Tras finalizar su servicio militar en la armada, el joven Asa regresa a su lugar de nacimiento en la agreste estepa de Kazajistán. Allí viven su hermana mayor con su marido dedicados a la única ocupación posible en aquel lugar; los rebaños de ovejas. De ellos aprende que si quiere dedicarse al ganado, y tener su propia ganadería, va a tener que encontrar una mujer.
El problema es que las chicas solteras no abundan en la zona. Tulpan, la hija de otra familia de pastores, parece ser la única candidata posible, pero ella tiene otros planes. Quiere abandonar el campo para poder estudiar y encuentra la excusa perfecta para rechazar a Asa ante sus padres: tiene las orejas muy grandes.
Pero Asa no va a rendirse tan fácilmente. Con la ayuda de su amigo Boni se esforzará en demostrar a todo el mundo que puede ser un buen pastor y el mejor pretendiente para Tulpan.
| Askhat Kuchinchirekov | Asa |
| Tulepbergen Baisakalov | Boni |
| Samal Yeslyamova | Samal, hermana de Asa |
| Ondasyn Besikbasov | Ondas, Marido de Samal |
| Bereke Turganbayev | Beke |
| Dirección | Sergei Dvortsevoy |
| Guión | Sergei Dvortsevoy y Gennadi Ostrovsky |
| Producción | Karl Baumgartner y Thanassis Karathanos |
| Coproducción | Valerie Fischer, Bulat Galimgereyev, Raimond Goebel y Gulnara Sarsenova |
| Fotografía | Jolanta Dylewska |
| Montaje | Petar Markovic y Isabel Meier |

Francisco Algarín Navarro
Dvortsevoy es un cineasta que filma con una fuerza descomunal. ¿De dónde sale ese ímpetu con el que regisra los cuerpos, los torbellinos de polvo que se levantan en el aire, la línea del horizonte de la estepa, el rostro de los animales? La respuesta es indudable: de su trabajo como documentalista en Chlebnyy den (1998) o Highway (1999). De esos trabajos realizados en la segunda mitad de los años 90 que han supuesto un extraordinario proceso de aprendizaje que pretende culminarse en este primer film de ficción.

En Tulpan, asistimos a una serie de instantes donde el cine se revela como algo grandioso en su capacidad para registrar momentos singulares: el nacimiento literal de los animales. Dos fuerzas que se unen, la de la madre para hacer salir el cuerpo, la de la cría para ser expulsada y liberarse del interior del vientre de la madre. Algo pocas veces visto de ese modo, con esa vivacidad. Y sin embargo, hay algo que desconcierta en estas escenas, donde se hace explícito el paso de Dvortsevoy del documental a la ficción.
La primera pregunta que nos hacemos es la necesidad de que los pastores tengan que ayudar a las crías a salir del cuerpo de sus madres, hacerles el boca a boca para ayudarlas a nacer, como si las propias especies no fueran capaces de reproducirse de forma natural y autónoma. Entonces, observando la imagen, reflexionando a posteriori sobre ella, llegamos rápidamente a varias conclusiones. Primera, que el parto de esos animales se está desarrollando de forma natural y sin contratiempos. Con el paso a la ficción (y no estamos exigiendo ninguna pureza documental), Dvortsevoy no es un cineasta de la espera titánica. No es uno de esos hombres que se plantan con su cámara junto a cada animal esperando a que se produzca el parto y que esté presente algún tipo de contratiempo. Simplemente, es un parto como otro cualquiera donde los hombres que interpretan a los supuestos pastores "ayudan" a salir al animal.
"Lamentamos esa inclusión de Dvortsevoy en la vertiente de los cineastas que realzan el lado exótico de su país por ser demasiado autoconscientes del desconocimiento del mismo más allá de sus fronteras, el haber filmado a un animal que respira como si no pudiera respirar"

Esta "ayuda", que no es verdaderamente solicitada por el animal, es prestada como elemento de ficción, y se vuelve en ocasiones ciertamente obscena por la falta de delicadeza con en un momento tan íntimo y privado en el que se impone el artificio. Segunda: ver al animal que respira, supone admitir que no hay tampoco necesidad de practicarle el boca a boca, ya que de ser así el animal se ahogaría.
No es que hasta llegar a este punto no hayamos notado la presencia de la vertiente ficcional de una película como Tulpan, no son sólo estas imágenes las que nos proporcionan la certeza de la recreación ficcional, sino que simplemente son momentos donde la realidad queda asfixiada por el cálculo, por mucho que se trabaje sobre las pautas de lo inmediato.
Dvortsevoy no nos ha mentido hasta llegar a este momento, como tampoco ha tenido reparos de ningún tipo en mostrar la cara ficcional de su película desde el comienzo del film. Tampoco ha renunciado a buscar epatar con su público apelando al costumbrismo, al folklore, como dan buena cuenta todas esas canciones que se acumulan hasta el cansancio. Pero son estas imágenes del parto de los animales donde la película parecía cobrar más fuerza, más cercanía con la tierra y el polvo, y donde parecía verse mejor aquel aprendizaje del trabajo con lo no premeditado.

Es por ello que lamentamos tanto como los subrayados que se reiteran en el terreno de lo pintoresco (ese tulipán dibujado al final del film, esos adolescentes mirando recostados las revistas), tanto como esa inclusión de Dvortsevoy en la vertiente de los cineastas que realzan el lado exótico de su país por ser demasiado autoconscientes del desconocimiento del mismo más allá de sus fronteras, el haber filmado a un animal que respira como si no pudiera respirar. Unas imágenes que inspiraban y por sí mismas, que expiran ahora tras la asfixia.
05/12/2008
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