Tras perder a su padre y ganar como herencia un salón con siete mesas de billar y muchas deudas, Ángela (Maribel Verdú) tiene noticia de la desaparición de su marido en extrañas circunstancias.
Desde ese momento, Ángela, con la ayuda de Charo (Blanca Portillo), la novia de su padre, se empeña en salir adelante y reconstruir su vida. Lo primero que decide es emplear sus ahorros en volver a poner en marcha el viejo local de las Siete mesas. Además de modernizar el negocio, reunirá al equipo de jugadores que capitaneó su difunto padre.
La vida de Ángela le llevará a vivir distintas situaciones. Unas muy cercanas a la risa, otras al borde del llanto. Lo mismo que su cotidiana relación con Charo, a medio camino entre lo trágico y lo cómico.
| Maribel Verdú | Ángela |
| Blanca Portillo | Charo |
| Jesús Castejón | Antonio |
| Víctor Valdivia | Guille |
| Enrique Villén | Tuerto |
| Raúl Arévalo | Fele |
| Ramón Barea | Jacinto |
| Lorena Vindel | Evelin |
| José Luis García-Pérez | Fran |
| Amparo Baró | Emilia |
| Dirección | Gracia Querejeta |
| Guión | Gracia Querejeta, David Planell |
| Producción ejecutiva | Elías Querejeta, Tedy Villalba, Gracia Querejeta |
| Fotografía | Ángel Iguácel |
| Montaje | Nacho Ruiz Capillas |
| Música | Pascal Gaigne |

La sagacidad de Maribel Verdú a la hora de reformularse como intérprete dramática tuvo un punto de inflexión en el año 2001, cuando protagonizó la película de Alfonso Cuarón Y tu mamá también. Desde entonces, la conexión mexicana de la madrileña -cuyo penúltimo episodio es la esperadísima La zona, de Rodrigo Plá- la ha servido para reactivar el punch comercial que en España parecía languidecer con el cambio de siglo.

En Siete mesas de billar francés el equilibrio de su composición se corresponde con la frescura que aportaba en su primer papel protagonista a 27 horas (Montxo Armendáriz, 1986). Entre ambas películas, realizadas bajo el amparo de El Productor Elías, puede tenderse un arco evolutivo cuyos hitos se encuentran en la pubertad casi documental del registro de aquella, y en la madurez interpretativa que adquiere en la película de Gracia Querejeta. El caso de Maribel Verdú es paradigmático para empezar a hablar de la excelsa labor de dirección de actores y de puesta en escena que aquí realiza la aventajada consanguínea de El Productor.
Siete mesas de billar francés es también la consagración de su directora como cineasta, su obra de madurez tras la prometedora, y tan encantadora como irregular, Héctor. Las superficies de rozamiento de los libretos trabajados con el guionista David Planell se han pulido, y puede decirse que, parafraseando a Antonio Vega, Gracia Querejeta ha encontrado la "interacción genial" con el resto de artesanos (incluidos intérpretes) que intervienen en esta producción.

La película empieza con un viaje en tren, como el que realizaba Gracia desde Madrid a Alicante cuando concibió la película. Ángela, la protagonista abandonada por su marido, emprende el trayecto que une Vigo a la capital de España en compañía de su hijo Guille, con la finalidad de asistir a la enfermedad de su padre. Pero una vez llegados a Madrid (a la localidad de Coslada, para ser del todo exactos) reciben la noticia de que el patriarca ha muerto. El retruécano argumental es tremendamente efectivo, porque transforma las expectativas del espectador (quien esperaba ver el reencuentro del padre con la hija), y le transporta al proteico y deslizante territorio de la reconstrucción de la figura ausente.
"Estas notas de humorismo no empañan el aliento clásico de Siete mesas de billar francés, cuyo diálogo intergeneracional, épica derrotista, y claridad expositiva convoca en este redactor la presencia de Million Dollar Baby, y de algún otro relato filmado por el mítico Clint Eastwood"
Ángela ha recibido como herencia siete mesas de billar francés, y unas cuantas deudas; sin embargo, y pese a la obsolescencia de la empresa, Ángela decidirá levantar el legado paterno y transformar el salón de juegos, si no en algo lucrativo, sí en un medio de vida suficiente para las personas que ahora tiene a su alrededor: Charo, la novia de su padre (Blanca Portillo), Evelin (la inmigrante que trabaja en la barra del salón), y naturalmente su hijo Guille, que se convertirá en el voyeur de la película, al poder espiar desde su nueva habitación lo que sucede en el billar de abajo, gracias a un ojo de pez habilitado en el piso. Me detengo ahora, definitiva y voluntariamente, en los derroteros de la narración.

En reflexiones efectuadas con posterioridad a la realización del filme, Gracia ha dicho que el significado del billar está ahí: el padre muerto es el taco que golpea, y las bolas son los tres personajes machacados por esa figura ausente y emergente (Ángela, Charo, y Jacinto: éste, el mejor amigo del difunto). En las imágenes congeladas en blanco y negro del arranque, en las fotos del salón, y en el decadente hábitat del mismo (potenciado a través de espacios desocupados, y de ruidos y sonidos diacrónicos) se vislumbran las huellas de lo que este salón de billares debió ser, con su equipo de barrio afiliado al Campeonato Nacional, sus tahúres, agitadores, y espectadores en continua ebullición. La alianza entre Ángela y Charo, a la que después se unirá Jacinto, no pretende resucitar este universo irrecuperable, sino más bien obtener una justa y merecida restitución para cada uno de ellos. Es por lo que la película de Gracia Querejeta merece ser calificada no de feminista, sino de militante, y también de socializadora sin inscribirse en la corriente del realismo social.
Se aleja asimismo Siete mesas de billar francés de los parámetros de compromiso poético presentes en el cine de, pongamos por ejemplo, Fernando León de Aranoa. La directora de ascendencia vasca, pero de sentimiento castizo y universal, aboga por la poesía que se desprende naturalmente de la confrontación entre una puesta en escena de artesanía clarividente, y la pulcritud de unas interpretaciones principales que se complementan con memorables roles de reparto, lo cual supone un continuismo con una de las mejores tradiciones del cine español: el sacar partido a esos rostros secundarios que insuflan de costumbrismo películas como las de Luis García Berlanga, Edgar Neville, Pedro Lazaga, o Alex de la Iglesia, y que tan bien han sabido recoger telecomedias como Siete vidas, Aquí no hay quien viva, o Los Serrano.

Estas notas de humorismo no empañan el aliento clásico de Siete mesas de billar francés, cuyo diálogo intergeneracional, épica derrotista, y claridad expositiva convoca en este redactor la presencia de Million Dollar Baby, y de algún otro relato filmado por el mítico Clint Eastwood.
La virtud, la principal virtud de la última película de Gracia Querejeta, es el saber conjugar todos los elementos de la escena al servicio de lo que se pretende contar: el cómo los personajes arrastran a la acción, y el cómo la puesta en escena se pone al servicio de este ritmo de lo narrado. Transparencia, en una palabra: algo que Gracia Querejeta ha encontrado en su quinta película, que una inmensa mayoría de cineastas españoles han perdido hace tiempo, y que otros tantos tratarán de buscar, sin éxito, a lo largo de toda su vida. Siete mesas de billar francés es, prácticamente, una película redonda.
Sergio F. Pinilla
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