Adela, una joven separada y con un hijo de un año de edad, está cansada de la vida que lleva en su pequeño pueblo natal al norte de León. Decide trasladarse a Madrid donde busca un trabajo como azafata y se muda a un apartamento junto a Carlos e Inés, dos jóvenes muy agradables.
Antonia, la madre de Inés, tiene un pequeño supermercado de barrio. Lleva una vida bastante tranquila junto a su novio, Manolo, y sus tres hijas: Inés, Nieves y Helena, la mayor. Sin embargo, poco a poco, su placentera vida empieza a tambalearse. Primero, los médicos detectan un cáncer incipiente en su hija Nieves.
Más tarde, la ya tensa relación entre sus hijas se complica aún más cuando Helena le pide prestado dinero a su madre para comprarse un piso en la playa.

Audio: Castellano (V.O.)
Subtítulos: Francés, inglés.
Extras:
Tráiler, Making of, Escenas eliminadas, Entrevista con el director, Ficha artística, Ficha técnica, Biofilmografías destacadas.Distribuidora: Cameo.
Fecha de lanzamiento: 14 de noviembre 2007.
Precio: 18,00€.
| Sonia Almarcha | Adela |
| Petra Martínez | Antonia |
| Miriam Correa | Inés |
| Nuria Mencía | Nieves |
| María Bazán | Helena |
| Jesús Cracio | Manolo |
| Lluís Villanueva | Carlos |
| Luis Bermejo | Alberto |
| Dirección | Jaime Rosales |
| Guión | Jaime Rosales y Enric Rufas |
| Producción Ejecutiva | María José Díez |
| Producción | José María Morales, Jaime Rosales y Ricard Figueras |
| Fotografía | Óscar Durán |
| Montaje | Nino Martínez |

Francisco Algarín Navarro
Hace cuatro años asistíamos al feliz descubrimiento de una de las pocas buenas películas del reciente cine español. Las horas del día (2003) sorprendía por la forma en que los actores pronunciaban su texto, por los encuadres elegidos por Jaime Rosales y por la forma de moverse en ellos sus actores, por los inteligentes usos del fuera de campo tanto físico como informacional. Y, sobre todo, porque era más que increíble encontrar en una película española tantas referencias bien canalizadas a Ozu o Bresson. Las horas del día era un estupendo ejercicio de distanciamiento del director con respecto al material tratado. El Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cannes le valió la ayuda de la Cinéfoundation y del apoyo del Festival de Rótterdam para realizar su segunda película, La soledad (2007).

Sin embargo en esta ocasión encontramos una película que si bien tiene algunos puntos en común con Las horas del día, difiere sustancialmente en la utilización de los elementos. En La soledad, parece que las intenciones de Rosales son diferentes, toda la película está inundada por los rasgos de una autoría artificiosa: para empezar, el uso de la polivisión -la división de la pantalla en dos partes ofreciendo dos ángulos de una misma secuencia- supone un recurso contrario al del fuera de campo, ya que aquí consiste en dar el máximo de información posible (para hacernos una idea, podríamos ver el plano y el contraplano en una misma pantalla, obteniendo la información de los rostros de las dos personas que conversan). Por lo tanto, no se trata de un mecanismo bressoniano de depuración o despojamiento al máximo, sino de todo lo contrario, lo que se produce es una acumulación de imágenes. Al final, la polivisión es usada por Rosales como un niño que juega con su nuevo juguete.
"En esa intención por hacer que sus personajes sufran hay una especie de interés por hacerlos casi masoquistas, y en muchas ocasiones nada de lo que vemos parece auténtico, el sufrimiento empieza a verse impúdico porque el director no ha dejado cambiar una sola pausa, un solo acento de su guión"
Por otro lado, hay una búsqueda de la actualidad en la película a través del sufrimiento. Rosales pretende hacer creer que el atentado que sufre el personaje de Adela en su traslado del pueblo a Madrid debe estar presente en la película porque forma parte de la realidad contemporánea -de la misma forma que el personaje que intenta ahorrar para comprar un apartamento en la playa-, pero se articula dentro de la misma como un mecanismo de guión demasiado obvio y presente en sus propias costuras. Del mismo modo el cáncer que sufre la hija de Antonia une en el sufrimiento las dos historias que cuenta la película. Este vínculo es sumamente forzado, más cuando las historias parecen tender a la convergencia. En esa intención por hacer que sus personajes sufran hay una especie de interés por hacerlos casi masoquistas, y en muchas ocasiones nada de lo que vemos parece auténtico, el sufrimiento empieza a verse impúdico porque el director no ha dejado cambiar una sola pausa, un solo acento de su guión.

Aún así, toda la secuencia del atentado es espeluznante, sobre todo por lo que nos ha mostrado previamente. Si es tan doloroso, lo es porque hemos estado dentro de ese autobús unos minutos antes, hemos formado parte de un seguimiento cercano, para luego colocarnos a buena distancia de la explosión (magistralmente resuelta) y pasar en una brutal elipsis a no saber nada de las consecuencias -se hace terrible ver que Adela ya no lleva su hijo con ella, tenemos que adivinar el paradero del pequeño-. En los momentos en los que Rosales se olvida de su nuevo juguete y de los encuadres a través de marcos de puertas o ventana -que ya no son solo una opción estética, sino una obsesión descarada, como si no supiera colocar la cámara en otro lugar- se consiguen los mejores resultados.
También es estupenda la secuencia en la que la hija de Antonia se prepara para la operación en el hospital y todo lo que se sugiere con otra elipsis de forma paralela a la otra historia (no sabemos los resultados de la operación). Lo que no se comprende por tanto es por qué Rosales decide terminar la película de esa forma tan vergonzosa. Donde el horror ha formado hasta ahora parte de las elipsis, ¿por qué con Antonia decide representar la muerte y además en un plano-secuencia? ¿Acaso se está queriendo justificar con la serenidad con la que la esta llega?

Lamentablemente, todos estos problemas de los que adolece La soledad, dejan en sombras las virtudes ya descritas, y recuerda al peor y sórdido cine austriaco que tiene estas malas costumbres, así como a la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007). Ese cierto realismo feísta que también comparte con Reygadas y con La influencia (2007) de Pedro Aguilera, mata a los personajes mediante los textos y convierte a los encuadres en auténticas cárceles para los actores.
14/11/2007
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