El deporte perdió a un boxeador que era algo más que una promesa y quizá, también, a un buen portero de fútbol. A cambio, el mundo del espectáculo salió ganando, pues sin la personalidad irrepetible de Tony Leblanc, la historia del cine, el teatro y la televisión de la segunda mitad del siglo XX, en España, hubiera sido diferente, desde luego, pero, sobre todo, muchísimo menos divertida. Un número de KANE 3 dedicado al deporte se convierte, pues, en el mejor pretexto (caso de que ello fuera necesario) para repasar algunas de las más importantes páginas artísticas y deportivas de un hombre que convencido de que "la risa es, junto al amor, lo más importante de la vida", ha dedicado la suya a hacer reír a los demás, lo que bien mirado no deja de ser, además, un gesto de amor.
Por Francisco Moreno. Fotografías: Archivo personal de Tony Leblanc

—¿Cómo fue la carrera deportiva de Tony Leblanc?
—Yo practicaba simultáneamente el fútbol y el boxeo. En fútbol, jugué cuatro años en primera regional y uno en tercera división.
—¿En qué puesto jugaba?
—Jugaba de portero. Precisamente, jugando en el Chamberí, ascendimos de primera regional a tercera división gracias a un penalti que paré.
—¿Qué portero español le gusta en la actualidad?
—Hay muy buenos porteros en España, pero, para mí, como Iker Casillas ha habido y hay pocos.
—¿Y el boxeo?
—En el boxeo fui campeón amateur de Castilla en los pesos welter y llegué a disputar treinta y tantos combates como profesional.
—¿Por qué lo dejó?
—Por entonces, yo peleaba los sábados y jugaba con el Chamberí, ya en tercera división, los domingos. Un día me llamaron del sindicato y me enseñaron dos programas. En uno figuraba mi nombre, Tony, en la alineación del equipo. Y en el otro aparecía un tal Fernández Leblanc, que era mi nombre de boxeador. Tuve que admitir que era yo en los dos casos. Se rieron mucho, porque nunca habían oído hablar de nada parecido. Luego el presidente de la Federación me llamó y me dijeron que tenía que dejar una de las dos cosas, así que dejé el boxeo. De paso, le di una gran alegría a mis padres, hijo único como era.
—¿Cuáles eran sus características como boxeador?
—Como había sido bailarín, mi fuerte era el movimiento de piernas, tenía un desplazamiento muy bueno. Pero también pegaba muy bien y muy duro con la derecha. Hacía mucho daño y eso no me gustaba. Alguna vez que dejé KO al otro púgil, no pude disfrutar del triunfo porque estaba preocupado por mi rival. La verdad es que no tenía alma ni espíritu de boxeador.
—Luego fue promotor de veladas pugilísticas...
—El mejor promotor europeo que ha habido. Por lo menos, el único que organizó una velada en la que se disputaban dos campeonatos de Europa. Fue en el Palacio de los Deportes, allá por el año 1960. Y eso no se ha hecho nunca más en Europa.

—Lamentará entonces la actual decadencia de este deporte...
—Es verdad. El boxeo está en baja últimamente, y es una lástima, porque en España hemos tenido buenísimos boxeadores.
—También hizo una película de boxeo...
—Sí, El tigre de Chamberí, que gustó hasta tal punto que durante bastante tiempo la gente me llamaba por la calle "¡tigre, tigre!", aunque, en realidad, el papel del tigre lo hacía Peliche Ozores. Yo era su manager, un aprovechado que engañaba al pobre infeliz para que subiera al cuadrilátero.
(Para que Tony Leblanc se inventase un papel de boxeador, hubo que esperar algunos años hasta que, en televisión, surgió aquel Kid Tarao, que con sus famosas frases "¡Al Moreno lo mato!" y "Del gimnasio a la Casa de Campo y de la Casa de Campo al gimnasio" pasara a formar parte de la cultura popular de la época).
—¿Qué otros deportes le interesan?
—Sigo, sobre todo, el fútbol, y también el baloncesto y el atletismo. En general, soy un gran admirador de los deportistas. Nunca he sido admirador de las cosas que yo podía hacer sino de las que hacen los demás. Siempre he admirado las cosas que yo no podía hacer.
—Es curioso que hable de las cosas que no podía hacer, porque su trayectoria artística que, por un lado, le sitúa como actor en el cine más comercial de su tiempo, también está, por otra parte, llena de retos, de proyectos arriesgados. Tenemos, por ejemplo, el caso de las tres películas que dirigió a comienzos de los años sesenta...
—Que dirigí, que produje, que escribí, que interpreté y hasta compuse la música. No creo que haya muchos casos parecidos. En teatro ocurrió algo similar cuando, en el Eslava, de Madrid, presenté una obra, El pobre Jorge, que yo había escrito y en la que, además de dirigir, interpretaba al único personaje de la función.
—Volviendo a las películas que dirigió, ¿por qué no se ven nunca por televisión? Cine de barrio parece un programa ideal para ello...
—Dos de ellas, El pobre García y Los pedigüeños no aparecen en televisión porque están rodadas en blanco y negro. Es una pena, porque creo que Los pedigüeños es una de las mejores comedias que he hecho, junto con Los tramposos. Y también estoy contento con El pobre García, donde trabajaba con mi hijo Tony, que hacía el papel de niño paralítico. Lo he hablado con mi querida Carmen Sevilla, que también hizo unas preciosas películas en blanco y negro que no puede poner. Todo por no estar rodadas en color.

—¿Y la tercera película?
—Ésa fue Una isla con tomate, que sí la rodé en color. Me la han pedido, pero en este caso soy yo quien no quiere que la emitan. No tiene buen sonido, tuvo muchos problemas con la censura, que me hizo cambiar casi todo el argumento y, en definitiva, no salió como a mí me gustaba. Y si a mí no me gusta...
—¿De qué directores con los que trabajó guarda mejor recuerdo?
—De muchos. De tantos, que no debería decir ningún nombre. En fin, Pedro Lazaga, Rafael Gil, Antonio Román, Javier Aguirre, Iquino, tantos...
—¿Y de algún papel en especial?
—Siempre me ha gustado mucho el papel que hice en El hombre que se quiso matar, de Rafael Gil.
—Aquel era un personaje muy distinto al prototipo que le hizo famoso, el del chuleta castizo, embaucador y aprovechado...
—Pues sí. El personaje procedía de una novela de Wenceslao Fernández Flórez y tenía muchos tonos diferentes, muchos registros. Apreté mucho en aquella película. Creo que en 90 minutos nunca he tocado tantas facetas: de listo, de tonto, de desgraciado, de afortunado, de hombre que se quiere matar, de hombre que quiere vivir...
(A estas alturas, alguien puede pensar que Tony Leblanc se ha olvidado de sus personajes en la saga Torrente, que no solo determinaron su vuelta al cine después de más de 20 años de ausencia, sino también el aclamadísimo premio Goya por su trabajo en el primer título de la serie. Pero no. Los nombres de Torrente y de su creador, Santiago Segura, ya han aparecido en la entrevista, aunque sea ahora, cuando les demos protagonismo).

—A propósito de papeles diferentes, el de abuela de Torrente...
—Es uno de los más importantes y, quizá, de los más difíciles de toda mi carrera. Porque yo hice ahí de una auténtica abuela, de una mujer. A mí nunca me ha gustado travestirme en el cine, aunque alguna vez, como en Los subdesarrollados, donde mi personaje se disfrazaba de gitana coja en una secuencia, me haya vestido de mujer. En Torrente 3 debía, sin embargo, encarnar a una mujer de verdad. Esa era la dificultad.
—A ver qué inventa para usted Santiago Segura en el próximo filme...
—Sea lo que sea, la última película que haga será posiblemente Torrente 4, aunque seré ya muy viejito. Me han llamado de Italia y de Francia para hacer cine, pero no puedo desplazarme uno o dos meses a ningún sitio. Me gusta que Torrente sea el final de mi carrera. La crítica ha puesto muy mal a las tres películas y yo respeto la opinión de los críticos, pero creo que el mérito de Santiago Segura es grandioso. Ha conseguido conectar con el público, sobre todo con la gente joven, y aunque el personaje que representa es completamente negativo, el mensaje que dirige a los jóvenes es que no hay que ser como él. Tú ves las películas, te mondas de risa y aprendes una lección.
(Mientras tanto, Tony Leblanc volverá una temporada más a encarnar al entrañable Cervan de la serie Cuéntame cómo pasó. Un pequeño pero agradecido papel que deja, no obstante, con hambre a sus admiradores).
—No es mal colofón, en cualquier caso, para todo un pionero de la televisión...
—Y tan pionero. Como que conmigo, en los antiguos estudios del Paseo de la Habana, se hicieron las pruebas correspondientes antes de que hubiera televisión en España. Pruebas de luz, de sonido, de figura, etc. Esto no se conoce mucho. Y tampoco que, años más tarde, fui el elegido para las primeras pruebas de televisión en color.
—Lo que muchos recuerdan todavía son algunos de sus programas...
—Hice muchos... Gran parada, que yo mismo dirigía y que presentaba en directo, Cita con Tony Leblanc...
—De ahí surgieron más frases, además de las de Kid Tarao, que luego se hicieron inmensamente populares...
—Sí, tuvo mucho tirón aquello de "Lejía el Herrero, lava la señora, lava el caballero" y también la canción de Cristobalito Gazmoño, "Mi padre tiene un barco, mecachis en la mar".

—Pero el Tony amante del riesgo también tuvo su momento en televisión, en el famoso episodio de la manzana...
—Fue en el programa Martes, fiesta, que José María Íñigo presentaba en directo desde la sala de fiestas Florida Park. El reto consistía en hacer algo que no se hubiera hecho en televisión española ni en ninguna televisión del mundo. Yo salí al escenario con una funda de guitarra. Abrí la funda y saqué un plato, una manzana y un cuchillo. Pelé la manzana durante siete minutos, me la comí y me marché. Aquel fragmento ha quedado en la historia de la televisión, pero si alguna de las más de 500 personas que había entre el público hubiese simplemente gritado, mientras pelaba la manzana, "¡a que se la come!", me habría echado todo abajo. Yo miraba a la gente y les oía reír. La verdad es que temblaba por dentro y estaba empapado de sudor, pero supe sostener la situación hasta el final. Un corresponsal del Times, que estaba entre el público, me calificó de genio en su periódico.
(Tony Leblanc está orgulloso de ser madrileño, más aún de haber nacido en el interior del Museo del Prado, del que su padre era conserje: "Nací, concretamente, en la sala de los tapices de Goya, ¿se puede ser más castizo?". Del cariño de la gente, que el considera: "Sin duda alguna, el mejor de los premios". Y de haber hecho mucho teatro: "Porque en el teatro está la esencia del actor. Ahí no te puedes equivocar").
—¿Le quedó algún proyecto pendiente? ¿Algo que siempre quiso hacer y no pudo?
—No. De ser posible, me hubiera gustado mejorar algunas de las cosas que he hecho. Pero yo me enamoro de las cosas que hacen los demás, no de las mías.
—¿Y qué le parecen las cosas que, en el cine o la televisión, actualmente hacen los demás?
—Me gustan o no me gustan, pero no soy quien, ni tengo categoría, para permitirme juzgar. Me dediqué a esto para exponerme a las críticas, para que me juzguen los demás, no para juzgar yo. De todo lo que he hecho, el público tiene la última palabra. Lo próximo será un libro de poesía. Dicen varios poetas que lo conocen que gustará a la gente. Ya veremos.
—¿Cuándo saldrá ese libro?
—Aún tardará. Por lo menos un año. Quiero que tenga entre 60 y 80 poemas y, de momento, tengo 30 válidos, de los 60 que llevo escritos.
Artículo publicado en el número 9 de KANE 3 (junio 2006)
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