Premio del público en el Festival de Sundance de 2007, Once es un musical que cuenta la historia de amor entre dos personajes que todavía no se han recuperado de sus anteriores rupturas de pareja.
Un cantante y compositor interpreta sus canciones por las calles de Dublín cuando no está trabajando en la tienda de su padre. Durante el día, interpreta temas conocidos para los transeúntes; por la noche toca sus propios temas.
Su talento no pasa desapercibido a una chica, inmigrante checa, que vende flores en la plaza para sacar adelante a su hija y a su madre. Ella también compone canciones, que nunca se ha atrevido a cantar en público.

Audio: Inglés (V.O), castellano. Subtítulos: castellano.
EXTRAS:
Disco 1: Ficha técnica y artística / Biofilmografías / Audiocomentario / Audiocomentario musical / Trailers otros títulos.
Disco 2: Tráiler / Making of de un musical moderno / Más sobre ellos / Videoclip / Presentación de la película en FNAC / Actuación y entrevista en El Séptimo Vicio (Radio 3) / Banal (cortometraje de David Planell) / Póster.
Distribuidora: Avalon.
Fecha de lanzamiento: 23 de abril 2008. Precio: 17,95€.
| Glen Hansard | Chico |
| Marketa Irglova | Chica |
| Hugh Walsh | Timmy (batería) |
| Gerry Hendrick | Guitarrista |
| Alastair Foley | Bajista |
| Geoff Minogue | Eamon |
| Bill Hodnett | Padre del chico |
| Danuse Ktrestova | Madre de la chica |
| Darren Healy | Heroinómano |
| Mal Whyte | Bill |
| Marcella Plunkett | Ex-novia |
| Niall Cleary | Bob |
| Dirección y guión | John Carney |
| Producción | Martina Niland |
| Producción ejecutiva | David Collins |
| Fotografía | Tim Fleming |
| Montaje | Paul Mullen |
| Música | Glen Hansard |

Once (John Carney, 2007) puede convertirse en una película fundacional. Es un musical para los que odian las canciones extradiegéticas y las coreografías recargadas, un melodrama para los que detestan los finales artificialmente felices y una película enrollada para los que recelan de los grandes presupuestos. Glen Hansard, líder del grupo irlandés The Frames, y Marketa Irglova, aventajada compositora checa de tan sólo 19 años, transgreden las reglas del musical tradicional rehabilitando el género, desnudándolo de barroquismos narrativos y grandes sinfonías dramáticas, abriendo la puerta de la intimidad desde una rampa sonora inolvidable.

¿Cómo no vamos a emocionarnos con el Falling Slowly que abre la relación de los protagonistas en la parte trasera de una tienda de instrumentos, en la clandestinidad, con todo lo que tiene de misterioso el acto creativo? Los dos músicos ponen en juego la epiglotis, la saliva, la infancia, la pátina de la vida vivida, las intenciones de la mente y el placer de dar una propia forma a las ondas sonoras, como decía Italo Calvino en su famoso relato póstumo Un re in ascolto. Ojalá siempre fuese tan complicado describir unas sensaciones que entran directamente por el hueco del alma.
Vacuna contra el glamour de las alfombras rojas, indiferente a la dictadura de la imagen, Once invoca el poder de la música para doblegar las tallas esculturales y moderar las exigencias de un público cansado de cremas protectoras que lo único que consiguen es disfrazar la realidad y parodiarla (o autoparodiarse) en productos destinados irremisiblemente a las estanterías del olvido. Tanto da que prueben el homenaje o el biopic pretendidamente objetivo, la nostalgia de un clasicismo de cartón-piedra o el funesto remake de turno. La fórmula está obsoleta.
"Once tiene la llave para que el espectador se acerque, paciente, a una historia de amor imposible edificada con imágenes improvisadas iluminadas por lámparas de 25 watios. Una ilustración que parece atropellarse ante la fuerza de las voces; una cámara que en cualquier momento podría mirar al cielo, despedida por un complemento sonoro que la intimida"

Once, en cambio, tiene más elementos en común con la serie documental The Blues (2003) que con las grandes ficciones sobre ínclitos personajes que hacen bueno el proverbio ruso caer está permitido, levantarse es obligatorio (últimamente, y sin ánimo de exhaustividad: Ray Charles por Jaime Foxx, Johnny Cash por Joaquin Phoenix, Cole Porter por Kevin Kline y Diana Ross por Beyoncé Knowles).
La película de John Carney no sueña con redenciones edulcoradas o reencuentros familiares; más bien al contrario. Once pone los pies en la tierra acompañando a un joven que repara aspiradoras y a una muchacha que se gana la vida vendiendo flores y limpiando casas. La filiación musical que les une queda para los ratos libres, a la hora de comer o antes de irse a la cama. Ella espera a su marido con resignación mientras él busca consuelo en la composición (memorable el Broken Hearted Hoover Fixer Sucker Guy improvisado en el autobús) después de un desengaño que todavía no ha superado.

Es precisamente esta cualidad de apariencia pedestre la que define las reglas del musical, y no al revés. La letra de las canciones no sólo describe los sentimientos encerrados en el interior de los protagonistas: es, además, la llave para que el espectador se acerque, paciente, a una historia de amor imposible edificada con imágenes improvisadas iluminadas por lámparas de 25 watios. Una ilustración que parece atropellarse ante la fuerza de las voces; una cámara que en cualquier momento podría mirar al cielo, despedida por un complemento sonoro que la intimida (cf. la escena nocturna con Hansard cantando en la calle, forzando la voz, y la cámara que se agita al acercarse).
Once no exige del público otra cosa que oído. John Carney tiene muy claras las ambiciones y las fronteras de su película, sabe de sobra cómo venderse, cómo conseguir la satisfacción del público sin necesidad de menospreciarle. Por eso a veces Once parece una película demasiado pequeña, escueta, sencilla, a la que tampoco sería justo encumbrar o vilipendiar sólo por el handicap del low budget.

La clave está en la interacción de las dos experiencias, la imagen independiente y la música popular, convirtiendo al músico autocompasivo en artista de masas y dejando atrás el prometedor futuro de una inmigrante anclada en su propio presente. El popular y el independiente, polos que en Once se encuentran y armonizan en un acto creativo, conjunto, de una hora y media.
Por Marcos Méndez
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