Un saxofonista, Fred Madison (Bill Pullman), recibe de un anónimo unas misteriosas cintas de video, en las que aparece con su mujer Renée (Patricia Arquette) dentro de su propia casa. En la última de ellas, que Fred ve a solas, observa cómo él se encuentra al lado su esposa muerta. Renée ha sido asesinada y la justicia culpará a Fred (que sosprechaba de la infidelidad de su mujer) del crimen, condenándole a muerte por asesinato.
Pete Dayton (Balthazar Getty) es un mecánico que sale de prisión y se reencuentra con sus padres y novia. Comienza una nueva vida. Sin embargo un día se enamora de la mujer equivocada, Alice (Patricia Arquette) la amante de Mr. Eddy (Robert Loggia).
Recuerden: "Dick Laurent está muerto".

Película del Pack Festival de Sitges 40º Aniversario.
La edición incluye además:
-Réquiem. El exorcismo de Micaela de Hans-Christian Schmid (2006).
-Avalon de Mamoru Oshii (2001)
-DVD adicional: Trilogía de cortos de César Velasco, el documental Pretty as a Picture de David Lynch y spots premiados del festival.
Audio: Inglés (V.O), castellano.
Subtítulos: Castellano.
Extras: Tráiler/Ficha artística/Ficha técnica/Filmografías destacadas.
Distribuidora: Cameo.
Fecha de lanzamiento: 10 de octubre 2007 (Venta).
Precio del Pack: 30€.
| Bill Pullman | Fred Madison |
| Patricia Arquette | Renee Madison / Alice Wakefield |
| Robert Loggia | Mr. Eddy / Dick Laurent |
| Robert Blake | Hombre misterioso |
| Richard Pryor | Arnie |
| Balthazar Getty | Peter Raymond Dayton |
| Dirección | David Lynch |
| Guión | David Lynch, Barry Gifford |
| Producción | Deepak Nayar, Tom Sternberg, Mary Sweeney |
| Música | Angelo Badalamenti |
| Fotografía | Peter Deming |
| Montaje | Mary Sweeney |
| Vestuario | Patricia Norris |

Ramón Monedero
Abordar la obra de David Lynch, en general o en particular, suele resultar un aprieto. El cine de Lynch es como un cuadro abstracto, donde la dramaturgia del relato tradicional se torna un mal necesario como diría el bueno de Alfred Hitchock. David Lynch, pese a las dificultades financieras en las que se ha visto inmerso a la hora de sacar adelante alguna de sus insólitas películas y pese a los tira y afloja con los que ha tenido que lidiar en no pocas ocasiones con un buen numero de productores, Lynch es un cineasta con suerte. David Lynch se puede permitir el tremendo lujo de ignorar eso que se ha venido a llamar concesión a la taquilla. Es más, Lynch puede afirmar sin temor a equivocarse que goza de un público incondicional que le pide precisamente eso, que no haga caso del resto del mundo y que siga explorando su particular forma de entender el mundo. Y es que, a David Lynch le preocupa muy poco si el relato que tiene entre manos tiene algún cabo suelto o no, porque de hecho, si no es así, será el propio director de Corazón salvaje (Wild at Heart, 1990) quien lo suelte voluntariamente.

El cine de Lynch es mejor no verlo, siempre será preferible contemplarlo, porque en caso contrario, resulta ciertamente imposible mantener una relación, una conexión entre obra y espectador para que en última instancia, se haga posible ese milagro al que llamamos arte.
Esto último es una cuestión de primer orden también a la hora de hablar de David Lynch. Y lo es porque Lynch es uno de esos extraños cineastas que considera lo que hace detrás de una cámara de cine como un arte. Sí, ya sé que a día de hoy hasta Britney Spears va por ahí diciendo que es una artista, pero pongámonos serios con el señor Lynch. El director de Dune (1984) es uno de esos cineastas que encuentra su foco de inspiración no tanto en el cine (reconoce haber recibido influencias de muy pocos directores aunque siempre tenga en la boca nombres tan dispares como Stanely Kubrick o Federico Fellini) como en la pintura, su verdadera pasión y el camino a través del cual, llegó al cine.
Por todo esto, y por otro buen montón de cosas más, David Lynch no es un cineasta de retratos, ni de miradas, Lynch no nos propone una visión del mundo, ni si quiera una interpretación. El cine de David Lynch parece estar más encauzado a exponernos ideas y sensaciones que han sido percibidas por su autor. Un conjunto de experiencias íntimamente ligadas al mundo real, pero que Lynch nos ofrece con malicioso ingenio a través de una visión que obvia el mismo acto de contemplar -lo que implicaría un contacto directo con la realidad- y pasa directamente a la sensación que nos produce esa realidad.

Hemos dicho antes que David Lynch es un tipo afortunado. Se dio a conocer al mundo haciendo la película que le dio la real gana, Eraserhead (Cabeza borradora, 1976), un proyecto en el fondo, disparatado, que Lynch supervisó personalmente hasta el último detalle convirtiendo el rodaje en una pesadilla de más de dos años de trabajo. Tuvo la agilidad mental de contener sus pretensiones artísticas y acceder al complicado encargo que suponía dirigir una película como El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), no lo olvidemos, una producción de Mel Brooks.
Tuvo también la valentía de zambullirse en un proyecto imposible auspiciado por el legendario productor Dino de Laurentiis titulado Dune (1984), basado en la complejísima novela de Frank Herbet. Y fue a partir de entonces, cuando la suerte le sonrió verdaderamente a David Lynch. Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) causó sensación en la crítica de todo el mundo, Corazón salvaje no sólo recibió la Palma de Oro en Cannes sino que además se convirtió en todo un símbolo de la juventud y con la serie Twin Peaks (1990-1991) ganó el resto y pudo pasear por el limbo de los creadores independientes y con éxito.
"Carretera perdida, como ha sido el caso de películas como Cabeza borradora o Inland Empire transcurre en la cabeza de su protagonista Fred Madison (Bill Pullman)"

No es de extrañar por tanto que David Lynch abordará un proyecto como Carretera perdida (Lost Highway, 1996) con total seguridad sobre sí mismo, y tal vez también por esta razón, es posible que la película en cuestión sea la que inicie una nueva etapa en la carrera de Lynch, en la que parece que el público y la crítica tienen la sensación de que ya han saldado, sobradamente, las deudas con el director. Sí, David Lynch sigue gozando como hemos apuntado líneas arriba de un buen número de seguidores, pero ya es otra cosa. Ya no encabeza la rebeldía, ni sus películas arrasan en los festivales, ni al propio Lynch le interesa abdicar ante un productor y ponerse a filmar un proyecto ajeno. A partir de Carretera perdida las cosas cambiaron.
La obra de David Lynch se asemeja mucho a la de un cuadro abstracto. Tal vez por esta razón puede coger elementos del cine de negro, incluso del cine de terror, como ocurre en Carretera perdida sin que el resultado final tenga nada que ver con el film noir o el fantástico. Porque Carretera perdida, como ha sido el caso de películas como Cabeza borradora o Inland Empire transcurre en la cabeza de su protagonista Fred Madison (Bill Pulman). Este recurso le da bastante cancha a David Lynch para poder pergeñar prácticamente casi cualquier cosa que le venga a la cabeza si bien en Carretera perdida, nunca pierde de vista la realidad, conservando así una inquietante conexión entre el extraño universo en el que nos hemos visto abocados y la mera cotidianidad.

Carretera perdida, así como buena parte de la filmografía de Lynch, es un film que pretende (y consigue) provocar ante todo reacciones, sensaciones, estímulos básicos que el director de Cabeza borradora articula en función, de la imagen, de los sonidos y también de los -numerosos- silencios. En Carretera perdida no hay grandes cosas que decir -aunque si que comunicar, que son dos cosas que no tienen porque ir siempre ligadas- por eso, sobre todo en su primera parte, los diálogos son escasos. Lynch es muy poco amante de decir las cosas tal cual son y prefiere que sea el público, el que se zambulla en su obra y rescate sus propias conclusiones (aunque é tenga la suya).
Por esta razón, como en un cuadro abstracto, en la obra de Lynch en general, y en Carretera perdida en particular, conviene tomar distancia y adquirir así perspectiva en relación a lo que estamos viendo. Olvidarse de los pequeños detalles y centrarse en el conjunto de la obra. Es entonces, cuando podemos empezar a ver algo.
Carretera perdida arranca con una mente distorsionada a través de la cual contemplamos una realidad extrañamente siniestra. No hay nada en el mundo que rodea a Fred Madison estrictamente ingrato pero a sus ojos y por extensión, ante los ojos del espectador, algo no termina de encajar. Carretera perdida muy bien podría tratar sobre una identidad que convive en dos realidades distintas. El entorno, el pasado y hasta los motivos de dos personajes parecen estar inexplicablemente vinculados a través de un suceso violento, una sangrienta acción que dará pie a una conexión -cósmica tal vez- que une, no sabemos si a dos personajes o a dos identidades bajo un mismo carácter.

De lo que no parece haber duda -aún asumiendo que decir esto sobre un film de David Lynch es a todas luces una temeridad-es que existe una conexión entre ambos personajes y es más, una misma personificación de determinados demonios interiores que en Carretera perdida toma forma en el inquietante rostro de un hombre misterioso (Robert Blake), un extraño personaje que acosará con sutileza la ya de por si maltrecha mente de Fred y que reaparecerá con inquietante oportunismo también por la vida de Meter Raymond (Baltathar Getty). De hecho, puede que sea ese mismo hombre misterioso el verdadero quid de la cuestión en Carretera perdida, y que el meollo de la cuestión resida en los maliciosos juegos de un demonio que se divierte a sus anchas con dos identidades, que por un capricho del destino, comparten un mismo temor, un mismo sentimiento de culpa, un mismo diablo. Aventurarse mucho más en Carretera perdida es una empresa arriesgada donde las haya.
De todos modos, hay otra imagen que vale la pena retener y sobre la que considero necesario meditar, y es la propia carretera que da título a la película, la propia carretera con la que empieza y termina el film. Una carretera tan perdida, probablemente, como la propia vida de Fred/Peter, como su propia sensación de realidad y por su puesto, como su propia identidad. Como en un cuadro abstracto, la imagen de esa carretera envuelta en una intensa oscuridad parece hablarnos de una frágil línea vital que discurre entre sus límites. Completamente perdida y desorientada, nadie sabe que puede habitar más allá de donde ilumina la luz. Nadie, salvo David Lynch.

Tres insólitos cortometrajes nos dan la bienvenida a este disco de extras. Kinky Hoodoo Voodoo, La costra láctea y Avant pétalos grillados. Son tres trabajos cortados por el mismo patrón, dirigidos por el cortometrajista César Velasco Broca, rodados en riguroso blanco y negro y donde el hilo argumental está más disuelto en sus propuestas estéticas que en lo que comúnmente conocemos como dramaturgia. Cortometrajes de profunda conciencia de ciencia ficción sin complejos consecuencia de influencias tan dispares como Roger Corman, Herman Hoffman, William Cameron Menzies o Geroge Pal aunque con el regusto por la turbulencia narrativa de un David Lynch de bajo presupuesto.
Y precisamente sobre David Lynch es el documental estrella del pack. Con la excusa de Carretera perdida, el espectador tiene una nueva -y siempre agradecida- oportunidad de penetrar en los dominios de la mente de David Lynch. A través de este documental reviviremos el tormentoso rodaje de Cabeza borradora, seremos testigos de la primera impresión que Lynch causó sobre Mel Brooks, productor de El hombre elefante y sobre todo, compartiremos algunos de los secretos más inesperados del rodaje de Carretera perdida. Contemplaremos cómo Lynch se involucra hasta en la última fase del proceso creativo de un largometraje, con una especial atención a la composición de la banda sonora, mano a mano con su imprescindible Angelo Badalamenti.

Pero sobre todo, podremos atisbar el origen de las inspiraciones de ese insólito mundo que brota de la cabeza de David Lynch; su pasión por la pintura y la fotografía y alguna que otra divertida anécdota derivada de su particular instrumental a la hora de concebir una obra de arte sobre un lienzo. Pero tal vez lo más interesante de este documental sea el poder contemplar a un David Lynch ya mayor, un hombre de cierta edad (61 años), que ya no anda con la vitalidad de antaño, que asume su papel de artista con orgullo y resignación a la vez, que de algún modo es consciente, con toda humildad en todo momento, de que su nombre, aguantará con casi total seguridad, el paso de los años.
El DVD de extras también nos obsequia con una entrevista con Hans-Christian Schmid, director de la espléndida Réquiem. El exorcismo de Micaela, donde se nos aportan algunas claves tremendamente interesantes sobre su película. También se incluyen en el DVD de extras los spot publicitarios del Festival de Sitges desde el año 2002, una oportunidad única para descubrir el ingenio de algunos publicistas y de cómo, el cine de David Lynch, una película como Tiburón o el cine fantástico en general, puede dar pie a pequeñas joyas de 20 segundos tan imaginativas, inquietantes y hasta divertidas como la mejor de las películas.
10/10/2007
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