Un aventurero estadounidense conoce a una rica heredera cuyo padre, Mr. Arkadin, es un enigmático hombre de pasado desconocido. Éste, ante las pretensiones matrimoniales del joven, le encarga que investigue su propio pasado, el origen de Arkadin.
Con esta tarea, el protagonista iniciará un viaje que le llevará a visitar distintos lugares del mundo en los que conoce a una galería de personajes peculiares que le irán guiando hasta solucionar el misterio de su posible suegro.

Audio: Disco 1 - Castellano. Disco 2 - Inglés subtítulos en castellano.
EXTRAS:
Disco 1: Película / Ficha técnica y artística / Biofilmografías de Orson Welles, Michael Redgrave y Jack Watling / Welles Confidencial: Reflexiones sobre Mr. Arkadin por Alejandro G. Calvo.
Disco 2: Mr. Arkadin (Confidential Report). Versión inédita en España.
Distribuidora: Avalon.
Fecha de lanzamiento: 7 de mayo 2008. Precio: 17,95€.
| Orson Welles | Gregory Arkadin |
| Robert Arden | Guy Van Stratten |
| Paola Mori | Raina Arkadin |
| Akim Tamiroff | Jakob Zouk |
| Grégoire Aslan | Bracco |
| Patricia Medina | Mily |
| Jack Watling | Marqués de Rutleigh |
| Michael Redgrave | Burgomil Trebitsch |
| Suzanne Flon | Baronesa Nagel |
| Amparo Rivelles | Baronesa Nagel (versión española) |
| Dirección y guión | Orson Welles |
| Producción | Louis Dolivet y Orson Welles |
| Fotografía | Jean Bourgoin |
| Música | Paul Misraki |
| Montaje | Renzo Lucidi, William Morton y Orson Welles |

Un hombre cuenta una historia: un escorpión pide a una rana subir a su espalda para cruzar un río. La rana reprocha al escorpión que podría picarle, provocando en ella una herida mortal. El escorpión explica que si le pica, ambos se ahogarán. La rana reconoce la lógica del supuesto y accede. A mitad del recorrido, el escorpión pica a la rana y ambos se hunden. Es irremediable, una cuestión de carácter. Nada puede hacer el escorpión contra su propio poder, aún sabiendo la muerte trágica que le espera.

Cuando vemos Mr. Arkadin (Confidential Report, 1955) de Orson Welles, apenas podemos contar nada. Lo mejor para explicar lo que sucede es hablar de caracteres, del carácter de Mr. Arkadin, que con esta historia, cuenta su propia vida y, sin saberlo, su propio final. También podemos hablar del carácter del "chantajista" Guy van Stratten, que es igual que ese hombre que interpreta Welles antes de convertirse en otro nuevo magnate. El resto, como explicaba Serge Daney refiriéndose a Mr. Arkadin, carece de sentido: "hay también films (más raros) que no se pueden contar porque todo el placer consiste en verlos y volver a verlos. Si se evoca, es por puntas, por momentos, por palabras sueltas. Entre dos visiones, los olvidamos. No importa cuántas veces los veamos, olvidaríamos siempre de todos modos `la historia´, las peripecias, el suspense. De modo tan completo, que cada nueva visión es la primera".
Hay una extraña concepción del tiempo pareja a la amnesia; lo magnánimo ahora ha sido hecho retazos, no buscando la perfección y la redondez en los encuadres y en los hilos que tejen esta extraña película. El montaje como oficio de la costura, en las diferentes versiones que circulan de la película, tiene su presencia material en cada corte. Y, sin embargo, todo lo que podría hacernos creer que estamos ante una obra menor, ante un proyecto inacabado, una de esas fantasías quijotescas wellesianas, no hacen sino elevar la película.

Mr. Arkadin es ante todo pasión. La pasión está presente desde las unidades más pequeñas a las grandes sobre las que se construye y avanza el film. Hay una medida exacta a la hora de formar las composiciones ejemplificadas en el genuino contrapicado y la profundidad de campo que aquí llegan a un grado de belleza singular. Hay también un trabajo exhaustivo en el uso de los blancos y los negros. Hay un trabajo cuidado en los gestos, justos y precisos. Hay también algunos movimientos de cámara especiales, poco habituales en el cine, que relacionan a los personajes con sus conflictos, pero también con la materialidad de la luz.
Suceden cosas extrañas, casi imposibles de encontrar en una película de 1955. En mitad de una elipsis, entre el peso narrativo de dos planos, aparece otro aparentemente sin ningún significado: un plano general de una playa donde, si nos fijamos bien, distinguiremos en la lejanía el cuerpo de una mujer. La elección de este plano en este momento de la película tiene poco sentido si no se hiciera el ejercicio de ponerlo en contexto: la foto de ese mismo cadáver que aparece mucho después, no es más que la confirmación de nuestra sospecha, de la fatalidad, del mal obrado. Pura sutilidad.
"Mr. Arkadin es ante todo pasión. La pasión está presente desde las unidades más pequeñas a las grandes sobre las que se construye y avanza el film"

Cuando Raina Arkadin se dirige a la torre de control para escuchar el mensaje que tiene que darle su padre, que en ese momento pilota el avión que le llevará hasta ella, Welles encuadra un altavoz situado en el techo por el que sale su voz. Cuando Raina sigue las órdenes de Guy, explicándole que ya lo sabe todo, vemos por última vez el cuerpo de Welles. La avioneta aparecerá vacía mientras cae y la colisión finalmente permanecerá fuera de campo, manteniendo únicamente el plano del altavoz. Este nuevo gesto habla de algo fundamental: la libertad. No es preciso un presupuesto que permita mostrar la colisión. Tampoco es preciso verla, basta con intuirla, oírla, imaginarla. Se trata de algo que parecía imposible: el fin del hombre que controlaba la mitad del mundo.
Mr. Arkadin habla del joie de vivre en sus fiestas a lo largo y ancho del mundo. También habla de otro mundo, trayendo el pasado al presente, esos que formaron parte de su identidad suplantada y a las que debe eliminar. En la intersección de ambos, se contiene la Historia, las guerras y, como consecuencia, la amnesia. Entonces, hay que buscar una estética que permita hablar del conflicto entre esos dos mundos: el folklore de las fiestas, la música, el derroche, la opulencia, manifiestos en las arquitecturas suntuosas, las recreaciones carnavalescas, la sensualidad de las mujeres; pero también la frialdad de los pisos de la posguerra, las ruinas, los barrios populares, en la cercanía y la posición de la mirada. En su ambición, están todos los viajes, todos los caminos, todas las decisiones, toda la vida. O eso creemos, porque nuestra imaginación se dispara al contemplar este bello y genuino acto de libertad.
Por Francisco Algarín Navarro.
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