Sobre Sarabande: Bergman o cuando el paso del tiempo no ayuda a la reconciliación - cine | Kane 3

Sobre Sarabande: Bergman o cuando el paso del tiempo no ayuda a la reconciliación

Saraband (Ingmar Bergman, 2003)
Saraband (Ingmar Bergman, 2003)

Son muchos los aficionados al cine que se preguntan sobre las razones de la vigencia de Ingmar Bergman y para hallar o dar con muchas de las respuestas a esa cuestión nada más tiene uno que acercarse a ver su última película, Sarabande.Probablemente, definitiva entrega de todo su cine y, sobre todo, síntesis de su propio drama que no es otro que el rechazo que el autor de Fresas salvajes siente por la sociedad en la que vive y por la poca fe que tiene por el ser humano.

Por Javier Tolentino

La belleza y la inteligencia que el anciano pensador europeo exhibe al ir mostrando una construcción de imágenes que aporta al espectador las claves de lo que no dicen sus personajes, no se desmiente en absoluto cuando esos personajes hablan y se reprochan todos sus temas no resueltos. Con las imágenes, el silencio y la música de Juan Sebastián Bach, Bergman nos habla de un paso del tiempo devastador en el ser humano, un paso del tiempo que también está en el viejo profesor jubilado de Fresas salvajes y es un paso del tiempo que no reconcilia, que no aporta conocimiento y que no resuelve.

Ingmar Bergman en el rodaje de Saraband
Ingmar Bergman en el rodaje de Saraband

Una pareja se encuentra ―a iniciativa de la que fue su esposa― después de 30 años de no verse y se reconocen inmediatamente en la falta y en la ausencia pero, sobre todo, saben que podrían haber pasado otros 30 años y no hubiera servido para nada. Bergman es el más duro e inflexible de los analistas del ser humano, es además implacable y agresivo, cínico y ácido al reconocer que odia a su hijo porque ―con su simple presencia― le revela su drama, que no es otro que el fracaso como hombre y como padre. Y cuando Bergman muestra eso lo hace directamente, sin artificios y es en Sarabande, en la secuencia en la que se encuentra el padre y el hijo ―probablemente una de las más duras e intensas del cine de Bergman, y mira que tiene [1] ― cuando dice todo lo que piensa del ser humano: el ser humano odia al otro, lo aniquila, lo supera, le pone trampas, compite, lo extermina en guerras, le roba a su mujer, somete a sus hijos, le incapacita, le engaña, le jubila, no lo sana y lucha por dominarle. En la secuencia citada en la que el hijo visita a su padre para solicitarle un dinero que haga posible los sueños profesionales de su hija es una secuencia antológica, una conversación en la que está en juego la figura del padre, la del hijo y, sobre todo, el papel que juega en el ser humano el deseo como elemento articulador de toda su vida. Si ese padre no deseaba a la madre, si no había amor, la sola presencia de ese hijo le recuerda esa impotencia amorosa, mientras que, a través de la petición al padre, el hijo está exhibiendo su historia de amor que reconoció y vivió con la madre de su hija, y ese conocimiento amoroso es lo que envidia y exaspera a Bergman, lo que le afecta y probablemente el dolor y el odio que siente hacia su hijo.

Pero el cine de Sarabande representa muchas más cosas; por ejemplo, la vigencia insuperable de un cine que no pacta con distribuidores, exhibidores y demás señores del dinero, Bergman es definitivo, plantea los temas que inquietan al ser humano y, además, no los resuelve porque ―por mucho que le pese al cine norteamericano― no puede, ya que está lejos de su alcance. Esa sí que es una obra de dioses y no de hombres, ya que estos últimos han convertido la ciudad en un infierno de odios, intrigas, pecados, corrupciones y violencia. No puede haber finales felices, ―Bergman no se ve como el hada ignorante― y convertir en comedia lo que ha sido una trampa de reyes, papas y emperadores. El hombre ―nos muestra Bergman en todo su cine― no ama, posee y así mata el deseo, el hombre es capaz de meter en la cama a su hija llegado el caso y caiga quien caiga, el hombre huye desesperadamente de todos sus temas más esenciales, incluso cuando parece refugiarse en la soledad lo único que hace es aislarse para seguir odiando al otro. Los hombres no son dioses, no tienen nada y todo lo desean. Y ésa es la tragedia que ha construido, cosido y relatado un Bergman ―casi desde la habilidad de un verdadero amanuense― que se salva por lo que denuncia, por lo que dice, por lo que reconoce.

Probablemente se siga especulando sobre la vigencia de Bergman y de su cine pero el viejo Bergman ,que titula Sarabande [2] con toda su intención, da en la diana certeramente porque señala al hombre la clave de su angustia: la impotencia de escapar de lo real, lo que no se resuelve, retorna. Sarabande es una obra maestra, Bergman se ha vaciado en la que es sin duda su película póstuma, puede que su verdadero legado.

[1] Sólo habría que recordar Secretos de una matrimonio (1973) y Sonata de otoño (1978). [2] Sarabande, el cuarto movimiento de la Suite número 5 para violonchelo de Juan Sebastian Bach tuvo su origen en un baile antiguo y erótico prohibido en la Europa del pasado.

Artículo publicado en el número 5 de KANE 3 (febrero 2006)

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