Tres épocas, interpretadas por la misma pareja de actores, Shu Qi y Chan Chen. Un cuento que evoca la triple encarnación de un amor infinito...
1966, El tiempo del amor: Chen conoce a May, una chica que trabaja en los billares que él frecuenta. Cuando Chen obtiene un permiso del servicio militar ya no la encuentra, no se rendirá en su búsqueda...
1911, Dadaocheng: El tiempo de la libertad: Un joven deja embarazada a una cortesana. Su padre va a negociar su libertad, pero la madame pide una suma exorbitante. Otro cliente se entera de lo que ocurre y paga la diferencia.
2005, Taipei: El tiempo de la juventud: Jing, una cantante, es epiléptica y está perdiendo la visión del ojo derecho. Vive con otra mujer, Micky. Zhen es fotógrafo y vive con su novia, Blue. Jing y Zhen se enamoran.
| Shu Qi | May (1966), Cortesana (1911), Jing (2005) |
| Chang Chen | Chen (1966), Chang (1911), Zhen (2005) |
| Mei Fang | Anciana (1911) |
| Di Mei | Madre de May (1966), Madame (1911) |
| Liao Su Jen | Madame (1966), Madre de Jing (2005) |
| Dirección | Hou Hsiao Hsien |
| Guión | Chu Tien-Wen |
| Productor Ejecutivo y diseño de producción | Hwarng Wern-Ying |
| Fotografía | Mark Lee Ping-Bing |
| Sonido | Tu Duu-Chih |

Juan Zapater
Hou Hsiao-hsien no es un cineasta sencillo. Ni transparente. Ni académico. ¿O sí? Podría ser que lo que ahora vemos como una sombra reverberante de significados indescifrables no sea sino el gesto íntimo de un cineasta que trata de representar aquello que no se suele mostrar en el cine. Tal vez sea la crítica occidental, con Cannes como puerta de entrada, quien se ha empeñado una y otra vez en oscurecer al que es uno de los principales abanderados del cine taiwanés.

Pero por otra parte, ¿quiénes son los portavoces de esa cinematografía, la de Taiwán, mucho más apreciada fuera de su isla que entre sus propios compatriotas? La respuesta obvia es una; son un puñado de ilustres desconocidos. Ilustres para la profesión y la crítica, casi desconocidos para el gran público.
Son unos supervivientes que se forjaron en los años ochenta y que creyeron que entre la China comunista y el Japón ciberpunk, entre el Hong Kong de violentos saltimbanquis y la Corea sentimental que olía a nuevas libertades, debían prepararse para no desaparecer. A algunos, como Ang Lee, les convino huir a EE.UU. para seguir preguntándose desde el exilio por la figura del padre ausente a costa de cambiar permanentemente de géneros, épocas e incluso de tonos sin que por ello su personalidad se disolviera en el encargo. Otros como Edward Yang, fueron a América y volvieron a Taipei para sufrir la desconsideración de sus compatriotas y la perplejidad del mercado occidental que sigue celebrando como una joya insólita aquella película titulada Yi Yi. Otros como Tsai Ming-liang, se dedican a provocar la desbandada y la controversia con un interminable filme-río.
El caso de Hou Hsiao-hsien también parece singular. Respetado incluso por los que sistemáticamente desprecian el cine oriental, puesto en entredicho, por esa misma razón, por quienes saben —o creen que saben— mucho de ese cine de mirada oblicua y ecos lejanos, con mayor o menor fortuna ha ido llegando —sus películas— hasta nosotros bajo el signo de la diversidad.
Ante esa heterogeneidad, la primera cuestión que puede hacerse el espectador iniciado frente a la cita de Tiempos de amor, juventud y libertad (Three Times) es recurrente. ¿Qué Hou Hsiao-hsien se esconde bajo esa cifra del Tres? ¿El paciente narrador minimalista que disfrazado de falsa tradición nos contó la fábula titulada El maestro de marionetas? ¿O el orfebre de la modernidad china que sedujo a medio mundo con el ritmo hipnótico de Millennium Mambo?
Pero antes de despejar esta duda, recapitulemos sobre el origen de Tiempos de amor, juventud y libertad (Three Times) y sobre las repercusiones y respuestas que ésta ha merecido.
"Hay muchas maneras de poder leer y disfrutar con Three Times. Que cada cual aplique la que más le convenga. Pero todas desembocarán en ese gesto mínimo, conmovedor y solemne por el que Hou Hsiao-hsien trata de rescatar no los grandes hechos de la Historia sino el fundamento irracional e inexplicable que conforma aquello que permanece en el fondo de la memoria"

Como es habitual con el cine del lejano Oriente, las informaciones y las opiniones son diversas cuando no contradictorias. Mucho, tal vez demasiado, se ha especulado sobre el significado e intenciones de este filme que en realidad está conformado por tres incursiones en tres épocas distintas. Al parecer, en un primer momento se pensó abordar este proyecto como una experiencia compartida de esas que tanto gustan en Asia. O sea convocar a tres cineastas para alumbrar tres relatos atravesados en este caso, por un común denominador. En todos los casos se trata de escenificar una relación afectiva entre un hombre y una mujer en tres tiempos diferentes, 1911, 1966 y 2005. Diferentes avatares propiciaron que fuese finalmente el propio Hou Hsiao-hsien quien decidiera asumir él sólo las tres historias y lo hiciera con los mismos actores, lo que determina que su filme se adentre en una dimensión distinta.
Por eso mismo chirrían bastante algunas interpretaciones críticas de Three Times con las declaraciones, quizá algo frustrantes, del propio Hou Hsiao-hsien, quien parece empeñado en realzar la importancia del azar en su película. Así por ejemplo, el cineasta declara que el hecho de que el segundo episodio, el que transcurre en 1911, sea mudo obedece a la espúrea razón de que los actores no tuvieron tiempo de poder aprender el dialecto de la época. Pero ese episodio más que mudo, parece sordo, le han contestado algunas reseñas críticas molestas porque Hou Hsiao-hsien resuelve el filme con manifiesta arbitrariedad.

No obstante, arbitrariedad no significa falta de intención, ni ausencia de sentido. Y por ello mismo lo mejor que se puede hacer ante Three Times, es deletrear en voz alta lo que en esas tres historias se manifiesta. Para empezar, Hou Hsiao-hsien rompe el orden cronológico. El filme, siempre interpretado en sus dos principales personajes por Shu qi y Chang Chen, se abre con el relato que transcurre en 1966, tiempo al que el cineasta titula como "el del amor". Luego se da paso al episodio de 1911, titulado "el de la libertad", —resuelto con intertítulos como si se hubiera rodado en aquella época— y finalmente se culmina con el que acontece en 2005, el tiempo "de la juventud".
"Hou Hsiao-hsien trata de buscarse a sí mismo, no en las formas, artificios sujetos a la moda y a la historia, sino en la esencialidad de la mirada"
Nuevas aportaciones verbales del director taiwanés revelaron que al parecer, el período con el que se abre el filme está presidido por un cierto aire complaciente de autohomenaje a sí mismo y a los recuerdos de su juventud. Por otro lado, es evidente que el tercer tiempo enlaza directamente con el aquí inédito Reflections de Yao Hung-I, filme producido por el propio Hou Hsiao-hsien y del que se toman no pocos préstamos narrativos. Pero eso, la narratividad, es precisamente lo que pone en tela de juicio esta apasionante, irregular y desconcertante obra.
Three Times no habla de épocas ni de tiempos sino más bien de instantes, de recuerdos entrelazados en los que se conforman las grandes historias de amor. Su plasmación es diferente. Sus atmósferas también. Pero lo sustancial, el deseo y el verbo, el texto, permanece.

Por eso mismo se ha dado en decir que Three Times es un filme sobre la mirada, sobre la palabra escrita. La peculiaridad de la escritura china, algo que hace imposible que en Occidente lleguemos a penetrar a fondo en la esencialidad del haiku, articula la verdadera razón de ser de esta obra que se llena con toda la diversidad mostrada hasta la fecha por su realizador. Hou Hsiao-hsien, como relata John Berger a propósito de Jean Francois Millet, trata, —ya lo llevaba haciendo desde hace algún tiempo— de introducir una mirada nueva en las entrañas de una tradición antigua. La tradición no es otra que la de relatar la eterna historia del amor. La mirada se refiere a su ruptura con respecto al relato, entendido éste como una sucesión de acontecimientos lineales que se desarrolla a través del tiempo.
En estas tres piezas no hay otro valor que el del instante, ese fugaz momento en el que se enciende una relación que, en todos los casos, siempre aparece sustentada por la palabra escrita. Del pergamino a la carta y de ésta al e-mail, Hou Hsiao-hsien dibuja un correlato entre sus dos personajes, personajes zarandeados por los avatares de la Historia con mayúsculas pero ajenos a ella porque lo que importa, sin duda, lo que importa no depende del disfraz que en cada tiempo marca la cultura, la política y el poder.

Cineasta puro al fin y a la postre, Hou Hsiao-hsien no pierde la oportunidad de juguetear sin ambiciones transcendentes con las formas cinematográficas. Cada tiempo está mostrado a la manera de. Sin embargo esa adecuación histórica se mezcla con algunas trasgresiones de voluntario y evitable, si lo hubiera querido, anacronismo. Da la impresión de que quiere insistir en que él no es un restaurador del tiempo sino un cineasta que se toma la libertad necesaria para sobrevivir. Aún más, él se muestra como un autor que se complace en dinamitar los aparentes ropajes de la puesta en escena en donde aparentemente descansa la personalidad del autor. Hou Hsiao-hsien trata de buscarse a sí mismo, no en las formas, artificios sujetos a la moda y a la historia, sino en la esencialidad de la mirada. En ese gesto propio del Millet más rompedor, capaz de fijar su mirada en ese gesto fugaz de los espigadores justo cuando la tarde inicia su caída.
Se ha dicho al principio. Hay muchas maneras de poder leer y disfrutar con Three Times. Que cada cual aplique la que más le convenga. Pero todas desembocarán en ese gesto mínimo, conmovedor y solemne por el que Hou Hsiao-hsien trata de rescatar no los grandes hechos de la Historia sino el fundamento irracional e inexplicable que conforma aquello que permanece en el fondo de la memoria.
Crítica publicada en el número 10 de Kane 3 (julio-agosto 2006)
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