Todd Solondz: Emociones en el intermedio - cine | Kane 3

Todd Solondz: Emociones en el intermedio

O le quieres o le odias. Con él no funciona el vulgar "no me gusta su cine pero me parece un director interesante". Nada. La buscada ambigüedad de las películas de Todd Solondz (Newark, New Jersey, EEUU) -instantáneas a la vez bellas y espeluznantes de la realidad que más nos disgusta- sólo pueden despertar fascinación o rechazo. Y su nuevo trabajo no cambia las cosas. En Palíndromos, su película más compleja hasta la fecha, el cineasta vuelve a despertar la controversia con su visión del mundo como un lugar ambivalente: al mismo tiempo cómico y trágico, divertido y doloroso, confortable e incómodo. En una entrevista concedida durante el 43 Festival Internacional de cine de Gijón, donde se le dedicó una retrospectiva y un libro (Todd Solondz: En los suburbios de la felicidad, coordinado por Jordi Costa), el director de Happiness (1998) nos habló de Palíndromos y de esas cosillas que le han colgado la etiqueta de director polémico y más que raro.

Por Desirée de Fez. Fotografía: Palmira Escobar

—En tu último trabajo vuelves a cruzar la comedia delirante y la más terrible tragedia.

—Sí, llevo toda mi carrera buscando ese equilibrio. Y reconozco que es complicadísimo. Recuerdo que cuando estrené Bienvenidos a la casa de muñecas (1995), una parte del público se divirtió, otra se enfadó y otra se puso triste. Y yo hubiera preferido que todos los espectadores hubieran hecho las tres cosas a la vez. Básicamente porque deseo que mis películas se muevan en el terreno de la ambigüedad, que para mí es lo que hace que la vida sea interesante y emocionante. Hay gente que ante mis películas se pregunta: "¿Esto es divertido o no es divertido?". Y no se plantean que puede que sea las dos cosas a la vez.

—Pues Palíndromos está llena de situaciones ambiguas...

—Cierto. Por ejemplo cuando Aviva está sentada en la mesa de los Sunshine con todos los niños. Ahí hay mucho amor y mucho humor: los chavales ríen, se lo pasan bien. Es algo así como la Fiesta del té de Alicia en el País de las Maravillas. Pero, al mismo tiempo, esa secuencia tiene una tristeza soterrada. No hay que olvidar lo que le sucede a esos niños, todos con discapacidades físicas o psicológicas, y por qué están ahí. Ese fragmento nos hace reír, pero al mismo tiempo nos hiere. Sucede lo mismo con la secuencia en la que los niños cantan. Por un lado es divertido ver cómo disfrutan. Pero, por otro, si te paras a escuchar las letras de las canciones piensas: ¡Dios mío, qué están diciendo! Ante secuencias así, ves que el público no sabe muy bien cómo actuar, no sabe si tiene que reír o reprimir la risa.

—En realidad es una reacción razonable.

—¡Claro! ¡Y las hay peores! ¡Las reacciones del público son tan imprevisibles! Es muy extraño. Por ejemplo, a veces veo que algunos espectadores se ríen precisamente de las cosas que no hacen ninguna gracia. Y en esos momentos me doy cuenta de que todo se reduce a lo siguiente: si te ríes de mis personajes, si no ves que intento explicar algo a través de ellos, tenemos un problema. En la cita que Jordi Costa ha incluido al principio de su libro digo que "mis películas no son para todo el mundo. En especial, no son para la gente a la que le gustan mis películas". Y creo firmemente en ello desde que, tras un pase de Happiness (1998), se me acercó un chaval joven -iba un poco bebido, eso sí- y me dijo: "Adoro tu película, ¡la violación del niño es muy cool!". Entonces pensé: ¡Dios mío! ¡Es terrible! Me asusté muchísimo y me di cuenta de que me estaba moviendo en un terreno muy peligroso. El humor es un material delicadísimo, y hay que controlarlo mucho para que el espectador no pierda de vista lo que le están diciendo en realidad.

—Hay una serie de temas clave en tu filmografía (ignorancia dañina, fanatismo, pederastia...). Y tu discurso sobre ellos avanza en cada película. ¿Esa evolución es espontánea o buscada?

—Pues es una mezcla de ambas cosas. Depende de las conclusiones que extraiga del día a día, pero también es cierto que siempre he intentado ver las cosas desde todos los ángulos posibles y encontrar distintas maneras de hablar de ellas. Vivimos en tiempos de histeria y, por esa razón, es dificilísimo abordar según qué temas. Y creo que la mejor manera de hacerlo bien es observar las cosas con atención e intentar entenderlas... aunque no lo consigamos. Te pondré un ejemplo. Lo que yo sabía sobre la pederastia se ceñía a la visión que tenemos de ella en Estados Unidos o Europa. Pero en marzo estuve en Japón y, al ver lo común que es allí que niñas de 13 y 14 años se prostituyan con adultos al salir del colegio, me di cuenta de que se me escapaban muchas cosas. Para mí, como para el resto de nuestra sociedad, eso es inconcebible. Es terrible. Pero creo que es necesario que la gente sepa que existe, aunque le cueste creerlo.

—En este sentido, una de las relaciones más interesantes de Palíndromos es la de Aviva con el pedófilo.

—Sí, fíjate en la secuencia en la que están estirados en la cama. Es a la vez terrible y conmovedora. Por un lado, sabes que quieren estar juntos. Pero, por otro, piensas: ¡qué hace, pero si es una niña! Estoy muy contento con esa historia porque provoca la mezcla de emociones que siempre he perseguido.

—En tus películas, los personajes infantiles pasan por trances espeluznantes. ¿Cómo se convence a un padre para que deje a su hijo que intervenga en una película de Solondz?

—La verdad es que no intento convencer a nadie. Sé que los temas de mis filmes son muy delicados. Por eso, cuando hablo con los padres de los actores más jóvenes les describo los personajes con mucho detalle y les explico lo que quiero contar a partir de sus historias. Pero son ellos los que tienen que decidir. No tengo hijos, pero si los tuviese les dejaría salir en mis películas porque serían tratados con dignidad. Eso sí, nunca daría mi consentimiento para que actuaran en anuncios de Starbucks o McDonalds y esas compañías hicieran negocio con su imagen.

—Has contado en varias ocasiones que la decisión de moverte en arenas movedizas te ha puesto difícil conseguir dinero para tus películas. ¿Has barajado la posibilidad de alternar propuestas más personales con otras más asequibles y comerciales?

—Bueno, sé que las cosas me irían mejor así. De hecho, si cediera en algunas películas tal vez conseguiría con menos problemas el dinero para hacer las que realmente quiero. Pero, como no sé cuándo me voy a morir, prefiero seguir disfrutando de mi trabajo.

—En Palíndromos llevas al extremo los juegos con la estructura narrativa.

—Soy partidario de encontrar nuevas vías para contar una historia y ver cómo determinados recursos y estructuras la enriquecen. En Palíndromos, por ejemplo, la idea de contar con actores muy distintos para encarnar a Aviva, el personaje central, me daba pie a acentuar un par de ideas básicas de la película. La primera, la universalidad de las experiencias más intensas. La segunda, que los cambios físicos no son tan importantes porque nuestra identidad es inalterable como un palíndromo.

Palíndromos tiene aire de cuento. Incluso propones una secuencia de tono irreal y feérico, aquélla en la que Aviva -esta vez de aspecto infantil- desciende por el riachuelo.

—¡Cierto! Esa secuencia es un claro homenaje a La noche del cazador (1955), película que adoro y a la que hay muchas referencias en Palíndromos. De hecho, el personaje de Mama Sunshine (Debra Monk) es como el interpretado por Lillian Gish en el filme de Charles Laughton. ¡Exacto!

—Y es la primera vez que tanteas una atmósfera fantástica en una película.

—Sí, y quizá vuelva a hacerlo más adelante. Me apetecía mucho marcar una transición en la película. Quería conducir al público hacia un mundo distinto. Y para ello también era importante dar con la música adecuada. Hablé muchísimo con Nathan Larson, el compositor, para dar con el sonido ideal. Le propuse que pensara sobre todo en La semilla del diablo de Roman Polanski. Esa fue la principal referencia. Quería que la música fuese suave y tierna porque lo que cuenta Palíndromos ya es demasiado áspero y difícil de asimilar. De algún modo, la música tenía que reflejar el espíritu inocente de Aviva.

—¿Te gustaría rodar algo completamente distinto? ¿Qué tal una película de terror?

—Bueno... Mucha gente dice que mis películas son de terror... (Risas). Prefiero improvisar sobre la marcha... Pero, ¿por qué no?, soy un tipo de mentalidad abierta (risas).

Entrevista publicada en el número 4 de Kane3 (enero 2006)

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