Ann (Naomi Watts), George (Tim Roth) y su hijo Georgia comienzan sus vacaciones en su casa de verano. Los vecinos, Fred y Eva, les esperan para jugar al golf al día siguiente. Es un día perfecto. Mientras Ann prepara la cena, su marido y su hijo están ocupados con el barco de vela. De repente, Ann se encuentra cara a cara con Peter (Brady Corbet), un joven educado e invitado de sus vecinos, que ha venido a pedir unos huevos porque a Eva se le han acabado.
Ann está a punto de darle a Peter los huevos, pero tiene dudas. ¿Cómo ha entrado en su propiedad? Peter explica que hay un agujero en la valla - se lo enseñó Fred.
Desde el principio las cosas parecen extrañas.
Pronto, estalla la violencia.

Audio: Inglés (V.O), español y francés.
Subtítulos: Español, inglés y francés.
EXTRAS:
-Entrevista con el director y productores.
-Tráiler.
Distribuidora: Warner Home Video.
Fecha de lanzamiento: 25 de noviembre 2008.
Precio: 18,00€.
| Naomi Watts | Ann |
| Tim Roth | George |
| Michael Pitt | Paul |
| Brady Corbet | Peter |
| Devon Gearhart | Georgie |
| Boyd Gaines | Fred |
| Siobhan Fallon Hogan | Betsy |
| Robert LuPone | Robert |
| Dirección y guión | Michael Haneke |
| Producción | Chris Coen, Hamish McAlpine, Hengameh Panahi, Christian Baute y Andro Steinborn |
| Producción Ejecutiva | Naomi Watts, Philippe Aigle, Carole Siller y Douglas Steiner |
| Co-producción | Andrea Occhipinti, Rene Bastian, Linda Moran, Adam Brightman y Jonathan Schwartz |
| Fotografía | Darius Khondji, AFC, ASC |
| Diseño de producción | Kevin Thompson |
| Montaje | Monika Willi, A.E.A. |

Analizar una película idéntica a otra pretérita no sólo es complicado sino que puede resultar banal. Cuando Gus Van Sant estrenó su remake de Psicosis (Alfred Hitchcok, 1960) casi treinta años después, además de cambiar a los actores también había introducido variaciones en diálogos y algunos planos; además, la distancia temporal hacía pertinente un análisis directo sobre una creación contemplada como "nueva".

El caso de Funny Games (Michael Haneke, 1997) y su traducción al inglés con título homónimo y nuevos intérpretes es un tanto diferente. Su estudio puede ser preciso e interesante, pero no sé si realmente las aportaciones del nuevo filme pueden sustituir a las controversias que suscitó el original hace una década. Porque quizá las reflexiones apuntadas sean, igual que sus imágenes, exactamente las mismas.
El mensaje empieza en el título: "juegos divertidos", sin duda toda una declaración de intenciones. Pero lo que sigue a continuación es más bien macabro: dos jóvenes se lo pasan de vicio torturando y asesinando a los tres miembros de una familia burguesa en su retirada y bucólica casa de veraneo. Haneke se entretiene en el daño psicológico y la película nace en el suspense y serpentea con firmeza hacia lo enfermizo, desembocando en un sadismo extremo y autorreflexivo.
"Ahora, diez años después, comprobamos que Michael Haneke tenía razón en su distopía, que nada ha cambiado para mejor. Que las estrategias reproductivas de la publicidad continúan engañándonos, que la vanidad de muchos action films ha madurado, que el aparato se ha disfrazado aún más de vino y rosas, que el mundo está sediento y borracho de sangre"

Diez años después y con unas interpretaciones tan miméticas que ni tan siquiera Naomi Watts (una pedazo de actriz, y ya quedan pocas) consigue darle personalidad alguna, la nueva Funny Games lo único que hace es certificar el fracaso del cine para cambiar la realidad. El problema empieza cuando, en plena era digital, tienes que estrenar en inglés y contar con el apoyo de una gran estrella para que alguien vea tu película. Para que tenga resonancia, como se suele decir en estos tiempos de barullo mediático y opciones culturales inabarcables.
Y aún con el eco comunicacional a tus espaldas, tienes que contar también con espectadores a la medida del peso intelectual de las ideas que tratas de sintetizar. Las palabras de Haneke al respecto suenan menos a visionario que a escéptico y sus reflexiones nos aburren porque, desde que empezó a hacer cine, son las mismas. Igual que las imágenes de las dos películas, sin desenterrar los demonios interiores de la clase media Haneke trata, antes que nada, su indefensión ante el peligro externo, ante lo diferente.
Un mundo burgués desasistido porque los verdugos juegan sin reglas, sin condicionamientos morales, sin represiones. Además para ellos todo vale: manejan la realidad a su antojo y son capaces no sólo de poner a su merced a un hombre musculoso con un golpe certero; por si fuera poco, también controlan el continuo temporal. El director se abandona a sus criaturas por entero y les confiere poderes demiúrgicos en su festival de aflicción y sangre sin sentimientos.

Michael Haneke pone al espectador en una tesitura desagradable esperando que sepa distinguir entre la violencia presentada y las estrategias utilizadas por los villanos de la función para llevar a cabo sus grotescas hazañas. El crimen, en este caso, puede dejar de significar en sí mismo cuando un mecanismo de acción-reacción nos provoca una angustia tal que ya no condenamos la violencia. La televisión le ha ganado la partida a la verdad, dice Haneke, mientras los espectadores/televidentes/navegantes del ciberespacio se han vuelto unos hipócritas sin saberlo.
Por eso Funny Games es (era) tan importante. Ahora, diez años después, comprobamos que el cineasta tenía razón en su distopía, que nada ha cambiado para mejor. Que las estrategias reproductivas de la publicidad continúan engañándonos, que la vanidad de muchos action films ha madurado, que el aparato se ha disfrazado aún más de vino y rosas, que el mundo está sediento y borracho de sangre.
Marcos Méndez
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