La Aventura (L´avventura) - crítica | Cine Kane 3

La Aventura

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Sinopsis

Durante un viaje de placer en barco a las islas Lípari, una joven rica, Anna (Léa Massari), desaparece. En el viaje le acompañan su novio Sandro (Gabriele Ferzetti) y su mejor amiga Claudia (Monica Vitti), que tratan de buscarla desesperadamente sin éxito. Durante la búsqueda de Anna, Sandro y Claudia sentirán una fuerte atracción.

Título fundamental en la filmografía del recientemente fallecido Michelangelo Antonioni y obra cumbre del cine italiano. La aventura es el primer capítulo de la trilogía (La noche y El eclipse) que lanzó a Antonioni a la fama internacional y que supuso el encuentro con Monica Vitti, su actriz fetiche.

Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1960.

  • País:Italia/Francia
  • Año:1960
  • Duración:2h.10min.
  • Titulo original:L´avventura
  • Distribuidora:Avalon

Características del DVD

Audio: Italiano. Subtítulos: Castellano.

EXTRAS:

-Documental sobre Michelangelo Antonioni (55min).

-Cortometraje La mirada de Michelangelo (15 min), dirigido por Antonioni.

-Filmografías seleccionadas.

Distribuidora: Avalon.

Fecha de lanzamiento: 7 de diciembre 2007.

Precio: 17,95€.

Intérpretes

Gabriele Ferzetti Sandro
Monica Vitti Claudia
Lea Massari Anna
Dominique Blanchar Giulia
Renzo Ricci Padre de Anna
James Addams Corrado
Dorothy De Poliolo Gloria Perkins

Ficha Técnica

Dirección Michelangelo Antonioni
Guión Michelangelo Antonioni, Elio Bartolini y Tonino Guerra
Producción Cino del Duca, Raymond Hakim, Robert Hakim, Amato Pennasilico y Luciano Perugia
Fotografía Aldo Scavarda
Montaje Eraldo Da Roma
Música Giovanni Fusco

Crítica

En la disolución de la bicicleta

En cierto momento, Michelangelo Antonioni afirmó hacer neorrealismo, pero "sin la bicicleta". Si bien la afirmación es en gran medida cierta, en La aventura se encuentra una tensión obvia debida precisamente a que a la vez hay y no hay bicicleta. Esto es: se busca a alguien, pero por un lado esta búsqueda se pierde en innumerables morosidades y, por otro, el hallazgo de lo perdido, en determinado momento, comienza a no ser deseable. El enigma no será algo a resolver, sino una fuga que abrirá un agujero en vidas y película, la posibilidad de un nuevo caminar y una nueva mirada, cuyas presencias serán subrayadas por la propia tensión del enigma irresuelto.

La aventura está lejos de ser un film de detectives, un thriller, pero tiene sus puntos de partida. En este contexto, muchas escenas, detalles, diálogos, gestos, tienen una potencialidad como pistas relacionadas con el misterio, pero Antonioni violenta sistemáticamente esta lectura, enfrentándonos por un lado a la imposibilidad de obtener respuestas (el contexto humano de la desaparición no parece relacionarse causalmente con el hecho, las indagaciones policiales llevan a callejones sin salida y las de los protagonistas a pueblos misteriosamente vacíos), por el otro a la deriva de aquellos personajes encargados de obtenerlas (es de subrayar que el amante de la desaparecida se insinúa a su amiga tan solo varias horas después del suceso, lo que supone todo un shock argumental, y que ésta se entrega a los dos días). Es entonces que vemos a Antonioni cercano (con reservas: no es un humanista) al Rossellini más enamorado de la morosidad de los paseos o la tensión de los descubrimientos críticos, esos momentos que producen una suerte de jaque mate en la vivencia que abren a los personajes, y al espectador mismo, a una nueva percepción de sí mismos y de su espacio.

Son los rostros y comportamientos los enigmas a resolver. El guión abunda en acciones y giros inexplicados que sitúan inevitablemente los rostros en un terreno resbaladizo. Y, naturalmente, parte de ello se debe a preferir las imágenes a las palabras. Si bien se habla, y en ocasiones de sentimientos o del pasado, lo que esclarecen esas palabras de las acciones es poco. Fe de ello da el extraordinario final, donde frente al "te quiero" de algunas conclusiones de Rossellini, se opta por la ambigüedad significativa de dos cuerpos que se unen mediante una mano que acaricia una cabeza, y sin mirarse, ni siquiera a nosotros, espectadores. Es imposible una certeza mayor en cine: relaciones de cuerpos en el encuadre. La palabra sitúa un gesto, pero en ese acto miente sobre él, o introduce una puerilidad que reduce su alcance.

"Son los rostros y comportamientos los enigmas a resolver. El guión abunda en acciones y giros inexplicados que sitúan inevitablemente los rostros en un terreno resbaladizo"

Así pues, nada de incomunicación. La incomunicación es un concepto negativo que como tal expresa la ausencia de algo, mientras que la acción de Antonioni es positiva: en esa desaparición de la bicicleta, como él decía, podemos observar los rostros en los momentos en que nadie los mira, y ver entonces cómo algo inadvertido surge en ellos, disonancias, sorpresas, incongruencias... Añade, descubre, no quita. Antonioni es un gran explorador del rostro, descubre en él una multiplicidad que acaso solo el Rossellini de la etapa Bergman había sospechado. No recurre para ello, empero, ni a la vitalidad interpretativa de Cassavettes ni a los modelos bressonianos. Como Rossellini, sólo a las armas de la puesta en escena y a unos actores que no temen perder la coherencia de unos personajes que, en cierta medida, no les pertenecen, o no deben.

Se trata de saber lo que puede un rostro: más que un argumento y más que una historia. Al seguir mirando, allí cuando ya nadie lo hace porque el desarrollo narrativo está en suspenso, se ve cómo los cuerpos toman voces que se creía no les pertenecían. Y lo que considerábamos conocimiento del otro se descubre simplificación de la experiencia. Un rostro puede significar muchas cosas, y Antonioni cierra esa multiplicidad de sentidos lo menos posible (aunque algo cierra, pues el cierre es consustancial a la articulación). Valga esto como mera introducción a una película aún hoy inagotable.

Por Rubén García

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