Tras The Last Man on Earth (Ubaldo Ragona,1964), interpretada por Vincent Price y El último hombre.. vivo (Boris Sagal, 1971) con Charlton Heston a la cabeza del reparto, llega la tercera de las adaptaciones de la novela que Richard Matheson escribiera en 1954, I Am Legend, esta vez protagonizada por Will Smith.
Robert Neville es un brillante científico, que no ha podido impedir la expansión de un terrible virus imparable, incurable y creado por el hombre.
Neville, inmune a este virus, es ahora el último superviviente humano que queda en la ciudad de Nueva York y quizás en el mundo. Durante tres años ha enviado todos los días mensajes por radio, de forma desesperada para saber si podía encontrar otros supervivientes. Pero no está solo.
| Will Smith | Neville |
| Alice Braga | Anna |
| Dash Mihok | Alpha Male |
| Charlie Tahan | Ethan |
| Salli Richarson | Zoë |
| Willow Smith | Marley |
| Darrell Foster | Mike |
| Dirección | Francis Lawrence |
| Guión (basado en la novela de Richard Matheson) | Mark Protosevich, Akiva Goldsman |
| Producción | Akiva Goldsman, James Lassiter, David Heyman, Neal Moritz |
| Producción ejecutiva | Michael Tadross, Erwind Stoff, Dana Goldberg, Bruce Berman |
| Fotografía | Andrew Lesnie |
| Montaje | Wayne Wahrman |
| Música | James Newton Howard |

Con la imagen de la productora, escuchamos las voces de dos periodistas hablando de fútbol americano. Estamos en nuestro mundo, el que conocemos. Al acabar, los comentaristas dan paso a la imagen de una presentadora de telediario que entrevista a una científica sobre ciertos experimentos. El diálogo concluye así:
—"¿Han curado el cáncer?"
—(sonríe, calladamente emocionada) Sí.
Elipsis repentina: tres años después. Contemplamos imágenes varias de una Nueva York desolada: coches hundidos en el agua, vegetación que crece en el asfalto, calles vacías. No hay música, el sonido es ambiente: ni gente, ni coches, tanta placidez sonora como en un bosque.

Es una decisión simple, y contundente. Porque sitúa la mente del espectador en una normalidad que argumentalmente desaparece en tres años, pero en tiempo fílmico sólo en dos minutos, por lo que la cabeza sigue allí, donde aún había televisión y gente que habla (consecuentemente, Neville, protagonista de la película, siempre tiene la televisión encendida, con telediarios grabados). Con la elipsis, por tanto, se siente la violencia del acontecimiento de forma superior a como lo lograría mostrar la progresión de éste (que queda relegada a breves flashbacks que muestran lo sucedido con la familia de Neville, acompañando en su gravedad un declive emocional, por lo que su función no es meramente informativa y tiene una utilidad dramática distinta y mayor).
Pero este espacio apocalíptico tiene habitantes. En una sobria toma aérea, percibimos un coche recorriendo una calle. Pasamos a su interior. Primer plano de Robert Neville al volante, gesto serio y grave. No nos cuesta adivinar su soledad. Corte. Primer plano de su acompañante, sentado en el asiento de al lado: un perro. En esta construcción de dos primeros planos percibimos inmediatamente la importancia que este perro tiene para Neville. Por un lado, la irrupción de su rostro es tan chocante y agradecida en el contexto de esa ciudad vacía como la del propio Neville; por otro, los dos están filmados del mismo modo, en el mismo tipo de plano, idéntica composición, igual entidad. Y entonces Lawrence hace que el perro saque la cabeza por la ventanilla y el aire golpee su rostro, queda claro lo fundamental de su existencia en la película.
"Pasamos al sancionamiento de una América eterna que una vez más se pretende encarnación de la humanidad, y que sobrevive nuevamente gracias al sacrificio de un descreído que se redime"
En el camino del coche se cruzan ciervos. Neville los persigue intentando dispararles. Tiene que seguirlos a pie. Llega hacia uno pero una leona se le adelanta. Él apunta, pero el león y una cría aparecen cerca. Neville no quiere irse sin el ciervo, pero la situación es difícil. Ahora bien, el león no ruge, no amenaza, sólo se mueve lentamente; no hay música que nos diga "de qué va" la escena; Smith no enfatiza ningún gesto que dirija nuestra lectura, y desde luego no dice nada. El silencio no es sólo sonoro, sino en cierto modo también discursivo: Lawrence no dirige la escena hacia ninguna de sus posibilidades de lectura, sino que trata de mantenerlas todas a raya, cercanas, en una presencia mínima. Así, la escena puede hacer presente su propia tensión, tan patente en la del rostro del excelente Will Smith.

Soy leyenda destaca en este arranque como una agradable sorpresa, que en su desarrollo se diluye a pesar de su insistencia en mantenerse siempre a escala de la mirada de su protagonista y la búsqueda de la efectividad dramática antes que la espectacular. Falla con los infectados, nada materiales debido a su realización mediante técnicas digitales (y no es pertinente, pues no hablamos de espectros sino de cuerpos deformados por la enfermedad) y, sobre todo, en la conclusión, cuando descubrimos el porqué del título, frontalmente opuesto al de la novela: de aquella conclusión donde el protagonista, a través de una reconsideración del concepto de normalidad, descubre su propio carácter legendario en la imagen que de él lee en el rostro de una nueva sociedad que busca su destrucción, pasamos al sancionamiento de una América eterna que una vez más se pretende encarnación de la humanidad, y que sobrevive nuevamente gracias al sacrificio de un descreído que se redime. El apocalipsis fracasa de nuevo.
Por Rubén García
Enlaces relacionados¿Quieres recibir gratis nuestro boletín?
Crítica, tráiler, sinopsis, intérpretes, ficha técnica ... CINE y DVD
Ver todas las películas