Es un día muy especial para Antonio. Después de una larga ausencia, su hijo, que ya casi es un extraño, viene a visitarle. Todo debe ser perfecto. Habrá un brindis con un champán exquisito, un abrazo, cálidas palabras que podrán llenar la distancia entre ellos... Pero antes, Antonio debe esperar.
Postrado en la cama, consigue ver a través de su ventana el paisaje de la Patagonia; la luz y la vida; el pasado y el presente, mientras vislumbra el futuro. Decidido, sale secretamente de su casa, sin ser visto, para dar, quizá, el último paseo por sus campos, respirando el aire, pisando e inhalando el olor de la tierra que fue su vida.

Audio: Español.
Subtítulos: Inglés.
Extras:
-Fichas.
-Tráiler.
Distribuidora: Cameo.
Fecha de lanzamiento: 24 de marzo 2010.
Precio: 12,95€.
| Antonio Larreta | Antonio |
| María del Carmen Jiménez | María del Carmen |
| Emilse | Emilse Roldán |
| Roberto Rovira | Afinador |
| Victoria Herrera | Mochilera |
| Arturo Goetz | Médico |
| Luis Luque | Farina |
| Dirección y Guión (con la colaboración de Pedro Maizal) | Carlos Sorín |
| Producción Ejecutiva | José María Morales |
| Fotografía | Julián Apesteguia |
| Montaje | Mohamed Rajid |
| Música | Nicolás Sorín |
| Dirección de Arte | Rafael Neville |
| Productoras | Wanda Visión y Guacamole Films |

Manuel Barrero
No es nada habitual encontrar una película de Carlos Sorín en la que sus protagonistas no recorran una enorme cantidad de kilómetros. Los viajes a lo largo de la Patagonia siempre han sido los preferidos por el director, que también ha hecho viajar a alguna de sus criaturas hasta Buenos Aires (El camino de San Diego). Por primera vez en mucho tiempo, el director argentino aparca la polvorienta road movie de los desheredados, para centrar su mirada en un espacio muy reducido.

Y sin embargo, el protagonista de La ventana emprende un doble viaje, no exento de importancia. El primero es aquel con el que comienza el film. Ese sueño de vuelta a la niñez, en la que un bello rostro femenino vuelve a la memoria como preludio de la muerte que acecha. Regresiones que dejan bien claro el parentesco con el cine bergmaniano del que tan deudor se siente Sorín con este film.
Pero Antonio no sólo viaja de forma metafórica. Uno de los momentos claves de este film se produce cuando el protagonista se levanta de la cama para recorrer unos pocos metros. Una particular odisea en la que el hombre lucha contra sí mismo, contra su vejez y su deterioro. Un último intento de derrotar a los elementos. O el placer de ser derrotados por ellos. La imagen del exhausto cuerpo hundido en plena naturaleza, resulta tan desasosegante como bella.
La naturaleza y el paisaje, siempre muy presentes en el cine de Sorín. En esta ocasión, más como elementos observados y anhelados que como parte activa de la obra. La ventana del título es la que permite al moribundo protagonista contemplar el mundo que a punto está de dejar. Cuatro paredes que asfixian a un espíritu libre.
"No hay vuelta atrás, ni afectos perdidos que se recuperen en cinco minutos. La soledad en compañía aún es más dolorosa. Y, al final, volvemos al principio. La belleza femenina, los recuerdos de juventud, y la memoria de esas cosas que hacen a los individuos sentirse vivos".

Una prisión que aun se hace más insoportable por la permanente presencia de un incesante sonido. Ese reloj de pared que recuerda al protagonista que el tiempo no se detiene jamás. Una presencia que se nota cada segundo, y que insiste en lo poco que para él queda. Ante tal opresión, no es de extrañar que Antonio busque ese último resquicio de libertad, aunque haya que poner en riesgo una salud de la que ya queda poco.
Además del reloj, hay otro objeto que cobra vital importancia: el piano. A través de él, se muestra la relación entre padre e hijo (convertido en afamado pianista residente en Europa). Pero, además, introduce una variante formal a la austeridad de la película. El autor quería evitar a toda costa subrayar emociones a través de la música incidental. Sin embargo la reparación del piano permite la presencia de una música dietética que enriquece la dimensión de los estados de ánimos. Un conjunto de sonidos imperfectos y melodías inacabadas que representan pasado, presente y futuro de una compleja relación.

Una relación que es la otra gran piedra angular de este trabajo. El director se recrea en los preparativos del día, para enfrentarnos con un reencuentro seco y desangelado. Los escasos momentos en los que ambos coinciden, dejan ver la enorme e insalvable distancia que los separa. La presencia del hijo en el lecho de muerte, no deja de ser para él más que un puro formalismo. Un deber con alguien que siente ajeno, a pesar de los lazos de sangre.
Por otra parte, vemos los patéticos intentos del progenitor por recomponer algo que se rompió mucho tiempo atrás. A su manera, hace lo posible por subsanar errores pasados. Pero una copa de vino, o un viejo piano reparado no son suficientes. No hay vuelta atrás, ni afectos perdidos que se recuperen en cinco minutos. La soledad en compañía aún es más dolorosa. Y, al final, volvemos al principio. La belleza femenina, los recuerdos de juventud, y la memoria de esas cosas que hacen a los individuos sentirse vivos.
06/12/2009
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