermanamiento de este film con el cine indie más viciado y sentimental de los últimos años, aquel que va de Jason Reitman a Miranda July.

Robert Zimmerman es una película a la carta que contiene todos los componentes: referencias musicales, familia disfuncional, personaje freak y desplazado, golpes de humor mezclados con emociones edulcoradas, historia de amor (im)posible... Las películas de la factoría Apatow se sitúan generalmente en el instante decisivo que separa la adolescencia de la madurez y, a través de cualquiera de sus cuerpos, sus personajes nos remiten a unos sentimientos generacionales concretos e identificables. En la película de Haußmann, por el contrario, no encontramos ningún tipo de conflicto ni generacional ni genérico, sino un gusto por la adición de lugares comunes exóticos que observa a sus personajes como cobayas.

Es la línea que defiende un mal entendido concepto de lo "popular", que nada tiene que ver con la cultura pop, sino más bien con sus evidencias más superficiales. Robert Zimmerman no tiene nada en común con el cine alemán, hay que estudiarla sobre la base de las producciones indies que buscan públicos jóvenes que se puedan identificar con personajes peligrosamente arquetípicos que viven en un mundo de imaginario fuertemente cerrado e idealizado. Ningún punto en contacto con la realidad, sino la búsqueda a cualquier precio de una cierta empatía de la mano de esos supuestos incomprendidos e introvertidos adolescentes que viven en la sombra y que se han convertido en adultos prematuramente.

Es el débil contraplano de los films de Apatow, el mismo plano en el que se inserta la Juno de Reitman, con una muy impostada idea de lo que comporta la madurez. Porque, de algún modo, es la elección que impone Haußmann a su protagonista, en el momento en el que prefiere el amor pretendidamente adulto a los videojuegos que él mismo fabrica. Esto abre la puerta a la presencia de las nuevas tecnologías en el film, si bien lo hace como elemento meramente decorativo a la par que conservador en la idea de una identificación visual y directa del público con su imaginario. Así lo demuestra la escena de la reunión con los empresarios asiáticos, donde el conflicto entre la cultura occidental y la oriental y los flujos de capital generado por los objetos de entretenimiento no llega a otro lugar que a la suma de gags ramplones, la volátil y banal ecuación final que es Robert Zimmerman Tangled Up in Love.

Entre los muros

La forteresse de Fernand Melgar (Sección Eurodoc)

La fortaleza, como cárcel o como albergue. ¿Contra qué puede proteger esta fortaleza? Contra un estado y sus normas. Suiza, ese país donde las tiendas están llenas de comida y donde no cesan de circular los coches. Es la imagen superficial, un reflejo de un estado de cosas. Por encima de todo, un neutralismo histórico y su imaginario paradisíaco. La fortaleza alza sus muros allí, para acoger a inmigrantes de todas las partes del mundo y tramitar, en definitiva, sus vidas.

Del país, apenas se muestran sus bosques y las carreteras que se bifurcan junto al muro. El film de Fernand Melgar, La forteresse, presente en el último Festival de Locarno, así como en la sección de documentales del próximo Festival de Gijón, comienza mostrando la luz en las ventanas de un edificio en medio de la oscuridad. Es la oposición que se establece entre el interior y el exterior, estableciendo una puerta de inmersión en un microcosmos con líneas de fuga hacia un macrocosmos abstracto marcado por la diversidad de lenguas que se escuchan.

El dispositivo establece un trabajo de puesta en situación sobre lo inmediato, donde el tiempo se encuentra marcado exclusivamente por el periodo de estancia en "La Fortaleza", en una dilatación prolongada de lo cotidiano. Primero, la multitudinaria reunión donde se explica el funcionamiento de la institución, recordando la jornada inaugural de una escuela. Después, el seguimiento alternado a unos y otros, el cruce de lenguas, la creación de los primeros grupos, algunas disputas, las primeras afinidades...

El trabajo de Melgar se sostiene principalmente en base a la velocidad de improvisación para adaptarse a una realidad donde el plan de rodaje es el plan de cada día del lugar. Así, en esa lucha entre los tiempos que se dilatan y los que se contraen, la palabra volverá a jugar un papel fundamental, pero no en una presencia frontal sino lateral y fluida. La duda que asalta, entonces, es la del propio mecanismo del film, cuando la presencia de la cámara apenas suscita ningún conflicto, como si hubiera un lapso de tiempo invisible en el que las personas se hubieran acostumbrado a que les filmen.

La Forteresse

Hay momentos de gran fuerza, como el encuentro entre el religioso y el chico que cuenta que en el mar, al morir uno de los viajeros, tuvieron que comer partes de su cuerpo, o esa doble secuencia en los que se recogen para un informe los relatos de dos familias cuyos hijos fueron asesinados. Todos esos instantes emergen siempre de un fortísimo choque entre alguien de la institución y el refugiado, lo que supone también una contraposición de diferentes niveles de escucha.

El gran hallazgo de La forteresse, es el de encontrar una mirada con la que acercarse a esa transición presente en todas partes: entre el momento de llegada y la salida, entre la aceptación y el rechazo de las autoridades, entre la cooperación y la discordia. Es la difícil tarea de pertenecer a un lugar en el que no se pueden echar raíces porque nada es definitivo.

Un lugar fantasmal, un lugar de nadie, que jamás se podrá aceptar como propio. Entonces, la tarea de Melgar, no es solamente la de dar voz, sino la de buscar el modo para que el cine pueda ser, sino una forma más de cooperación, al menos el estímulo en la compañía y la escucha activa. Es la misión de dar a cada persona, con su rostro y su cuerpo, con su memoria y sus heridas físicas y mentales, un espacio, un tiempo, una luz, una posibilidad de distensión, pero sobre todo algo que permanezca frente a lo etéreo de ese tiempo y ese espacio indefinido e inestable por el que pasan sus vidas ante nuestros ojos.

15/11/2008

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