La otra gran vencedora en el camino hacia los premios de la European Film Academy, la también italiana Il Divo, se proyecta en Sevilla, dentro de la sección EURIMAGES. La cineasta rusa Marina Razbezhkina se encuentra con el público para presenter su película The Hollow, en la Sección Oficial. Siguen las proyecciones de filmes de David Lean y Jose Luis Borau, así como las películas Dogma. Como primeras constantes, observamos los cuerpos ausentes, contemplativos, ajenos al film y a las propias acciones. Encontramos también imágenes que se repiten incisamente en sus texturas, su limpidez, formando films sumamente cerrados en sí mismos, con enormes dificultades para respirar. Seguimos esperando que aparezca al menos una buena película que pueda retenerse por unas horas en la memoria.
Francisco Algarín Navarro

The Hollow, de Marina Razbezhkina (Sección Oficial)
Hay una novela de Sergei Esenin. Está el bosque. Hay un puñado de personajes. Está el frío. Está la luz que se filtra entre los árboles. La humedad. Eso es The Hollow (Yar, 2008), de Marina Razbezhkina, cineasta rusa que adapta la novela de Esenin El hueco. Ese hueco vendría a equivaler a "La Zona" de Stalker, pues comparte un territorio físico que funciona como agujero negro. Y en ese agujero negro hay un personaje que mueve los hilos sin saberlo.

En el encuentro con el público, Razbezhkina explica cómo los personajes han de aceptar su destino trágico en el reiterado encuentro con la muerte. La vida continúa en ese hueco, pero hay también una especie de dimensión cósmica que tiende hacia la fatalidad. Ese componente cósmico, que debía estar presente en la novela, suponemos que más bien como algo etéreo, aquí toma presencia en la naturaleza.
Los rayos de luz llenando las estancias, los planos detalles de las plantas, los sonidos saturados del bosque, buscan a la naturaleza como ente vivo en transformación. Sin embargo, las imágenes no mantiene una cierta uniformidad, sino que las texturas varían en función de lo que se intenta filmar: así, encontramos una imagen más sucia en la escena onírica del comienzo, o en muchas secuencias interiores. Por el contrario, los primeros planos de los rostros de los niños y algunos adultos buscan revelar la palidez de la piel, el rubio del cabello, los juegos de luces de un sol difuso que forman un retrato excesivamente límpido.

Poco a poco el film va dejando atrás esta preocupación por lo cósmico del contacto del hombre con la naturaleza, de su revelación a través del tacto y los sentidos, para acercarse a una serie de lugares comunes: estampas costumbristas de espíritu bucólico, indefinición temporal, adición de historias, derivas en el relato hacia las tradiciones, punteos cercanos al realismo mágico...
Del mismo modo, a medida que el film avanza la realidad va desapareciendo para dejar paso a una representación viciada de gestos, miradas perdidas en el cielo, cuerpos pesados y torpes. Un estado de reposo, un catálogo de posturas, que está siendo la constante de este festival. La culpa de ello se encuentra en las formas de repetición de una comedia sometida a unos cánones que hacen de la ineptitud de los personajes su razón de ser.

Peces vivos que, ni son peces, ni están vivos; un chico que persigue a una mariposa sin ningún resultado, planos que siempre se cortan antes de tiempo, que no dejan que la duración haga su trabajo dejando pasar algo de verdad. Entonces, es cuando esa dimensión de lo cósmico juega el papel de lo cómico en el film, coincidiendo entonces el imaginario que se construye con el propio imaginario colectivo y preconcebido exterior a Rusia que tenemos de esos paisajes. Un conjunto de postales que se suceden, la miseria humana como folletín en una especie de serial killer cósmico que provoca que una muerte, por sus sucesiones, deje de causar emociones.
Il Divo, de Paolo Sorrentino (Sección EURIMAGES)
A lo largo de la historia del cine italiano, en todas las épocas, hemos ido asistiendo a una historia paralela de films políticos a la vez que se iban produciendo los diferentes cambios en el país.
Películas como El árbol de los zuecos de Olmi, nos hablan de la transformación de la nación derivada de la industria y el capitalismo. Junto a ella, los films políticos de Francesco Rosi (Il caso Mattei, 1972, Salvatore Giuliano, 1962) marcaron la década de los 60 y 70. Aunque haya quedado patente que el cine italiano no pasa por su mejor momento, más allá de la calidad de las películas, son abundantes los cineastas que han explorado la historia de su país al modo de un sondeo reiterante.
De las Brigadas Rojas a la camorra, de la Democracia Cristiana a Forza Italia y Berlusconi, sin dejar fuera de lugar al Vaticano, el cine italiano reflexiona y hace memoria de su pasado y se cuestiona el presente como pocas cinematografías. Un buen ejemplo de ello son películas como Il caimano (2006) de Moretti, La mejor juventud (2003) de Giordana, La sonrisa de mi madre y Buenos días, noche de Bellocchio o Il Divo (2008) de Paolo Sorrentino.

Debemos hacer hincapié en que el resultado en la mayoría de los casos ha sido desparejo con las intensiones iniciales (a excepción de Bellocchio y quizá Moretti), si bien la película de Sorrentino se encuentra más allá de esta tesitura. Adoptando el tono de la parodia más excesiva, el cineasta de Las consecuencias del amor se propone trazar un recorrido por la vida de Giulio Andreotti, presidente en tres ocasiones del Consejo de Ministros y con una destacada y sucesiva presencia en el Parlamento.
Son años de convulsiones en Italia, época de matanzas y suicidios, donde paralelamente comienza a ocupar un lugar cada vez mayor la camorra (de algún modo es el contraplano de Gomorra, ocupándose aquí de las altas esferas y de las primeras relaciones de la mafia con estos frentes). Sucesor de Aldo Moro, una vez que éste fue asesinado por las Brigadas Rojas, Andreotti ocupará el centro de la atención. Es el punto del que parte Sorrentino en su film, tomando el cuerpo caracterizado de Toni Servillo como base de la parodia. Hay un trabajo de exactitud en la voz, los gestos, las posturas. Frente a él, como una orquesta, el tiempo trascurre: reuniones secretas, cenas, fiestas, ruedas de prensa, ambiente familiar.

Paolo Sorrentino es un cineasta que ama el exceso, que actúa por adición. Pertenece a la categoría que podríamos denominar "directores de orquesta", en la que también estaría Fellini, de quien se coloca muy cerca en su anterior film, L´amico di famiglia. Sin embargo, en la orquesta de Fellini cada cosa funciona a su debido tiempo, no funcionan por adición. En Il Divo, Sorrentino decide echar todo al fuego de un golpe y la hoguera se apaga rápido, apenas empieza la película.
A esta línea felliniana, muy patente en secuencias como la de la fiesta, pero también en una serie de performances banales de un onirismo oscuro, se añadiría otra filiación sorprendente con Tarantino. Queda muy patente a lo largo de todo el film en la utilización que hace Sorrentino del texto, no solo en la apertura y cierre, donde trata de situar en el contexto y aclarar un poco la agitada Historia de su país, sino también en la presentación de los personajes, de cuyos cuerpos emergen explicativas líneas de texto.

Podríamos empezar por aquí para señalar las deficiencias de una película que no cree en sus propias cualidades meramente narrativas, es decir, las posibilidades que ofrecen las imágenes, las acciones, los diálogos. Es cierto que son años muy complejos protagonizados por un sinfín de nombres, pero el temor de Sorrentino ante la desubicación del espectador resulta evidente. No solo subraya con estos textos, sino que tampoco es capaz de explorar las posibilidades que le ofrece para desarrollar un discurso paralelo con otra forma de lenguaje.
En esta adición, Sorrentino busca la velocidad en la música, alternando a Vivaldi con The Veils; en los travellings, el plano-contraplano, los cortes violentos, los zooms. Imágenes artificiales y agotadas, frías; cambios de luz, saturación del color; monólogos; alternancia con el surrealismo, escisiones temporales; escarceos en lo grotesco y el esperpento que forma un fresco de múltiples fisuras de los años de la Democracia Cristiana llenos de ferocidad y cinismo, pero exentos de toda agudeza en su reflexión y sondeo. Como si a Sorrentino, al mismo tiempo que realiza su documentación, le importara más que la investigación en sí y los datos que se revelan al espectador la propia forma del espectáculo.
9/11/2008
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