Manderlay

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Sinopsis

Manderlay, una propiedad aislada en el sur más profundo de Estados Unidos. En 1933, Grace y su padre se alejaron del pueblo de Dogville camino de casa. Por desgracia, entre gángsteres, la ausencia suele ser aprovechada. Ya se sabe, cuando el gato no está, los ratones bailan. Grace, su padre y su pequeño ejército no tienen más remedio que huir y abandonar su antiguo territorio. Pasarán todo el invierno en busca de nuevos territorios de caza. A principios de la primavera, se encaminan hacia el sur en busca de un lugar donde establecerse.

Manderlay es la segunda parte de la trilogía americana (dedicada a los Estados Unidos) de Lars von Trier. La cinta comienza donde acaba la primera parte (Dogville) y los papeles interpretados por Nicole Kidman y James Caan son ahora de Bryce Dallas Howard y Willem Dafoe.

  • País:Dinamarca
  • Año:2005
  • Estreno:10 febrero 2006
  • Duración:2h. 19 min.
  • Distribuidora:Golem

Características del DVD

Audio: Inglés (VO), castellano.

Subtítulos: Castellano.

Extras:

Audiocomentario de Lars von Trier (VOSE)/ Entrevistas/ Conferencia de prensa escandinava/ Jeremy “el chico del café”/ Ficha artística/ Ficha técnica/ Tráiler/ Filmografías destacadas.

Distribuidora: Cameo.

Fecha de lanzamiento: 26 de julio 2006.

Precio: 19,95 €.

Intérpretes

Bryce Dallas Howard Grace
Isaach de Bankolé Timothy
Danny Glover Wilhelm
Willem Dafoe Padre Grace
Lauren Bacall Mam

Ficha Técnica

Dirección y guión Lars von Trier
Fotografía Anthony Dod Mantle
Dirección artística Peter Grant
Decorados Simone Grau
Montaje Molly Malene Stensgaard
Sonido Kristian Eidnes Andersen

Crítica

Las buenas intenciones acaban en el infierno

Juan Zapater

A propósito de Manderlay, su creador, Lars von Trier, ha declarado que conseguirá poner de acuerdo en su odio contra ella a los miembros del Ku Klux Klan y a los Panteras Negras. Tiene razón. Pero no serán los únicos en violentarse con ella.

Contra ella se unirán también -por distintos motivos- todos aquellos que no soportan sus gestos de provocación. También se afiliarán al club de los detractores afectados quienes consideran ofensivo ese aire de superioridad recubierta de displicente suficiencia con el que Lars von Trier se conduce desde que Europa lo consagrase como uno de los escasos directores europeos dignos de figurar en la contemporaneidad. Es decir, Manderlay seguirá sin convencer ni conmover a todos aquellos que rechazaron Dogville y a los que se ensañaron con Bailar en la oscuridad, casi los mismos que decían marearse con Rompiendo las olas; o sea los parientes cercanos de aquellos que vieron en Los idiotas una tomadura de pelo e insisten en hacernos creer que en el movimiento Dogma es sólo un pretexto para ganar dinero.

Pero ¿podría alguien consolidar una trayectoria tan impresionante y polimórfica armado únicamente de vacuidad y mentiras? ¿Estaríamos hablando de Lars von Trier 20 años después de su debút con El elemento del crimen si detrás de él no hubiera algo más que pretenciosidad y soberbia?

Por lo pronto su Manderlay, que es el filme que ahora nos ocupa, se levanta sobre un guión perverso y punzante, una inmersión en el racismo que penetra en el inestable territorio de los miedos al otro. Manderlay es la segunda entrega de ese periplo por un territorio imaginario localizado en los EE.UU. pero demasiado estilizado como para representar ese único espacio. Sabido es que von Trier no gusta de los aviones y que apenas viaja, actitud por la que cierta prensa norteamericana, molesta por el retrato que se vislumbraba de su país en Bailar en la oscuridad, arremetió contra él acusándole de retratar una realidad que no conocía. Ante tamaña estupidez von Trier se propuso ubicar sus tres siguientes películas en la tierra de George Bush pero es evidente -y por esa misma razón utiliza esa escenografía desnuda-, que sus EE.UU. se conforman con los mimbres del imaginario colectivo. No representan una realidad sino que recrean una idea. Y en ella se proyectan los fantasmas del ser humano, sea éste natural de Tejas o haya nacido en Dinamarca.

Manderlay conserva con respecto a Dogville análoga estructura e incluso los mismos personajes, sólo que los intérpretes son distintos. Bryce Dallas Howard se introduce en Grace , el personaje que interpretaba Nicole Kidman mientras que Willem Dafoe hace lo propio con respecto al padre de Grace interpretado por James Caan. John Hurt sigue siendo la voz aunque según Lars en la tercera entrega, Wasington (sin hache), el verbo se hará carne.

Por lo demás, todo permanece fiel al modelo precedente. De nuevo se insiste en la total ruptura con la servidumbre al realismo fotográfico que atenaza al cine. De manera que los escenarios apenas insinuados deben ser reconstruidos por la mirada del público que, como en el teatro, asiste a un relato vocacionalmente brechtiano.

En esto, en una llamada al distanciamiento, en su empeño en mostrar las entrañas del simulacro para rescatar la consciencia del observador coincide Lars von Trier con el otro gran animador del panorama cinematográfico europeo, Michael Haneke. Por otro lado, como von Trier supone que la mayor parte del público ya se ha familiarizado con la mecánica de su propuesta tras su paso por Dogville, apenas dedica tiempo al paisaje para centrarse en el discurso. Éste surge de una pequeña digresión incluida en el prefacio de Historia de O: La Felicidad en la Esclavitud, sobre el relato de un grupo de esclavos que una vez liberados se negaron a ello con tan cerril insistencia que acabaron matando a su antiguo dueño por no querer mantenerlos como esclavos.

Ese pretexto argumental desemboca en que la caravana de Grace, su padre y su pandilla de asesinos, rotunda y directa alegoría sobre los pilares sobre los que se sustenta todo orden social, se detengan no tanto en un espacio, o en un tiempo como en un estadio de la evolución humana. Las referencias más o menos literales a textos religiosos, a películas inolvidables, a estampas canónicas y a recursos literarios abundan. Como en Dogville, todo el terreno está minado de ecos, sombras y huellas que tan feliz hacen a un Lars von Trier que asume feliz el papel de anfitrión empeñado en mostrar sus hazañas.

"Un guión perverso y punzante, una inmersión en el racismo que penetra en el inestable territorio de los miedos al otro"


Hace unos pocos años, Kieslovski nos obsequió con una trilogía de colores en torno a los tres grandes principios que impulsaron la Revolución Francesa. En von Trier resuenan parecidos ecos pero lo que en el director polaco descansaba en un subterráneo anhelo de esperanzada religiosidad, en von Trier explota en cínica desconfianza. ¿Estamos ante el fruto de la católica y acerrojada Polonia frente a la radical y descreída Dinamarca? Tal vez. Bastaría con comparar el ideal femenino que muestra cada uno de ellos para alumbrar una sugerente reflexión analítica.

El caso es que esa acidez intelectual que con tanta corrosividad Lars von Trier aplica, explota plena de vigor y fuerza en esta reflexión sobre la igualdad de los seres humanos. Si en Dogville era evidente que la fraternidad aparecía como inalcanzable arrumbada por la ambición y destruida por las bajas pasiones de los ciudadanos, en Manderlay su diagnóstico sobre la libertad no resulta más optimista. Aquí como allí nuevamente Grace se convierte en víctima y verdugo, causa y efecto, herida y bálsamo, pulsión de muerte y anhelo de vida.

En 1982, como producción final de su paso por la Escuela de Cine, von Trier rodó Befrielsesbilleder, una amarga reconstrucción sobre el pasado nazi de Dinamarca. Con ella recordaba a sus paisanos que las cosas ni son ni fueron tan simples ni tan obvias. En 2005, el que ya no es un joven airado abunda en la misma denuncia y se ahoga en idéntica angustia: la inutilidad de la inocencia y el impredecible sentimiento de culpa.

De este modo, el hombre que afirmaba que sólo consiguió tener la libertad para poder creer en Santa Claus cuando ya era adulto, nos recuerda que lleva toda su existencia asomándose al mismo abismo. El de esa ambigüedad moral donde la bondad y la maldad de la humanidad no pueden reducirse a maniqueos y reconfortantes esquemas. Al contrario, todo permanece ofuscado ante las inquietantes sombras que, en cuanto sujetos que somos, nos conforman.

Crítica publicada en el número 3 de Kane3 (diciembre 2005)

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