Ryu (Rinko Kikuchi) es una chica solitaria de aspecto frágil que contrasta con la doble vida que lleva: de noche trabaja en una lonja de pescado en Tokyo y esporádicamente recibe encargos como asesina a sueldo. El señor Nagara (Takeo Nakahara) es un poderoso empresario que llora la muerte de su hija Midori que se ha suicidado, y culpa del suicidio a David (Sergi López), un hombre de origen español que posee un negocio de vinos en Tokyo.
Ishida (Hideo Sakaki), un empleado del señor Nagara que
amaba a Midori en silencio, contrata a Ryu para que asesine a David...
Un ingeniero de sonido, obsesionado con los sonidos de la ciudad japonesa y fascinado por Ryu, es el mudo testigo de esta historia de amor que se adentra en las sombras de alma humana allá donde sólo el silencio es elocuente.

Audio: Inglés y japonés (V.O), castellano y catalán.
Subtítulos: Castellano, catalán, castellano para sordos y catalán para sordos.
Extras:
-Audiocomentario de la directora.
-Ficha técnica y artística.
-Filmografías destacadas.
Distribuidora: Cameo.
Fecha de lanzamiento: 23 de febrero 2010.
Precio: 12,95€.
No recomendada para menores de 13 años.
| Rinko Kikuchi | Ryu |
| Sergi López | David |
| Min Tanaka | Narrador |
| Manabu Oshio | Yoshi |
| Takeo Nakahara | Nagara |
| Hideo Sakaki | Ishida |
| Dirección y Guión | Isabel Coixet |
| Producción | Jaume Roures |
| Producción Ejecutiva | Javier Méndez |
| Fotografía | Jean Claude Larrier |
| Montaje | Irene Blecua |
| Diseño de Producción | Ryo Sugimoto |
| Dirección de Producción | Bernat Elías |
| Sonido | Aytor Berenguer, Fabiola Ordoño y Marc Orys |

Manuel Barrero
Japón despierta no poca admiración (y mucha fascinación) entre un público occidental que mira con curiosidad y respeto a esa cultura milenaria. Una cultura que se ha ganado un hueco muy importante en nuestro mundo occidental. Pero el camino también se da a la inversa, y no son pocos los que han intentado penetrar en el lejano oriente. Si hablamos de cine, los ejemplos son variopintos. Desde el tópico inocentón de Karate Kid, pasando por la explotación del exotismo en Memorias de una Geisha o El último Samurai, siguiendo con las pretensiones autorales de Lost in Translation, o hasta el homenaje puro y duro de los dos volúmenes de Kill Bill.

Ahora es una española, que casi nunca ha hecho cine español, la que también se apunta a algo que ya parece más una moda que otra cosa. Y eso que la película empieza de forma contundente y batalladora. Dos de los aspectos más oscuros de la sociedad nipona salen a relucir en esos primeros (magníficos) minutos. La alarmante tasa de suicidio (con gran incidencia en la población adolescente), y el machismo lacerante que aún perdura en la isla.
Una sociedad tremendamente avanzada en determinados aspectos, pero en la que se da una sutil (o no tanto) represión hacia la mujer. Coixet ha querido empezar Mapa de los sonidos de Tokio con un alegato feminista, en esa primera secuencia en la que la figura femenina es degradada hasta el límite. Pero siempre dentro de un acto social totalmente aceptado, y dentro de un ambiente civilizado hasta el extremo.
"El conflicto (que dura cinco minutos) entre la visión occidental de la creadora y la cultura que pretende retratar tiene mucho más interés que el pastiche de amor intercultural que ocupa casi la totalidad del film".

Una violencia permitida e interiorizada. Una degradación contra la que se suponen que luchan las sociedades avanzadas, pero que aún sigue incrustada en determinados comportamientos y actitudes. Esa brillante secuencia acaba, además, con la noticia del suicidio de una joven; un ligero apunte con el que la directora introduce la problemática en cuestión.
Una lástima que ahí se acabe el buen cine. A partir de entonces, todo se convierte en una sucesión de clichés, un refrito que termina indigestando al menos exigente de los estómagos. Todo huele tan artificial y artificioso, tan calculado... La película fluye a duras penas, y con escasa naturalidad.
Coixet se empantana en un amor imposible, siguiendo la senda de Wong Kar-wai. Repetición de secuencias en una hortera habitación de hotel y música latina, enmarcadas en una estética calcada de la del director hongkonés. Para colmo, la catalana se permite recurrir al thriller con asesina a sueldo que se enamora de su futura víctima (¿les suena de algo?). Redención, tragedia, y más tópicos.
El cine de Coixet se preocupa en exceso por emocionar, y cada vez lo consigue menos. Aquellas emociones que fluían sutilmente en Cosas que nunca te dije, han ido perdiendo la frescura y autenticidad con el crecimiento de su filmografía. Si ya en Mi vida sin mí (a pesar de funcionar bastante bien) se notaban las costuras, en La vida secreta de las palabras se ven a leguas. La emoción se ha ido volviendo cada vez más empaquetada y prefabricada.

La frialdad que causaba Elegy llega a su máxima expresión con Mapa de los sonidos de Tokio. Desde el narrador, hasta ese continuo aire de impostada trascendencia. No vale con que visualmente sea eso que llaman "bonita", ni con que el sonido tome un papel protagónico (aunque intrascendente). El conflicto (que dura cinco minutos) entre la visión occidental de la creadora y la cultura que pretende retratar tiene mucho más interés que el pastiche de amor intercultural que ocupa casi la totalidad del film.
28/8/2009
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