Un viejo cine está a punto de cerrar sus puertas para siempre y proyeca por última vez la película de 1966, Dragon Gate Inn de King Hu.
Entre los espectadores encontramos a Shih Chun Y Miao Tien, que protagonizaron la película 40 años antes, personajes que buscan sexo en la oscuridad, dos empleados que se buscan y nunca se encuentran...
Este film forma parte del Pack Baff editado por Avalon que incluye, además, estas películas: Syndromes and a Century(Apichatpong Weerasethakul), Love will Tear us Apart (Nelson Yu Lik-wai), Shara (Naomi Kawase), After Life (Hirokazu Koreeda) y The Taste of Tea (Katsuhito Ishii).

Pack Baff: After Life (Hirokazu Koreeda), Love will Tear us Apart (Nelson Yu Lik-wai), Goodbye, Dragon Inn (Tsai Ming-Liang), Shara (Naomi Kawase), The Taste of Tea (Katsuhito Ishii) y Syndromes and a Century (Apichatpong Weerasethakul).
Audio: Taiwanés.
Subtítulos: Castellano.
EXTRAS: Tráiler.
Distribuidora: Avalon.
Fecha de lanzamiento: 25 de abril 2008.
Precio Pack BAFF: 45,00€.
| Kang-sheng Lee | Proyeccionista |
| Shiang-chyi Chen | Taquillera |
| Kiyonobu Mitamura | Turista japonés |
| Miao Tien | Miao Tien |
| Shih Chun | Shih Chun |
| Dirección y guión | Tsai Ming-liang |
| Producción | Hung-Chih Liang y Vincent Wang |
| Fotografía | Ben-Bong Liao |
| Montaje | Sheng-Chang Chen |

Francisco Algarín Navarro
En Ni na bian ji dian (¿Qué hora es?, 2001) de Tsai Ming-liang, el joven Hsiao-Kang ve en la pantalla de un televisor Les quatre cents coups (Los cuatrocientos golpes, 1959) de François Truffaut. La pantalla de televisión destaca como único elemento luminoso en la oscura habitación. Tsai filma esta pantalla como si se tratara de la pantalla de una sala de cine en miniatura, plantando la cámara estableciendo un eje oblicuo con respecto a la pantalla, evitando toda frontalidad. Poco después, cuando Hsiao-Kang visite la sala de cine, la encontrará prácticamente vacía, con la única presencia del hombre que le espera en los baños buscando el encuentro sexual fortuito.

En estos dos planos Tsai Ming-liang ha expresado a la perfección el estado del cine contemporáneo y la transposición del lugar de recepción de las películas. La sala de cine ahora es el espacio perfecto para los escapes de la libido en zonas oscuras y solitarias donde la identidad permanece intacta. El cine se consume en las camas y el sexo se practica en los coches. Pero en el fuera de campo, se esconde la otra gran idea, precedente directa de esta gran Bu san (Goodbye Dragon Inn, 2003), la de la consecuencia de esa transposición: las películas que se proyectan en esas salas han quedado reducidas a una concepción tan fantasmal como aquella a la que se refería André Bazin cuando hablaba del poder del cine en analogía al Egipto faraónico: el embalsamaje.
La sala del cine en que se proyecta la película taiwanesa Long men ke zhen (Dragon Gate Inn, 1966) de King Hu, se encuentra completamente desierta y se habla del lugar como un cine encantado. No se trata ya sólo de celuloide fantasmal, sino que todos los seres que transiten los pasillos y las butacas de ese cine son espectros. Como si de alguna forma, la mera asistencia funcionase como un viaje al pasado, llevado a cabo gracias al esplendor de las imágenes, el color, el sonido y la música. Como si la entrada al lugar supusiera el atrapamiento de esos seres, el anclaje a otro tiempo que nada tiene que ver con el presente.
"No nos encontramos ante un canto fúnebre por la extinción del cine clásico, nos encontramos ante una puerta abierta a la esperanza, esa que se encuentra justo debajo de la pantalla iluminando la sala. No es la muerte del cine, sino la negación de lo fúnebre"

Pero el conflicto no está meditado en torno al lamento y la nostalgia, hay algo más. La lluvia acompañada de la canción con la que concluye la película, en la que el nieto y el abuelo abandonan el cine como si se tratase de la última vez, nos hacen pensar en la despedida a la que nos remite el título. Formalmente, se trasciende esa nostalgia del cineasta mirando a su adolescencia, mediante el plano y el contraplano. Goodbye Dragon Inn no es otra cosa que puro presente: mientras las imágenes siguen desplazándose en la pantalla, su contraplano muestra las miradas perdidas en la oscuridad, capturando el efecto contrario al que provocaba el cine en los ojos de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice: el aburrimiento.
No nos equivoquemos, no nos encontramos ante un canto fúnebre por la extinción del cine clásico, nos encontramos ante una puerta abierta a la esperanza, esa que se encuentra justo debajo de la pantalla iluminando la sala. No es la muerte del cine, sino la negación de lo fúnebre cuya muestra es esta película: el cine debe transitar otros caminos y mirar hacia otra dirección. El cine, en Goodbye Dragon Inn, está más vivo que nunca. Para el niño, es su primera vez. Para el abuelo, quizá la última.

Y como suele suceder en el cine de Tsai Ming-liang, el método no es otro que la construcción de grandes bloques temporales y su relación con los espacios: tan fundamental es lo que sucede dentro como fuera del encuadre. La realidad, lo azaroso, surge como un milagro gracias a esa extensión temporal: un gesto, una mirada, el movimiento de los cuerpos. ¿No será más apropiado hablar de secuencias que de planos entonces en el cine de Tsai Ming-liang?
En el año 2006, Lisandro Alonso reunió a los protagonistas de sus dos primeros films, La libertad (2001) y Los muertos (2004) en el Teatro San Martín de Buenos Aires para la película Fantasma. Esos dos hombres, Misael Saavedra y Argentino Vargas, hombres de campo, se movían por los espacios desérticos del teatro convertido en cine hoy en día, como verdaderos fantasmas, precisamente por el choque que producían esos lugares cerrados en su forma de comportarse. Así, la película de Alonso era concebida como un homenaje a la de Tsai Ming-liang, con la pequeña diferencia de que si ambos registran la ausencia en los espacios del saber en su nueva condición espectral, en la película de Tsai Ming-liang el tiempo parece haberse detenido por unos instantes.

La lluvia, impide al final de Goodbye Dragon Inn contemplar la calle con nitidez, creando un espacio abstracto que no termina de producir una completa vuelta al presente a la salida del cine, lo que queda personificado en la figura del abuelo. Desde que entramos al cine, viajamos a lo que ahora se ha convertido en un no-lugar sin tiempo, donde los trabajadores, como el proyeccionista que interpreta esta vez Lee Kang-sheng, han quedado atrapados como en una tela de araña.
25/04/2008
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