Jean-Dominique Bauby, editor jefe de la revista Elle, acaba de firmar un importante contrato con una editorial para "actualizar" El Conde de Montecristo. Un día Bauby sufre un accidente cerebro-vascular que le mantiene en coma muchos meses. Cuando despierta, se da cuenta de que está en un hospital, enchufado a máquinas que le ayudan a respirar. Sufre una dolencia extremadamente rara llamada "síndrome de cautiverio" en la que el paciente está completamente paralizado. En el caso de Bauby sólo su párpado izquierdo funciona.
Pero en Bauby también funcionan la imaginación y la memoria, por lo que pestañeando, dictará letra a letra, frases previamente memoriazadas y que, tras un año y dos meses en la habitación 119 del Hospital Berck Maritime, formarán el libro que da nombre a la película.

Audio: Francés (V.O), castellano. Subtítulos: Castellano.
EXTRAS (Edición especial, 2 discos):
-Ficha técnica, artística, de doblaje y filmografías.
-Entrevista con Julian Schnabel / Tras las cámaras.
-Sumergidos: The Making Of / Tráiler / clips.
-Escenas inéditas / Visiones cinéfilas.
-Charlie Rose entrevista a Julian Schnabel.
Distribuidora: DeAPlaneta.
Fecha de lanzamiento: 10 de septiembre 2008. Precio: 21,00€.
| Mathieu Almaric | Jean-Dominique Bauby |
| Emmanuelle Seigner | Céline Desmoulin |
| Marie-Josée Croze | Henriette Durand |
| Anne Consigny | Claude |
| Patrick Chesnais | Doctor Lepage |
| Niels Arestrup | Roussin |
| Olatz Lopez Garmendia | Marie Lopez |
| Jean-Pierre Cassel | Padre Lucien |
| Marina Hands | Joséphine |
| Max Von Sydow | Papinou |
| Isaach de Bankolé | Laurent |
| Dirección | Julian Schnabel |
| Guión (basado en la novela de Jean-Dominique Bauby) | Ronald Harwood |
| Producción | Kathleen Kennedy, Jon Kilik |
| Fotografía | Janusz Kaminski |
| Montaje | Juliette Welfing |
| Música | Paul Cantelon |

¿Qué fue primero la palabra o el pensamiento? Si lo primero fue la palabra, en la nueva vida de Jean-Dominique Bauby lo primero fue el guiño. Lo primero y lo único que pudo expresar después del accidente cardiovascular que sumió a ex redactor jefe de la revista Elle en un coma profundo. Un estado del que despertó pero bajo el llamado locked-in syndrome, síndrome del cautiverio, completamente asilado del mundo que lo vio nacer. No completamente: le quedaban los guiños de su ojo izquierdo.

Si en su anterior trabajo, Julian Schnabel nos enfrentó al drama de Reinaldo Arenas en la Cuba Revolucionaria, en esta nueva cinta vuelve a incidir en el drama. Aunque el punto de vista es totalmente diferente, el sentido estético presente en Antes que anochezca y Basquiat se mantiene igualmente fresco, más aún, si cabe. El artista plástico sigue estando presente.
La escafandra y la mariposa arranca a través de la visión del protagonista, el espectador sufre a la par que su personaje principal. Pasan los minutos de metraje y permanece la misma focalización, el espectador se ahoga y se confunde de la mano de Jean-Dominique Bauby, el narrador permanente de ese discurso frustrado. Nadie le oye por más que él sienta que no para de hablar. Unamos esa frustración a un uso muy acertado del tiempo en estos primeros minutos del filme. De tal manera que uno no sabe si han pasado dos minutos o media hora, tal es el sutil uso de las elipsis. Se presenta la escafandra. No nos queda más que miradas ajenas al ojo que, igualmente, mira.
Pasada esa primera fase de reconocimiento de la nueva realidad entran en juego los ángeles de la guarda, todo el equipo médico que se encarga de cuidar a Bauby, encabezado por su psicóloga y su ortofonista, auténticas bellezas convertidas casi en divinidad. Aunque no siempre consiga hacerse entender, el problema de la incomunicación se hace más salvable.

Nos encontramos ante un drama sobre el padecimiento de una enfermedad pero La escafandra y la mariposa no es un drama al uso. Schnabel insiste en introducir al espectador en la mente de su protagonista para que el relato sea mezclado por los tintes de la imaginación y el recuerdo. Así, la única vía de escape de la escafandra que posee Jean-Dominique es la recreación de momentos ya vividos o bien, la interpretación de nuevos momentos. De esta manera nace la mariposa. Y surge también la grandeza del filme con la que, además de Schnabel, su director de fotografía Janusz Kaminski tiene mucho que ver.
El trabajo del cineasta pintor convence porque consigue emocionar con pequeños gestos, con pequeños planos, sin ser grandilocuente y caer en el drama con mayúsculas. Lo virtuoso de la imagen, la raíz y la influencia pictórica de Schnabel no desmerece a la historia, no la olvida. No olvida el mensaje que quiere transmitir ni se convierte en lastre para que la historia y los sentimientos avancen.
"Nos encontramos ante un drama sobre el padecimiento de una enfermedad pero La escafandra y la mariposa no es un drama al uso. Schnabel insiste en introducir al espectador en la mente de su protagonista para que el relato sea mezclado por los tintes de la imaginación y el recuerdo"

Vuelvo a incidir en la misma idea. El riesgo que asumía el cineasta norteamericano en su propuesta era dejar apartado al espectador en su obsesión por mostrar miradas de Jean-Dominique Bauby, en dejar que el espectador pase por la película como visitante de un frío e inhóspito museo con cuadros de un personaje encerrado en si mismo. Nada más lejos de la realidad porque si bien la película se construye según los retazos de la fantasía y la evocación de Bauby, el filme avanza para dar más cuerpo al retrato del protagonista, para convertirse en lo que es: un canto a la vida donde el poderío visual y vital se enfrenta y sale victorioso de la lucha contra la tristeza de la enfermedad. Tanto que la película, inclusive, no prescinde del humor a la hora de retratar la figura de Bauby.
El drama fluye en La escafandra y la mariposa con levedad, es la historia de un hombre que va a morir, se palpa la tragedia pero el director no se regodea en ella. Muy por el contrario se opta por construir y definir lo más posible la cotidianidad de este antiguo redactor de la revista Elle. Para conseguir esto, la película se apoya directamente en la figura de Mathieu Almaric. La inconmensurable labor del intérprete francés no tiene precio y uno cae en el juego de los premios al plantearse seriamente el motivo de no haber sido nominado al Oscar cuando una interpretación de personaje enfermo gusta tantísimo en la Academia de Hollywood. Almaric construye un retrato tierno, no exento de erotismo incluso en los momentos de fabulación e interpreta junto a Max Von Sydow - grandísimo también, para variar - una de las secuencias más sensibles y emotivas del cine de los últimos meses: la secuencia del afeitado.

En una de las declaraciones realizadas a raíz del estreno del filme, contaba Julian Schnabel que la película podía ser usada como "herramienta, como mecanismo de ayuda que nos ayudara a manejar la propia muerte". No veo manera más clara de definir La escafandra y la mariposa. La cinta habla sobre el miedo a la muerte pero a la vez sugiere un mensaje de optimismo vital, de superación y aprovechamiento al máximo de los momentos que realmente merecen la pena. Palabras y conceptos muy habituales en este subgénero que, sin embargo, el director de Basquiat consigue mostrar de manera singular y vívida.
Por Alberto Figueroa
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