Wallace Shawn es un escritor y actor de 36 años que atraviesa problemas económicos, su novia Debby trabaja como camarera para sufragar los gastos. Wallace se dirige nervioso a un restaurante para cenar con André Gregory, un antiguo amigo al que lleva años evitando.
André fue el que descubrió a Wallace, de hecho, llevó a escena una obra suya. Hace años, cuando se conocieron André estaba en la cima en su faceta de director teatral.
Los actores Wallace Shawn y André Gregory protagonizan y firman el guión de este film de Louis Malle. Ambos, nos invitan a enfrentarnos a lo que definitivamente pesa en sus/nuestras vidas.

Audio: Inglés (V.O). Subtítulos: Castellano.
Extras:
-Ficha técnica y artística.
-Filmografías de Louis Malle, Wallace Shawn y André Gregory.
-Reflexiones de Carlos Tejeda sobre Mi cena con André.
-Tráiler
Distribuidora: Avalon.
Fecha de lanzamiento: 3 de septiembre 2008.
Precio: 17,95€.
| Wallace Shawn | Wallace Shawn |
| André Gregory | André Gregory |
| Jean Lenauer | Camarero |
| Roy Butler | Barman |
| Director | Louis Malle |
| Guión | Wallace Shawn y André Gregory |
| Producción | George W. George, Beverly Karp, Keith W. Rouse y David Franke |
| Fotografía | Jeri Sopanen |
| Montaje | Suzanne Baron |
| Música | Allen Shawn |

Cuando se realiza el ejercicio, y yo lo hago habitualmente, de juntar películas que pudieran parecer dispares, a veces antitéticas, surgen realidades cinematográficas peculiares, conexiones inimaginables cuando todavía no se había reflexionado sobre esas uniones. En otras ocasiones, la costura casi es invisible. Cuando finaliza la cena -ese diálogo que mantienen a dos Wallace Shawn y André Gregory, aunque sea éste el que lleve, salvo en el tramo final, la voz cantante- que da título a Mi cena con Andrè, uno tiene la sensación de que André Gregory, al que abandonamos sentado en el restaurante, se irá a su casa, y al día siguiente, comenzará a trabajar en su inusitada adaptación de Tío Vania, y allí estarán, otra vez, Wallace Shawn y Louis Malle, y su resultado cinematográfico será la que sería, inesperadamente, la última película de Malle, Vania en la calle 42 (Vanya on 42nd Street, 1994).

Si hubiera algo que reprocharle a Mi cena con Andrè sería la enorme capacidad de Wallace Shawn y André Gregory para hablar desmesuradamente y desarrollar temas que atañen a la naturaleza del ser humano, temas todos que alguna vez en nuestras vidas nos hemos planteado. El reproche se dirige a la aglomeración temática, que impide su digestión en un único visionado.
A partir de una estructura quijotesca, con dos personajes dispares, uno de ellos es André Gregory, representativo de una alta burguesía, refinado, culto, cuyas reflexiones -muchas de ellas no son de este mundo- son etéreas, y abarcan conceptos filosóficos y artísticos. En el otro polo, Wallace Shawn representa al americano medio, de cultura amplia y diversa, pero que siempre está con los pies en el suelo, y quien sabe disfrutar de las pequeñas cosas que le ofrece la vida. Todo ello gira alrededor de una cena en un restaurante, es decir, salpimentada con pequeños cortes que nacen de la entrada y salida del camarero con los platos. Esa cena, dura, lo que la película, exceptuando un prólogo y un epílogo.
"Como en la obra cervantina, nos cae mejor o comprendemos mejor a uno que a otro, dependiendo de nuestra vida, igual que sucede con don Quijote y Sancho"

La mirada de Louis Malle, como en casi toda su obra (pero no toda), independientemente de si corresponde al campo más conocido como ficción o al documental, provoca con acierto, el acercamiento a los personajes, el no ser una cámara distante, sino que modula, puntúa los monólogos de André Gregory, pero también se para ante los mínimos gestos de Wallace Shawn, y persigue a éste cuando se levanta y se dirige, en un momento de la película, a la barra. Es decir, no es una cámara distante, sino que busca acercarse a los actores. Pero igualmente, y ahí hay mucho de acierto y de voluntad de no enjuiciar, es una cámara que no toma partido por ninguna de las opiniones ni por ninguno de los personajes. Ninguno de los actores suscita en el espectador deliberadamente más simpatías que el otro.
Ni siquiera el prólogo que presenta a Wallace Shawn, reflexionando sobre la cena que va a tener y sobre André Gregory, del que no sabe nada desde hace tiempo, y al que no le apetece mucho ver, ni le despierta numerosas simpatías, inciden en nuestra apreciación más positiva de uno que del otro. Tampoco la desmesurada capacidad de André Gregory para encadenar temas y opiniones hace de él alguien con quien apetezca más cenar que con Wallace Shawn, y eso que algunas de sus ideas y reflexiones son muy divertidas, como aquel soliloquio que recita en el que refleja que la ciudad en la que vive, Nueva York, no es más que una cárcel construida por sus habitantes y que, por eso mismo, es imposible escapar de ella.
Creo que, como en la obra cervantina, nos cae mejor o comprendemos mejor a uno que a otro, dependiendo de nuestra vida, igual que sucede con don Quijote y Sancho.
Rafael Arias Carrión
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