Tras la épica batalla librada en Transformers, Sam (Shia LaBeouf) ha conseguido devolver su vida a la normalidad, y ahora mismo, su mayor reto es adaptarse a la Universidad. Pero cuando todo parece ir bien (excepto la convivencia con su prepotente compañero de habitación Leo), Sam es asaltado por visiones de extraños símbolos.
Temiendo sufrir la misma demencia que amargó a su abuelo, Sam mantiene en secreto sus visiones, pero pronto volverá a verse inmerso en una gran batalla entre Autobots y Decepticons. Sin que Sam lo sepa, sólo él tiene la clave del resultado, y con la ayuda de sus amigos, sus compañeros de NEST e incluso de sus padres, Sam deberá aprender a aceptar la herencia de los Witwicky: ¡Sin sacrificio, no hay victoria!
| Shia LaBeouf | Sam Witwicky |
| Megan Fox | Mikaela Banes |
| Josh Duhamel | Capitán Lennox |
| Rainn Wilson | Profesor |
| John Turturro | Agente Simmons |
| Isabel Lucas | Alice |
| Dirección | Michael Bay |
| Guión | Ehren Kruger, Roberto Orci y Alex Kurtzman |
| Producción | Ian Bryce, Tom DeSanto, Lorenzo di Bonaventura y Don Murphy |
| Producción Ejecutiva | Michael Bay, Brian Goldner, Steven Spielberg y Mark Vahradian |
| Fotografía | Ben Seresin |
| Montaje | Roger Barton y Paul Rubell |
| Música | Steve Jablonsky |

Rubén García López
En la evolución del cine de acción a lo largo de las últimas décadas, sabido es, una de las cosas que más se ha acelerado es la velocidad: de las tramas, de los acontecimientos, finalmente de la puesta en escena misma: planos, montaje...

Transformers (Michael Bay, 2007) lo llevaba más allá: a los personajes. Los robots se transforman a enormes velocidades incluso en movimiento, en medio de frenéticas secuencias de acción. Frente a los juguetes, aquí no es posible seguir el recorrido de una rueda, una puerta o un foco. Los ojos necesitan un arduo esfuerzo para saber si en una pelea a uno de los robots le están arrancando una mandíbula o haciendo una llave en la rodilla. Los transformers ya no son juguetes hijos de los 80, sino criaturas visuales de una época cinematográfica muy diferente, donde las transformaciones (léase: el movimiento) se entienden como caos frenéticos que acontecen como un vértigo fascinador entre un principio y un final imprescindibles para que todo tenga al final un sentido.
Por otro lado, los robots son de metal, y, sin embargo nada menos presente en las dos películas de Michael Bay. El sonido de transformaciones y golpes es metálico, empero la imagen de lo que se mueve no. Ni siquiera la oportunidad que supone el viejo decepticon resucitado tras casi más de un siglo de oxidación es aprovechada para introducir algo de vida en ese metal. Al final, solo la voz (humana) y los valores morales (es decir, humanos) dan tal vida a estas máquinas que en su movimiento son meras masas caóticas de movimientos solo concretados gracias al diseño y montaje sonoro. Si las transformaciones son el espectáculo es por lograr una cristalización física de la caracterización actual de éste: indefinición, velocidad, caos, y perplejidad ante la exhibición orgullosa de un poderío tecnológico que lo es también económico.
"Los transformers ya no son juguetes hijos de los 80, sino criaturas visuales de una época cinematográfica muy diferente, donde las transformaciones (léase: el movimiento) se entienden como caos frenéticos que acontecen como un vértigo fascinador entre un principio y un final imprescindibles para que todo tenga al final un sentido"

Una de las grandes enseñanzas de Hollywood, sobre todo del moderno, es que el espectáculo no es gratis. Pocos lo muestran de forma tan radiante como Bay. Solo una crítica despolitizada puede llegar a la conclusión de que la acción, el espectáculo, son gratuitos. El frenesí móvil de los transformers es contingente, frente a una moral necesaria donde la raza humana debe ser protegida ante los peligros del exterior por los EE.UU. Antes aún: es contingente frente a la marmórea existencia del conflicto entre el Bien y el Mal, entre un Bien comprometido con la existencia y un Mal con la destrucción. El movimiento debe ser contrarrestado por una potente simplificación ética e ideológica. Los conflictos han de ser simples: ¿estás con nosotros o estás con ellos?
Evidentemente, hay justificación para el abuso de autoridad en Dos policías rebeldes 2 (M. Bay, 2003) o la defensa del uso de la violencia y la toma de poder por parte de los militares frente al estado en este segundo Transformers. Se trata de una justificación argumental, tejida convenientemente por un equipo de guionistas para que Will Smith no nos parezca un cerdo y nos resulte obvio que hay que destrozar pueblos cubanos, que no hay más remedio que hacerlo.

Pero sobre todo hay otra: una justificación espectacular, donde la diplomacia quiere decir que no va a haber tiros, y por tanto todos sabemos, en lo más profundo no ya solo de nuestros corazones, sino de nuestros sistemas nerviosos, que la diplomacia es imposible, que el lenguaje de las armas es necesario. Argumentalmente, todo es defendible. Pero el espectáculo no es gratis, en el fondo es muy serio. El movimiento frenético de los transformers, la corporeización del espectáculo, debe tener fin. Bumblebbed podrá servir para que Shia Laboeuf se ligue definitivamente a Megan Fox al decidir quedarse con él, convenientemente camuflado como flamante Camaro amarillo. Los decepticons se oxidan en el fondo del mar y los autobots trabajan con el ejército.
Esta nueva película lo volverá a poner todo en marcha, para que siga igual, no vaya a ser que la vida cambie algo. Poco añaden el amor o las viejas leyendas. No deja de ser este el sentido de ciertas secuelas: reproducir un idéntico mensaje en contextos distintos, mostrar que el mundo es siempre el mismo con las mismas reglas en todas partes, en todo tiempo. Mostrar un poder que llega a todo espacio, en todo momento.
23/06/2009
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