A la comisaría de un pueblo perdido en el desierto han llegado dos agentes del FBI, Elizabeth Anderson (Julia Ormond) y Sam Hallaway (Bill Pullman), para interrogar a los testigos de una sangrienta carnicería en la carretera.
Existen tres testigos: una joven toxicómana que escapaba junto a su pareja tras robar a su camello, un agente de policía corrupto que patrullaba con su compañero y una niña que viajaba junto a su familia. Los tres evidenciarán la actuación de un grupo de peligrosos asesinos. Pero no todas las declaraciones se ajustan a la realidad.
David Lynch es el productor ejecutivo. Segunda película de Jennifer Lynch tras Boxing Helena de 1993.
| Julia Ormond | Elizabeth Anderson |
| Bill Pullman | Sam Hallaway |
| Ryan Simpkins | Stephanie |
| Pell James | Bobbi Prescott |
| Kent Harper | Jack Bennet |
| French Stewart | Jim Conrad |
| Dirección | Jennifer Lynch |
| Guión | Kent Harper y Jennifer Lynch |
| Producción Ejecutiva | David Lynch |
| Producción | Kent Harper, Marco Mehlitz y David Michaels |
| Fotografía | Peter Wunstorf |
| Montaje | Daryl K. Davis |
| Música | Todd Bryanton |
| Diseño de producción | Sara McCudden |

Jesús Palop
La friolera cifra de 15 años separa el primer trabajo de Jennifer Chambers Lynch de su más reciente película, Surveillance. Y es que tras la mala publicidad erigida en torno al polémico juicio establecido contra Kim Basinger, que rechazara el papel principal en la ópera prima tras haber emitido un contrato verbal con la productora, unido a una crítica más que debastadora- aunque quizá algo dividida ya que sería nominada al gran premio del jurado del Festival de Sundance, pero también galardonada con un razzie a la peor dirección- hicieron que Mi obsesión por Helena (Boxing Helena, 1993), se estrellara estrepitosamente en la taquilla.

No obstante el premio concedido en Sitges el pasado año a la Mejor Película por el presente trabajo, parece haber rehabilitado la carrera de esta realizadora - que ya se encuentra ultimando su nuevo proyecto: Hisss-, situada siempre a la sombra de su progenitor, David Lynch, tanto en los inicios de su carrera, como asistente de producción en la mítica Terciopelo azul (1986) e incluso como autora del libro El diario secreto de Laura Palmer (1990), publicado entre las dos primeras temporadas de la serie.
Con Surveillance, Lynch recupera ese lado insano del que ya hacía alarde en su debut, la injustamente vapuleada Mi obsesión por Helena, que si bien es verdad adolecía de los defectos de cualquier debutante, acusaba de un enorme magnetismo, dejando para la posteridad esa imagen de la bellísima Sherilyn Fenn bañándose en una fuente cual Venus de Milo para ser posteriormente, desmembrada.
"El auténtico logro de la cinta recae en su estructura: Lynch construye y deconstruye, avanza y retrocede en el espacio, estirando y acortando la línea temporal a su antojo, consiguiendo mantener así el suspense hasta llegar a su cénit, en la segunda mitad del film"

La nueva cinta sigue la investigación llevada a cabo por una pareja de agentes (Bill Pullman y Julia Ormond) al recoger el testimonio de tres supervivientes a una serie de sangrientos asesinatos que está asolando al país. La narración, que alterna constantes analepsis con sucesos a tiempo real, se basa en la detallada descripción de la tragedia, acaecida en una desierta carretera, a plena luz del día, a través de los tres testigos: un policía corrupto que patrullaba junto a su compañero deteniendo de manera poco ética a todo aquel que infringiera los límites de velocidad, una toxicómana que escapaba junto a su pareja tras robar a su camello y una niña que viajaba con su familia y a cuyo destino nunca llegó.
Los hechos se irán ofreciendo en pequeñas dosis, para proceder posteriormente a su reconstrucción, como si de piezas de un puzzle se tratara, hasta desembocar en el momento culmen del filme: la irrupción de la misteriosa furgoneta donde viajan los criminales- mostrada ya de manera onírica, casi fantasmal al inicio del film-, que dejará un reguero de sangre a su paso, originando la desgracia y el caos.

El auténtico logro de la cinta recae, por tanto, en su estructura: Lynch construye y deconstruye, avanza y retrocede en el espacio, estirando y acortando la línea temporal a su antojo, consiguiendo mantener así el suspense hasta llegar a su cénit, en la segunda mitad del film. La autora consigue así, mantener la atención del espectador, a pesar de que ya conoce el fatal destino de sus personajes.
No obstante, la película comienza a decaer en su último tramo, una vez que retoma la narración lineal, debido a la truculenta vuelta de tuerca ofrecida en el guión, firmado por la propia realizadora. A partir de este punto, la cinta comienza a perder fuelle, ocasionado quizá a raiz de unas forzadas interpretaciones y una poco convincente resolución que rompe con todo el bloque anterior, y en la que Lynch sustenta la totalidad de la obra. Esto termina mermando el conjunto, reduciéndolo incluso a la mera anécdota, algo de lo que la autora ya pecaba en su anterior cinta.

Sin embargo, nos quedamos con lo mejor: su cortante clímax, la enrarecida atmósfera -sello de familia-, una exquisita selección musical -de mejor gusto que la anterior, que recurría a éxitos comerciales de los 90, algo que unido a su realización, imprimía una estética de videoclip que no le beneficiaba en absoluto- que incluye un tema, Speed Roadster, compuesto por el propio David Lynch- también en tareas de producción ejecutiva-, y sobre todo el acertado punto de vista ofrecido desde la óptica infantil- interpretada por la dulce Ryan Simpkins, presente asimismo en la oscarizable Revolutionary Road (Sam Mendes, 2009)- pura inocencia a punto de ser contaminada por el veneno de la sociedad.
25/02/2009
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